viernes, 21 de marzo de 2014

Perdidos



En una época en la que estamos hipersupermegaconectados (perdón por el palabro, que parece el nombre de esa estación de Gales de muy luengo nombre), la desaparición del avión malayo, que no tengamos noticias al instante de él, señal, llamada o post de alguno de los smartphones que viajaban a bordo (sumando los corporativos y los particulares, quizá más aún que pasajeros), nos incomoda más por el mono, la abstinencia tecnológica, que por la suerte que hayan podido correr las personas que en él viajaban. Para suplir esa falta de información, nos volcamos a glosar teorías de toda índole; y los más lanzados, desde los comentarios publicado en las páginas digitales de los diarios.
     Hasta la otra noche, picando algo un grupo de amigos entre observaciones sobre la narrativa de John Banville o los asistentes argentinos al Salón del Libro de París, preguntó Rodrigo Fresán: ¿Y qué piinsan del avión malayo? Su ausencia se filtraba en una conversación literaria, como si tratáramos de algún misterio de Edgar Allan Poe, quizá el de la carta robada.
    Más de uno ya ha establecido concomitancias con la serie Lost, que confieso no haber visto. Me precio, sí, de haber leído y releído esa obra maestra de la elipsis que -me dicen- tiene algo que ver con esos episodios televisivos: la novela El tercer policía de Flann O'Brien. Aunque allí, todo el misterio parecía circular sobre una bicicleta. Una aeronave como la desaparecida -y qué hallazgo esta página del The New York Times- debe de ser algo infinitamente más complejo. Pero basta de teorías seudocientíficas y filias o fobias conspiratorias. Y dejemos de darle vueltas a ese gadget, el aparato. Estén donde estén, en este mundo o en el otro, en lo que hay que pensar en en las 239 personas desaparecidas.



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