domingo, 22 de junio de 2014

Ciruelas





CIRUELAS

Del cesto de frescor del diccionario,
de sus sonoros mimbres,
vienen a los versos, maduras,
y amarillas caen sobre la página
con ganas de estrenarse en una lengua
que estira sus papilas hacia ellas
pues nunca antes ha extraído su sabor
en un poema.

Jamás hirientes púas
de una malla de ramas,
el mediodía degusta su visión:
junto a la boca de riego,
se le hace la boca agua.

Globos terráqueos sin otro continente
que una pulpa y un hueso:
el presente, el futuro,
la promesa, la fresca
posesión del paladar.

Un obús presuroso bombardea
desfallecidamente el suelo
con proyectiles frágiles,
bombas de dulzor,
gotas tan sólidas,
centros variables del universo
que se van relevando al desplomarse,
efímeras longevas de lo que siempre es breve.

La tela de la piel se abre en un punto
y corre, seminal, como resina,
un estallado aroma dulce y sabio:
saliva, pegamento que vincula,
húmedo néctar lubricante
del óbolo que es llena recompensa.

El esférico ajuar que el ámbar cede
a su amada la tierra,
blandas monedas de un oro perplejo
siempre en rotación.
Un sistema solar en el que habita,
si no la vida inteligente,
lo que es superior: amor y darse.

Pezones que se copian en el pecho tan verde,
peonzas en el juego de los astros,
son ojos tiernos a la altura de los ojos
con el reloj del pruno
desmayándose en junio
en la sazón que irrumpe.

Ciruelas,
constelación de asombros,
los redondos minutos
de la hora del árbol. 


(Un adelanto de mi próximo libro de poemas)

2 comentarios:

José Raya Téllez dijo...

¡Qué forma tan hermosa de mostrar tu sintonía con la naturaleza! Dios o la naturaleza, decía el maestro Spinoza. Tu lo afirmas en el convencimiento de que el gozo as posible a poco que nos abramos al mundo en sus manifestaciones más humildes. El poema nos conforta en su sencillo epicureismo. Los maestros del mundo clásico afloran a poco que nos descuidemos. Gracias, maestro.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchísimas gracias.