jueves, 15 de mayo de 2014

El infinito


De tarde en tarde traigo aquí un poema. Este es muy reciente. Aunque el título es de Leopardi, el contenido es más de Marinetti. O no. 



EL INFINITO

Amo ese momento en que el ordenador de a bordo
afirma en su pantalla que aunque avance
voy hacia atrás o, mejor dicho,
la gasolina da de sí, se dilata
como la manguera de combustible
extiende su poder desde el surtidor,
extensible y retráctil.

Sales de la ciudad, y en la autopista
al principio desciende la cuantía
de kilómetros que puedes recorrer
según esa Sibila cibernética.
Pero, luego, sobreviene el milagro:
como si Einstein fuera copiloto,
aumenta la distancia que podrías
recorrer sin detenerte en una gasolinera:
238, 237, 236,
236 durante unos minutos,
237, 238, 239.
Llegas hasta los 245 y los 246.

Después, porque todo lo que sube
baja, según la grave ley de Newton,
que viaja en el asiento de atrás
leyendo una revista científica,
empieza de nuevo a descender
el número de millas o de leguas
que esa máquina del tiempo, el automóvil,
podría recorrer sin repostar.

El consumo, la física, la automoción
se alían para hacerte un momento
mago ante la rueda arcana del volante.
Como un dios que rota los planetas,
el tiempo se hace espacio entre tus manos.
En un tantra distinto, el pie controla
el pedal para que dure al máximo
ese punto de goce, como un orgasmo:
ese equilibrio en que se mueve
–árboles, adiós; adiós colinas–
lo que parece inmóvil.

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