viernes, 18 de julio de 2014

La tradición musical en la literatura irlandesa





Hace ahora dos semanas que se celebró en Sevilla (espero que sea por primer vez, que haya más ediciones) el fleadh que organicé para el Centro de iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, el CICUS. La primera de las dos noches di una charla que precedió al concierto. Los párrafos que siguen son un resumen de la misma, que dediqué a Brendan Behan en el 50 aniversario de su muerte y a Mícheál Ó Domhnaill, que murió un día de principios de julio de hace ocho años. No sabía entonces que también la segunda noche del Fleadh era en quinto aniversario d ela muerte en Sligo del poeta Michael Davitt, uno de los más importantes en lengua irlandesa de la segunda mitad del siglo XX, ni que la bellísima bailarina que actuó, Sibéal Davitt, era su hija. Dedicada ahora queda, pues, también a este tercer difunto mi intervención.
     Como se ve, pesan los muertos, como en el relato de Joyce. Los muertos, que en la tradición irlandesa nunca está muertos del todo, porque si en un país está vivo el pasado, la historia, ese es Irlanda. Así sucede con el arpa. Escudo de la embajada y del Estado, figuraba en el cartel del festival. La que vemos también en las monedas se remonta a la del rey Brian Boru, que justo ahora hace mil años se enfrentó en la batalla de Clontarf a los vikingos (en Clontarf, una localidad al norte de Dublín, vive precisamente el acordeonista Fiachna Ó Mongáin, que tocó la segunda noche del Fleadh). La vinculación de la música con este país es notabilísima, hasta el punto de que el presidente de Irlanda
recibe en Navidad a los músicos y se graba un programa especial en la sede de la presidencia que luego se emite por la cadena pública RTÉ. Además, Michael D. Higgins, el actual presidente, es poeta, con varios libros publicados.
      Como otras literaturas vernáculas europeas, la irlandesa discurrió al margen de la escritura hasta la llegada del alfabeto latino con el cristianismo. Fue ya con este, a partir de la llegada de san Patricio a la isla (año 432) y la importante labor monástica desarrollada, cuando los monjes empezaron a consignar por escrito la rica tradición de la isla, que abarca la prosa, las historias orales de carácter épico, mitológico o de aventuras y también la poesía: bárdica de alabanza, pero también satírica, y también luego religiosa.
     Un ejemplo muy antiguo es “La canción de Amergin” que aparece en el Libro de las Conquistas (siglo XII) pero que procede de un entorno mitológicos. Robert Graves incluyó una versión propia de este poema en su libro La diosa blanca.
     Leí “El lamento de Créide” (incluido en mi antología de la editorial Gredos, página 37) como canon de poesía elegíaca, una tendencia que tendrá magníficos exponentes a lo largo de los siglos como el lamento por Art Ó Laoghaire (siglo XVIII). La voz femenina ha estado siempre en la literatura gaélica. A continuación recité “El mirlo de Doire an Chairn”, atribuido a Colum Cille (San Columba), que viene prececido en el manuscrito por las palabras Colum Cille Cecinit ("Cantó Colum Cille", Gredos, p. 81) y “El llanto de Créide por Cáel” (se trata d euna Créide diferente) pertenciente al Acallam na senórach (El coloquio de los ancianos), donde se aprecia el gusto por los sonidos de los animales y de la naturaleza (Gredos, p. 95).
     Son todos los anteriores ejemplos de cantos, de poesía cantada. Respecto a los instrumentos, los anales recogen nombres de señalados músicos, a menudo arpistas, desde el siglo XII. La importancia de la música en la sociedad irlandesa se puede apreciar, por ejemplo, en un poema gaélico traducido por Jonathan Swift en 1720, en el que describe un festín tan movido que se rompe una gaita. En una de las estrofas leemos: Come, harper, strike up, / but first by your favour, / boy, give us a cup.
Y en otras se habla del estrépito musical y del baile, con fuerte taconeo.
     La aristocracia irlandesa sirvió de patrocinio de los arpistas (como Turlough O’Carolan, 1670-1738) hasta el siglo XVII, pero este mundo cambió radicalmente con el llamado colapso del mundo gaélico en el siglo siguiente. No obstante, hay que mencionar el nombre de Eoghan Rua Ó Súilleabháin (1742-1782), poeta y arpista que inspiró a Yeats en verios aspectos para su Hanrahan el Rojo y que es mencionado por John Millington Synge en The Playboy of the Western World. Seán Ó Riada, que tanta importancia tuvo en la fundación del grupo The Chieftains a través del precedente de Ceoltoirí Chualann, compuso una pieza para Ó Súilleabháin que en fechas recientes ha ido a formar parte del lamento de la banda sonora de la película TitanicDe esa decadencia del orden gaélico es una buena muestra el famoso poema de Raifterí (1784-1845), el violinista ciego que se queja: “¡Miradme ahora (…) / tocando música para bolsillos vacíos.”
      El siglo XIX asistirá a una eclosión de canciones que -es la centuria del Romanticismo- sobre la identidad y la nación. Un clásico es “A Nation Once Again”, de Thomas Davis (1814-1845), revolucionario irlandés. Davis escribió que “Una canción vale lo que mil arengas” y que “la música es la principal facultad de los irlandeses”. Ha sido cantada por numerosos intérpretes y se ha constituido en una especie de himno del republicanismo irlandés, mil veces en los labios del grupo Wolfe Tones.
    Un hito fundamental es el de Irish Melodies (1846 y 1852) de Thomas Moore (1779-1852), compositor de clásicos del repertorio como “The Minstrel Boy”, “The Harp that Once in Tara’s Halls”, “The Meeting of the Waters”, “Oft, in the Stilly Night” y “The Last Rose of Summer”. Moore omponía las letras para acompañar a melodías ya existentes. Sus canciones son a menudo citadas en las obras de Joyce: así, “Silent, O Moyle” en el relato “Los dos galanes” de Dublineses, “Oft, in the Stilly Night” en Retrato del artista  adolescente o “The Last Rose of Summer” en Ulises.
     Jamie O’Neill es autor de la novela extraordinaria Nadan dos chicos. En ella aparece en las fechas previas al alzamiento de Pascua de 1916 el furor nacionalista y la música que le viene aparejada. Allí asisitmos al canto de “Oft, in the Stilly Night”:

