miércoles, 22 de octubre de 2014

Darío, cicerone


Cuando dos especialistas en recuperaciones como la editorial Renacimiento y el estudioso Francisco Fuster unen sus esfuerzos, uno puede esperar libros tan estupendos como este Peregrinaciones en que Rubén Darío volcó hace ciento catorce años sus experiencias en la Exposición Universal de París de 1900 y, el mismo año, un periplo por varias ciudades italianas: Turín, Génova, Pisa y Roma. Es cicerone, sí, pero no solo de bulevares e iglesias, sino también de las figuras literarias que admiró y con las que tuvo algún trato.
     Darío está en París cuando muere en la capital de Francia Oscar Wilde, y dedica a este uno de los capítulos del libro: "Purificaciones de la piedad". "Un hombre acaba de morir, un verdadero y grande poeta, que pasó los últimos años de su existencia, cortada de repente, en el dolor, en la afrenta, y que ha querido irse del mundo al estar a las puertas de la miseria." El nicaragüense lo conoció en un bar parisién, y lo describe de modo magistral. Oigámoslo: "Un hombre de aspecto abacial, un poco obeso, con aire de perfecta distinción y cuyo acento revelaba enseguida su origen inglés. En la conversación su habilidad de decidor se marcaba de singular manera. Siempre trataba de asuntos altos, ideas puras, cuestiones de belleza. Su vocabulario era pintoresco, fino y sutil. Parecía mentira que aquel gentleman absolutamente correcto fuese el predilecto de la Ignominia y el revenant de un infierno carcelario."
     En la misma colección ya han aparecido títulos de Emilio Gómez Carrillo sobre Japón y Grecia, Julio Camba sobre Alemania o César Vallejo sobre la Rusia de 1931, el mismo año por cierto en que e. e. cummings estuvo allí y escribió (publicado dos años más tarde) un testimonio mucho menos laudatorio y sí crítico con la nueva sociedad comunista.




Rubén Darío