martes, 15 de julio de 2014

La libertad del desengaño







No se puede decir que el autor de estos poemas, José Infante (Málaga, 1946) escoja al desgaire las citas que abren su libro. Por el contrario –y como debería ser siempre, por otra parte–, aquellas marcan la temperatura de lo que viene a continuación. Y en este caso no es agradable, como un día frío para el que nos prepara (antes de salir a las inclemencias del exterior, que es aquí el interior del libro) un termómetro de pared. La primera de esas citas es “Caí en lo negro, / en el mundo insaciable”, perteneciente al poema “Yo fui” de Donde habite el olvido (libro en que Luis Cernuda expresaba su propio desengaño tras la hoguera de libertad y plenitud que supuso el inmediatamente anterior Los placeres prohibidos). La segunda, “He perdido la voluntad de sobrevivir” del muy joven Cristian Alcaraz (Málaga también, pero 1990). No sorprende que Infante se acoja a la sombra del gran poeta de la Generación del 27, con cuyo mundo siempre ha tenido tanto que ver. Mas si bien se mira, también es natural que se vea reflejado en la obra del muchacho, pues la poesía rebelde de Infante, aunque abunde en la lamentación, tiene mucho de vitalidad, de rebeldía. De un nihilismo que es más frecuente ver manifestado, por paradójico que parezca, en la mocedad que en una vejez a la que, no nos dejemos engañar, el autor de La libertad del desengaño aún no ha llegado, aunque se asome a ella, y a la que a veces parece que invoca por coquetería.
            En poco más de 250 versos y solo una decena de poemas, con los que ganó el XXVIII Concurso de Poesía Ciudad de Zaragoza 2013, Infante ofrece la imagen de alguien que va de retirada y que como un juez de guardia levanta el cadáver de la realidad, que es fea, y triste, y que, en cualquier vida y al ritmo que sea, va tocando inexorablemente a su fin. Esto no es novedad en él: ya el libro con el que ganó el Premio Adonáis en 1971, Elegía y no, hacía uso de la cita de un soneto de Quevedo que cuarenta y dos años después podría perfectamente ser alojada en esta otra entrega: “…nuestra vida / ayer al frágil cuerpo amanecida, / cada instante en el cuerpo sepultada.” Ahora, sin embargo, se agudiza esa sensación de pérdida, como señala en una nota que acompaña a la publicación Francisco Ruiz Noguera, quien destaca cómo al principio la poesía elegíaca de Infante aún dejaba hueco a la nostalgia y la celebración.
            Hay muchos ejemplos de este tono crepuscular. Hablando de su cuerpo, el poeta escribe: “Ya no lo reconozco, nada en él es familiar / y antiguo. Parece un cuerpo nuevo / pero deshecho y desgastado como si fuera / viejo.” Y algo más adelante: “hacia otro cuerpo que será mi cadáver”. El SIDA, con las drogas y las relaciones sexuales sin prevenciones especialmente promiscuas entre la comunidad gay, que a tantos se llevó hace algunos lustros, es una sombra que se cierne sobre sendos poemas: “El amor mata” y “El mundo de la noche” (el primero, en torno al cantante Freddie Mercury, el segundo dedicado al escritor Leopoldo Alas, ambos víctimas de esa hecatombe). “El amor / mató a toda una generación que un día / se sintió libre”, evoca quien puede presumir de ser superviviente. Es virtud del libro no quedarse en lo personal, sino que este eje se cruce con el de lo colectivo: es en el frote de esos dos palos de donde suele saltar la chispa que prende la emoción o al menos el interés en el lector. En el mismo poema dedicado a la memoria del pariente del autor de La Regenta, añade: “Mientras la alegría / y la locura se apoderan de las pistas / de baile y de las discotecas de moda, / el mundo que está afuera, continúa / mísero y triste y el hambre y la injusticia / siguen reinando en todas partes, ante / la indiferencia de todos los que huyen.” Eran años en que Infante residía en Madrid, y bien que tuvo oportunidad de conocer todo aquel inflado y la explosión del globo de “la movida”, esa luna llena de Madrid cuyo tierno alcalde proclamó un día (¡o era noche?): "¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque... y al loro!".
            Pero en esta obra de postrimerías, aunque hallemos el acento grave que casi recuerda al de un Valdés Leal en la pintura, no hallamos el arrepentimiento cristiano, sino una aceptación pagana un tanto estoica. En el poema “Señales” vemos esa impostura que es el plano de las apariencias: “A veces oyes decir: te conservas muy bien, / tiene usted muy buen aspecto. Luces espléndido. Es lo mínimo –piensas– que te puede pasar si estás / absolutamente podrido por dentro.”
La idea de desdoblamiento está presente: “Siempre acude ese vano fantasma que atiende / por tu nombre y se comporta con cierta naturalidad / e independencia.” Dos poemas muy cercanos entre sí se cierran con las palabras “la nada”. Y ambos tienen, otra vez, un dejo cernudiano. Son estas muestras de nihilismo “Remordimientos al comenzar un año” y “Después de la tristeza”
A Infante no le interesa la floritura ni está pendiente del ritmo. Es una poesía que tiende al prosaísmo, pero cómo no hacerlo si de adecuar el tono al tema se trata. En algún caso, es cierto, cae en el tópico, en la frase acuñada (“al paso implacable de los años”), pero la temperatura lírica del lenguaje, aunque baja (ese frío de la edad), es elevada en lo anímico. Ahí está para demostrarlo, por ejemplo, el descarnado “¿Olvido o memoria?”, con la figura de la madre, con el Alzheimer. Con él se cierra el volumen, y con una doble pregunta que podría ser, si bien amargo, un consuelo: “¿Intentaré / perderme, igual que tú, en la desmemoria / que es el olvido deseado? ¿O será esa forma / deliberada de estar ausente de la vida / la que vendrá pronto a habitar conmigo?”.   


José Infante, La libertad del desengaño, Zaragoza, Olifante, 2013.

(Reseña publicada en el número 111 de la revista Turia)