viernes, 4 de julio de 2014

Las versiones de la memoria






En su sección “Guía cultural”, el número 2.204 de la revista Cambio16 publicaba la entrevista que Natalio Blanco me hizo sobre mi novela Los huesos olvidados (Espuela de Plata). Es como sigue:


-Tras una dilatada trayectoria como traductor, ensayista y poeta, decide dar con Los huesos olvidados el salto a la narrativa de ficción. ¿Intimida este campo o es una experiencia más en el mundo de la creatividad literaria?

 -Es de lo poco que me faltaba por hacer, es cierto, pero no me he embarcado en ello como un reto. Ha surgido como la prolongación natural de mi trabajo como biógrafo. Me gusta investigar y armar vidas, y me apetecía poder hacerlo con la libertad de la ficción, aunque todo esté basado en hechos reales. En un futuro cercano espero poder publicar más novelas en esta línea, porque ofrecen una visión de los personajes a la que difícilmente llega el ensayo, lo que podríamos llamar el trabajo científico.

-Lejos de lo que podría pensarse a primera vista, esta no es una novela más sobre la Guerra Civil. Temas como la fidelidad, la búsqueda de la identidad propia y la fragilidad de la memoria están muy presentes también, ¿no es así?

-Efectivamente, no es una novela al uso sobre la Guerra Civil porque se fija en una víctima que, perteneciendo a uno de los dos bandos en liza, sufre la persecución de los suyos. Son muchos los interesados aún hoy día en silenciar el caso del POUM; de ahí, y porque es verso de Octavio Paz incluido en uno de sus poemas sobre la Guerra Civil, que haya adoptado el título de Los huesos olvidados.

-¿Por qué aún sigue sin estar todo dicho ni contado sobre la Guerra Civil?

-Fundamentalmente, porque la memoria es pendular y los héroes de antaño son los villanos de hoy, y viceversa. El español cainita no perdona y tampoco suele conceder la condición de humanos a sus enemigos: unos eran hordas rojas y otros fascistas sanguinarios, según quien cuente su versión. Pero entre ese blanco y ese negro, esos polos, hay una gran gama de grises, de matices.




-¿Por qué la memoria histórica se intenta solapar con el olvido?

-La memoria histórica es un concepto hermoso, si se trata de honrar a las víctimas inocentes, de las que por desgracia hubo tantas, pero mal planteado. En Andalucía, por ejemplo, lo de Histórica ya no basta y ahora se lo denomina Memoria Democrática. Que el PCE, integrante de IU y en realidad su fuerza hegemónica, ostente la Dirección General de Memoria Democrática en Andalucía parece grotesco, porque ese partido ha sido siempre bien poco democrático. En el caso que narra mi novela, fue correa de transmisión de la caza de brujas que desató Stalin contra todo lo que oliera a trotskista, sinónimo para él de fascismo. Una familia de clase media española, esa que va despareciendo o sobrevive en condiciones cada vez más precarias, lo más normal es que tenga antepasados en ambos bandos, y víctimas también por haber tomado una posición u otra, o haberse encontrado en determinado lugar al estallar la guerra. Pero ahora hay un alzhéimer selectivo.

-Su historia parte de un hecho real en torno a la figura de Octavio Paz. ¿Es todo el resto de la obra ficción pura y dura o la realidad tiene un peso destacado en su novela?

-Surge de una nota con la que el propio Paz acompañó a uno de sus poemas. La anécdota era tan rocambolesca, tan novelesca en suma, que desde el principio tuve la conciencia de que estaba pidiendo ser contada más extensamente. Yo he creado a la supuesta hija del protagonista, amigo de juventud de Paz: ella es quien va realizando las pesquisas, ella quien reconstruye la historia. Fuera de algún lance inventado, pero verosímil, todo lo que se cuenta en Los huesos olvidados es cierto. Su meollo lo es, lo más incómodo.





-¿Hasta qué punto la experiencia vivida por el poeta mexicano en la Barcelona en guerra de 1937 le sirvió para cambiar sus bases ideológicas?

-Paz estuvo cercano al comunismo pero no llegó a militar en el partido, ni en su rama española ni en la mexicana. En el II Congreso de Intelectuales por la Defensa de Cultura celebrado a principios de julio de 1937 en Valencia, ya se sintió incómodo por lo que se iba conociendo de la desaparición de Andreu Nin, dirigente del POUM. Y fue testigo del menosprecio que padeció alguien que ya alertaba de que la URSS no era la sociedad modélica que a muchos entusiasmaba: André Gide. Pero empezó a alejarse definitivamente del comunismo a principios de la década de los cincuenta. Siempre fue una conciencia crítica y antitotalitaria. Lo que su amigo Bosch le contó en Barcelona supuso una fisura ya irreparable en las creencias que había tenido hasta entonces.




-Para que una novela con ambientación histórica tenga el peso narrativo preciso se le exige pulso y fuerza evocadora, entre otros aspectos. ¿Cómo cree que se consiguen para enganchar al lector?

-He leído muchos testimonios de la época, e incluso aparece en mi novela George Orwell, que fue compañero de armas de Bosch y testigo, en los mismos sucesos y trincheras, de buena parte de lo que le sucedió a este. La segunda parte de la novela es la que podríamos llamar bélica. Hay una gran documentación detrás, pero el recurso de que sea la hija quien recomponga la historia ayuda, con las observaciones que le hacen unos amigos mexicanos en la tercera parte, a que el narrador que soy yo se descargue de maniqueísmo y, en todo caso, si lo hubiere, este lo ponga ella. La novela trata en el fondo de cómo se deterioran los ideales, y la memoria, y de cómo al mismo tiempo es necesario recuperar esta, pero en su integridad. Al lector le interesará ver, como coprotagonistas, a Octavio Paz y a Elena Garro. También aparecen fugazmente personajes como el compositor Silvestre Revueltas.


(Las fotos reproducidas corresponden a los llamados "hechos de mayo" de 1937 en Barcelona)

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