martes, 18 de noviembre de 2014

Aforismos del perdón




Conocí a Armando González Torres hace justo un mes en Dublín, donde los dos participamos en una mesa redonda en torno a la figura y la obra de Octavio Paz que había organizado el Instituto Cervantes. Cordialísimo, educado, inteligente, Gómez Torres me obsequió con dos ejemplares de libros suyos; uno de ellos, este estupendo Sobreperdonar, que he leído a mi regreso a España.
     No sé cómo serán los otros volúmenes de aforismos que ha publicado, pero este está repleto de ideas y aún escalofríos, porque lo que se aborda colinda con la crueldad y el alma. Un gran hallazgo del libro es no mantener una única línea discursiva, sino dar voz a lo impronunciable, al verdugo. No se trata de un manual de autoayuda, sino una indagación, desde varios ángulos, sobre el daño y la clemencia. Me permitirá González Torres que reproduzca aquí algunas de estas sentencias y, con permiso también de Antonio Machado y de la lengua, lo que podríamos denominar como perdonaires:

Y, de repente, amar, simplemente por cansancio, por reblandecimiento del odio.


En la vida de los santos, la ofensa siempre viene a la zaga del ágil reflejo del perdón.


A todo el mal que hizo, él prefiere llamarlo "infortunio compartido".


Gracias a la existencia del enemigo podíamos disimular el profundo odio que nos profesábamos a nosotros mismos.


Revisando la correspondencia de una dama de sociedad que vivió la época de mayor terror y violencia de que haya memoria, el historiador observa que no hay una sola referencia a esos acontecimientos y que sólo es posible adivinarlos detrás de ciertas quejas banales contra la insolencia de los criados y la mala calidad de la repostería.


Imagínate: dilapidar ese capital de odio que has acumulado a través de una vida desdichada, en el acto instantáneo y farandulesco del perdón.


El acto más imperdonable no proviene de la mujer que nos traiciona, sino de la que nos aburre.


El perdón, ese acto magnánimo de autoagresión.


El perdón es, en realidad, una figura de estilo, y, ante lo inmodificable del pasado, sólo cumple con la función de hacer más amable la descripción de lo que aconteció.