miércoles, 7 de mayo de 2014

Ut pictora poesis






Es hermoso ver cómo las familias carnales de los escritores que se trataron y quisieron en vida se relacionan entre sí, muertos sus antepasados, con un lazo renovado que procede de aquella amistad antigua: es lo que sucede, por ejemplo, con los parientes más cercanos del matrimonio compuesto por Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, de un lado, y de Luis Cernuda. En otro orden, pero a partir de similar simpatía, a veces los estudiosos de autores que compartieron mucho también ven entre ellos esas afinidades. Pido disculpas de antemano por la intromisión personal, pero es lo que he percibido con la persona y el trabajo de Ana Rodríguez Fischer, que se ha ocupado de Rosa Chacel, buena amiga de Luis Cernuda. La profesora, crítica y novelista asturiana afincada en Barcelona publicó hace no mucho en la revista Clarín una breve correspondencia inédita entre Chacel y Cernuda. También dio a la imprenta (aunque yo adquirí su versión digital) un conjunto de conferencias y artículos igualmente inéditos de la valisoletana, Astillas, donde había –de ahí mi interés primordial en ese libro– una charla sobre el sevillano. Además, me cuenta, en sus veranos en Castropol tiene ante la vista la playa en la que Cernuda se hizo retratar, siempre amante del mar y de la arena, en agosto de 1935.
            Ahora, Rodríguez Fischer ha publicado una novela, El poeta y el pintor, sobre un hipotético encuentro entre Góngora y el Greco, en la primavera de 1610. Todo transcurre en una única jornada, en la que el poeta visita al pintor en Toledo y se intercambian juicios estéticos. Sobre ambos escribió sendos poemas Cernuda (en el caso del segundo, en realidad se trata de una obra suya, el retrato de fray Hortensio Félix Paravicino conservado en el Museo de Bellas Artes de Chicago y glosado en la novela, que le inspira “Retrato de poeta”).

El andaluz envejecido que tiene razón para su orgullo,
El poeta cuya palabra lúcida es como diamante,
Harto de fatigar sus esperanzas por la corte,
Harto de su pobreza noble que le obliga
A no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, ya que las sombras,
Más generosas que los hombres, disimulan
En la común tiniebla parda de las calles
La bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado de su traje

Son estos los primeros versos de “Góngora”. La segunda estrofa de “Retrato de poeta” describe a Paravicino, pintado por el Greco:

Y pienso. Estás mirando allá. Asistes
Al tiempo aquel parado, a lo que era
En el momento aquel, cuando el pintor termina
Y te deja mirando quietamente tu mundo
A la ventana: aquel paisaje bronco
De rocas y de encinas, verde todo y moreno,
En azul contrastado a la distancia,
De un contorno tan neto que parece triste.

Y dejémonos de versos. Que la prosa de Rodríguez Fischer en El poeta y el pintor es un festín en todas y cada una de sus páginas. Es un español de principios del XVII lleno de precisión y riqueza léxica, sin que en ningún momento se tenga la impresión de que asiste a un manierismo, a un afán arqueológico o postizo. La autora, además, ha sabido entrelazar sin fallas las impresiones de Góngora en el discurso del narrador, y de ahí que haya un gran rigor y sensibilidad en las descripciones. Por otra parte, el lector asiste a un despliegue de ideas artísticas que pueden trasvasarse de la pintura a la poesía, como si el cordobés hallara en los lienzos de su admirado amigo el correlato para los atrevimientos que desarrollará en su propia obra. Hay poca acción en la novela, pero no se requiere más. El disfrute no procede de lances y aventuras, sino de exposiciones del intelecto, y del fluir del español áureo, como estas líneas puestas en boca de Góngora y que no lo desmerecen: “Corrido vengo de oír las celebraciones de las chusmas moras, de tantos alquileces y almalafas y de los mil falsos testimonios que levantan; corrido vengo de ver cómo las aplaudían aquellos Grandes, gentiles-hombres sólo de sus bocas, damas de haz y envés, y… ¡Buena pro les haga! Lodos con perejil y yerbabuena, eso es la Corte. Una noche que andaba con los nervios engarfiados puse fin a tanta zambra y acallé las voces de aquellos poetas mendigantes recitando algunos versos.”

3 comentarios:

anónimo dijo...

Mi latín de los chinos me impide decidir si el "pictora" del título tiene algún significado que desconozco, o es mera errata por "pictura". ¿Se podría explicar? Gracias.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Ahí está explicado en chino o japonés. A la izquierda hay un enlace a la versión española.

anónimo dijo...

Creo entender la respuesta, aunque hay que reconocer que es un tanto sibilina. Si efectivamente es lo que creo entender, perdón; tendré que quejarme en la tienda de chinos.