lunes, 12 de mayo de 2014

Canta Irlanda





Uno pondría algunas pegas a este libro de Javier Reverte: en primer lugar, algo que en realidad no es responsabilidad suya (esa cubierta sosa en la que el campo no está verde sino amarillento, lo que parece casi herejía tratándose de Irlanda); en segundo lugar, un puñado de inexactitudes que tal vez se deban a la ingesta de esas pintas de cerveza que, por otra parte, amenizan y dan verismo a su viaje; y, por último, lo más grave, que en Dublín haya optado por el turistizado pub Oliver St. John Gogarty, ya bien entrada Fleet Street, cuando cualquier bebedor serio de la ciudad sabe que a partir del inmejorable The Palace Bar, al comienzo de la calle y donde abrevaba además su admirado Kavanagh, ya no hay otro abrevadero que merezca la pena por allí.
     Pero todo eso se disculpa en un libro que rezuma amor por ese país tan bello y carismático, habitado por personas de carne y hueso a las que aún no ha trastabillado del todo la mundialización.
     Se beneficia además el libro por ese juego temporal en el que se reescribe un viaje realizado en 2004 ocho años después durante una estancia en la muy grata localidad de Westport. El primero sucedió en pleno apogeo del llamado en su día Celtic Tiger, por el crecimiento de una economía que luego ha quedado en minino; la segunda, tras el colosal batacazo, el rescate y los muchos cambios que se han operado en la nación del arpa.
     Acaso el mayor acierto del libro sea cómo enhebra canciones irlandesas, en general muy conocidas, en la narración. Como el repertorio tradicional (con clásicos creados algunos hace solo pocas décadas) incluye piezas dedicadas a numerosos hechos históricos que van desde los Troubles a los levantamientos del siglo XVIII, pasando por el romanticismo nacionalista del XIX, Reverte tiene bastante donde escoger, y es placentero (muchos lectores conocerán las melodías) canturrear usándose de la reproducción de las letras originales.
     No falta el humor, por ejemplo para zafarse de parlanchines metomentodos; ni la divulgación histórica o la pasión fordiana de Reverte, con la muy hermosa anécdota de la primera visión de El hombre tranquilo en technicolor en el Madrid gris de su infancia. También se agradecen los recuerdos de cuando él mismo fue corresponsal que cubrió los sucesos sangrientos que sacudieron el Ulster a comienzos de los años setenta.
     Además, por si fuera poco, y aunque no cite a Flann O'Brien ni al visitar su natal Strabane ni cuando callejea por Dublín, este traductor está ufano, y dispuesto a invitarle a una ronda, por los méritos que Reverte ve en Deseo, la obra de Liam O'Flaherty que vertió directamente del gaélico irlandés para la editorial Nórdica hace un par de años: "un delicioso libro de cuentos", dice el autor de Canta Irlanda, "que en ocasiones alcanza majestuosos niveles de hondura poética."

No hay comentarios: