miércoles, 16 de julio de 2014

La cama pintada





Tras Without (Vitruvio Ediciones), Juan José Vélez Otero ha vuelto a traducir al estadounidense Donald Hall. Ahora es La cama pintada, libro que siguió al citado tras la muerte de la mujer de Hall, la también poeta Jane Kenyon.
     Aquí ya no asistimos a la enfermedad y muerte de la amada, sino a su ausencia, a veces insoportable, que se manifiesta en detalles domésticos: “(…) cuando su albornoz amarillo / dejó de estar en la puerta del baño”. En la casa familiar construida al término de la Guerra Civil norteamericana, Hall recuerda el tiempo compartido y, paradójicamente, la fijación que consigue la muerte: “sin cumpleaños, conservaba la misma edad con la que murió.”
      El libro rebosa emoción y rabia, y sentimientos encontrados como cuando el poeta evoca encuentros con otras mujeres tras haber quedado solo. Pero también indaga en la naturaleza de la unión entre dos personas que se quieren. En uno de los poemas la describe así: “el amor es el intercambio de un doble narcisismo, / el beneplácito de claudicaciones idénticas, las armas depuestas, / el convenio impuesto por el acostumbrado pacto diario.”
      Hay instantes en los que el lector se sobrecoge ante esa presentación que Hall hace de esa suerte de mutilación, alguna vez con el pudor la distancia que proporciona la tercera persona:

Antes de dormir condujo
hasta la tumba para decirle nuevas noches,
y a las seis de la mañana la visitó de nuevo
como si fuese a llevarle el café.

      O en esta especie de naturaleza muerta que en la alcoba recuerda a quién estuvo allí, compartiéndola, y sin cuya presencia todo carece ya de sentido:

Más de medio año
llevan sobre la mesita de noche
las gruesas gafas de cerca
de Jane y el reloj de pulsera
que compraron en una joyería
de Roma en su decimosexto
aniversario; las dos cosas puestas ahí
cuando ella podía ver, cuando
sí importaba la hora que era.

“La vida perfecta” es un poema que no habla de la experiencia del viudo, y aporta una de las mejores páginas al libro con su expresión del deseo de ser siempre algo distinto, tener diferente suerte. Su terceto final lo deja claro: “El hombre con la horca al cuello / envidia al otro que acaricia / una pistola en la habitación de un hotel de carretera.”
De continuo tiene expresiones que sacuden por lo acerado de su exactitud y por su presentación a menudo muy gráfica, pes no esta una poesía etérea, sino bien pegada al terreno: “(…) El deseo es el dolor / que se ha dado la vuelta en la cama / para mirar hacia otro lado.”
        En “Escondite”, el perro Gus busca a la ama muerta, olisquea. El amo le dice que no volverá, pero él no entiende, tal vez no quiera entender. “Sube por las escaleras del ático // y, con el hocico, intenta / levantar la tapa de la canasta / como si creyera / que ella se hubiese escondido ahí.”
         Donald Hall, por medio de Vélez Otero (y de Víctor Jiménez, que ha vertido con rima la “Villanella”) ofrece en La cama pintada no solo el testimonio de su dolor sino un hermoso libro de “amor más poderoso que la muerte”.

No hay comentarios: