miércoles, 11 de junio de 2014

Lecturas recientes de poesía (IV)



A sus veinticinco años (veinticinco años de éxitos, al menos en lo literario, remedando el título de Juan Bonilla), el asturiano Rodrigo Olay ha publicado La Víspera, su segundo libro de poemas, que reúne los escritos tras Cerrar los ojos para verte (2011). Se abre con un primer poema muy bueno que da título al volumen, un texto que trata de la felicidad que es aún promesa, e incluye recuerdos de la todavía no muy lejanas infancia y adolescencia, y también las primeras elegías (una de ella compuesta en asturiano y a continuación traducida). Hay mucha cultura, pero también emoción, y sabiduría poética para embridar los versos, a los que se asoman autores como Coleridge (y Borges al fondo), Fernando Ortiz, Karmelo Iribarren y numerosos otros. "Escrito en el agua" es una secuencia de cuatro haikus dedicados a las estaciones del año. El otoñal tercero es muy hermoso: "Cose la lluvia / con momentáneos hilos / la tierra al cielo." La Víspera ha sido publicada por La Isla de Siltolá en su colección Tierra, donde tanta buena poesía joven va a apareciendo y -se nos anuncia- aún se ha de editar.
     Las pequeñas espinas son pequeñas (Hiperión) es el libro con el que Raquel Lanseros obtuvo el el XXIX Premio Jaén de Poesía. Cosa infrecuente en el género, ya va por la segunda edición. "Nunca miente la carne cuando ama", escribe Lanseros, y hay aquí intensa celebración del amor, y lamento de cuando los cuerpos se separan. Hay un canto al presente y un recuerdo emocionado al pasado, como en "Villancico remoto" ("mientras el río y la nieve celebraban sus bodas"). Aunque escriba "Me inclino por dejar / la crítica social para otros foros", no está exento de vindicación social el libro, como en estos versos de "La rendición de Breda": "Siempre es así. La sangre de los desposeídos / viene a saldar la deuda / de la eterna codicia de unos pocos." Entre los varios escenarios del libro (Buenos Aires, México, Valparaíso...), destaca un poema que se apoya en Madrid y la repetida cita sobre el millón de cadáveres de Dámaso Alonso para conseguir un efecto no ya geográfico, sino temporal paradójico.
     Hay libros que consiguen alzar el vuelo sobre la losa asfixiante de su contracubierta. Es lo que le sucede a La vida en los ramajes, de Olalla Castro Hernández, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía "Fundación Cultural Miguel Hernández" 2013. En el antipático paratexto se nos alecciona diciendo que se trata de "un libro recorrido por un yo poético fememino y feminista". Y se invita a no leer ni una página con una ristra de tópicos dispuestos como una trinchera: "Mujer-fortaleza, corporeidad resistente que trata de conquistar los espacios que le fueron vetados a su género y de convertirse en sujeto activo y deseante, político y poético, clara antagonista de las imágenes de mujer construidas por la literatura patriarcal, la voz poética que domina este poemario planea una mínima resistencia, agita el lenguaje procurando la destrucción de sus viejas cadenas."  La poesía no es masculina ni de derechas como no lo es de izquierdas ni femenina, aunque algo tenga de todo ello según los casos. Es buena o mala. O mejor aún, es o no es. La de Olalla Castro es. Pese a toda la farfolla justificativa.
     La segunda parte ("Las otras invisibles") es la que más atiende al programa fijado, aunque incluye poemas que, como las mujeres que son heroínas de los versos, consiguen zafarse de sus ataduras. Así sucede con el premiado "El camisón de Emily Dickinson". La parte tercera ("Negritudes") combina el feminismo con la reivindicación de los negros norteamericanos sometidos a la esclavitud, con unos toques de jazz. La cuarta vuelve por los fueros de la hembritud respondona, pero consigue buenos poemas como "Persiguen contenerme" u "Hombre-oasis", una brillante alegoría (como la anterior) en la que ahora el macho es el cosificado, un hombre-objeto. Castro, muy notabe poeta, posee un gran dominio formal, e ideas e inventiva más allá de esta música. Si en el futuro se decide a ampliar sus temas y a retirar el andamiaje teórico, habrá ganado mucho, incluso para su fin aquí servido. A fin de cuentas, dosificar las fuerzas y los golpes es algo que ayuda a dar más fuerte.

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