viernes, 20 de junio de 2014

Lecturas recientes de poesía (V)



Vicente Gallego da lo mejor de sí mismo, que es mucho, en uno de los mejores libros de poemas en prosa aparecidos últimamente en España. Este Cuaderno de brotes (Pre-Textos) es una maravilla de sencillez y lirismo que nace de la observación y del autoconocimiento. No podía ir mejor precedido que de estas citas de Basho y de Shitao. La primera reza: “La verdad del bambú, / apréndela del bambú: / la del pino, del pino.” La segunda: “Se podría pensar en el mar como el mar y en las montañas como montañas, estrictamente, pero esto sería una gran equivocación. Para mí, las montañas son mar y el mar las montañas, y el mar y las montañas saben que yo sé eso. Éste es el romance del papel y la tinta.”
            Gallego subordina el ritmo, elegantísimo, al capazo de la prosa que, discreta, no quiere llamar la atención. Pero la belleza no solo en el contenido sino serenísima está ahí. Y se pueden escandir, en la forma del párrafo compacto, centenares de versos. Algunos endecasílabos son tan hermosos que sajan la vista y el oído. A veces, recuerda a Muñoz Rojas y Las cosas del campo, y también suscita evocaciones de Platero y yo, ese libro que no era, que no es, para niños. De Juan Ramón Jiménez viene también el eco de un sintagma como “cuarto mío desnudo.” No me resisto aquí a transcribir “La ofrenda del fuego”, que es una página que viene desde siempre y no llegará a apagarse nunca: “Le di una piña al fuego, no me quedaba ya otra cosa que quemar. La recibió con ansia. Silbaba de contento a su alrededor, la lamía, se la fue anexionando muy despacio, la empujaba de una parte a otra de sus dominios, soplaba entre sus aleros. Y ella empezó a ablandarse y a rendirle su propio ser. No era aún del todo suya cuando, de pronto, una de sus apasionadas caricias la hizo crujir y dar un salto explosivo. Cayó a mis pies. Me la estaba devolviendo. Se la tuve que aceptar, aquella rosa mía incandescente.”
          He leído también (releído en su mayor parte, pues su poesía ya había sido recopilada con anterioridad y había caído en mis manos), Del lado de la vida. Antología poética [1974-2014] de Manuel Ruiz Amezcua, que es un libro editado nada menos que en Galaxia Gutenberg. La experiencia es ambigua. Hay algo en este autor que no acaba de cuajar. Sin duda, hay una valía en su obra poética que merece ser reconocida, como hace ahora en el prólogo de este volumen Antonio Muñoz Molina, amigo suyo de antiguo. Pero ni es tan maldito Ruiz Amezcua ni deberían airearse con fines publicitarios comentarios privados (véase el de Saramago en la contracubierta) como ya se hizo en un grueso volumen que, más que impreso en papel, parecía un panegírico grabado en mármol. En los últimos tiempos propende al octosílabo, pero sin la asistencia de los tropos su denuncia queda muchas veces roma, más cercana a la mera versificación que a la poesía. Con todo, ha dado muy buenos sonetos en sus inicios como en el libro Cavernas del sentido (1987). De entre los poemas inéditos, me ha conmovido “Fuego en lo oscuro”, dedicado a su perra, que tras parir no comprende para qué ha estado en su vientre “dos meses y unos días” ese hijo que ahora es “el cuerpecillo inmóvil.” Los dos versos finales lo dicen todo: “Se queda quieta, esperando a la vida. / Se queda sola, lamiendo a la muerte.”