“A menudo en la noche silenciosa
antes que el sueño me encadeeene…

Era el borracho que había salido de Fennelly’s, que había empezado a cantar:

Recuerdos cariñosos traen la luz
de otros días que me envueeelve…

La vieja melodía de Thomas Moore. Se quedó parado bajo una farola de gas, en el interior de su charco de luz, tambaleándose un poco, su cara cadavéricamente delgada, aunque su voz, a pesar de lo áspera, era sorprendentemente afinada. Dirigió su canción por encima de los tejados, donde el cielo de la noche resplandecía, mientras contaba las lágrimas de sus años de juventud, las palabras de amor que había diiicho.”


James Clarence Mangan (1803-1849), del que se ocupó Joyce en uno de sus más importantes ensayos, escribió la letra de “My Dark Rosaleen”. “The Fiddler of Dooney” es un poema de Yeats, que evoca también a Raifterí en su libro La torre. En cuanto a Joyce, se sabe que era muy aficionado a la música (cantaba con buena voz, tocaba el piano y famosa es una fotografía en la que aparece rasgueando una guitarra). La balada “The Lass of Aughrim” tiene un papel decisivo en “Los muertos”.
     El poeta y letrista Joseph Campbell es autor de la célebre “My Lagan Love”, que ha sido cantada, entre otros, por Van Morrison, Mary Black, Sinnead O’Connor o The Corrs. Campbell escribió en su cuaderno de notas cuando viajaba por Donegal hace un siglo una estampa sobre un cantante de baladas:

“Un cantante de baladas ha entrado en Ardara. Cae la tarde. Se para en el centro de la plaza, una figura quemada por el sol y polvorienta, un típico Ismael trotacaminos. Las mujeres han salido a las puertas a oírlo, y un puñado de policías, a falta de otra cosa mejor que hacer, se ríe de él desde la fachada del cuartel. La balada que canta es sobre Bonaparte y la pobre Anciana. Luego cambia la melodía a “La española”, una canción de las calles de Dublín."




Padraic Colum

   
A Padraic Colum (1881-1972) le debemos la bellísima e incontables veces interpretada “She Moved Through the Fair”. Brendan Behan, hermano de Dominic Behan, autor de “The Patriot Game”, aparece citado en las canciones “Thousands are Sailing” y “Streams of Whiskey” de The Pogues. Él mismo es el autor de “The Auld Triangle”, a menudo interpretada en el repertorio de, por ejemplo, The Dubliners. Y qué decir de Patrick Kavanagh, autor de "If Ever You Go tu Dublin Town", grabada por los mismos, o de “On Raglan Road”, que toma la música de “The Dawning of the Day”, que a su vez toma la melodía de la canción en irlandés "An Fáinne Geal an Lae". Luke Kelly, su primer intérprete a petición de Kavanagh, con quien coincidía en los pubs cercanos al Grand Canal, en Dublín, la ha cantado como nadie.
     Comencé hablando de quienes ya han muerto, y de la tradición más antigua. Una tradición que está viva siempre, como cuando 
Davy Spillane toca con la quejumbre de la gaita irlandesa “Caoineadh Cú Chulainn”, un lamento por el héore mitológico.  Lo compuso Bill Whelan para Riverdance. Y hablando de ese hermoso instrumento: absolutamente recomendable es el disco 
The Poet and the Piper, donde Seamus Heaney y Liam O’Flynn repasan viejas composiciones líricas, musicales (O'Flynn, buen amigo del Nobel, tocó algunas piezas en el funeral de este en Dublín el año pasado). 
     Acabó ya, y lo hago con otra pieza musical, reciente inspirada en la antigua mitología. Parte de un poema de otro premio Nobel irlandés, W. B. Yeats. Es “The Song of Wandering Aengus”, y la canta Christy Moore.




LA CANCIÓN DEL ERRANTE AENGUS

Salí a la avellaneda porque un fuego
me estaba consumiendo la cabeza;
corté y pelé una rama de avellano,
y una baya le puse como anzuelo,
y, volando las polillas blanquecinas,
y, brillando los astros, cual polillas,
lancé la baya al curso de un riachuelo
y pesqué una truchita plateada.

Cuando la hube puesto sobre el suelo,
fui a avivar la hoguera, y escuché
que algo se agitaba sobre el suelo
y que alguien me llamaba por mi nombre:
se había convertido en una joven
con flores de manzano sobre el pelo,
y me llamó por mi nombre, y corrió,
y se esfumó en el aire iluminado.

Aunque me he hecho viejo, siempre errante
por tierras de hondonadas y colinas,
he de averiguar dónde se fue,
besar sus labios, y estrechar sus manos,
y andar entre los altos pastizales,
y coger, hasta el final de los tiempos,
las manzanas de plata de la luna,
                        y las doradas manzanas del sol.


(Mis disculpas por algunas irregularidades tipográficas surgidas en el paso del texto a este formato de blogger)

2 comentarios:

Bigardo dijo...

Una curiosidad, la versión de The Lass of Aughrim en la que suena la guitarra restaurada de Joyce.
http://www.youtube.com/watch?v=5AN9YRPPIWY

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias por traerla. No solo es una curiosidad, también una doble interpretación (voz y guitarra) muy bella.