domingo, 16 de noviembre de 2014

Celebración de la huella






Haber sido testigo parcial de la gestación de este libro no disminuye su milagro, porque impresos ahora los poemas, entre los que se cuentan muchos que desconocía, cobran los versos una dimensión superior a las copias ya conocidas en holandesas sueltas y hacen del volumen uno de los más logrados que se hayan publicado en Andalucía este año.
     Francisco Barrionuevo sabe llevar a sus poemas la reflexión, y lo hace con un poso clásico de noble ritmo, sentencioso sin palabrería, elegíaco sin queja. La cita de Luis Rosales con la que se abre el conjunto es muy pertinente: "Y nadie sabe al caminar si le llevan sus pasos o le llevan sus huellas".
     El poema "Autobiografía" traza muy bien ese volverse sobre el caminar que va definiendo el rumbo de la vida, y destacaría de él no ya un verso o una sílaba, sino un punto, el abrupto anticlímax que antecede a un derribo:

Le llevaron a ver aquella casa
en obras frente al mar.

Conversaban sus padres -sintió miedo-
con gente extraña y sucia. Y la tristeza
por una casa fea, gris y rota,
sin puertas ni ventanas.
Creyó que estaba terminada.

Que habían de habitarla de ese modo,
con todo aquel desorden, sin saber
muy bien qué era el desorden.
Más tarde fue feliz en esa casa.
Que un día demolieron.

De mayor fue arquitecto. En toda obra
siente, al entrar, tristeza.

     Esa profesión, y los años, hacen que el poeta vea la realidad de otro modo, con un peso dramático de lo temporal -invocar aquí a Heidegger sería una pedantería, pero es su ejemplo el que viene a la cabeza-. En "Ciudad y tiempo" se lee cómo al cabo entendemos: 

que la ciudad, que es lugar y que es espacio,
aún más que ello,
                             es tiempo y es memoria.

     "El sueño", "El uroboros", "Amanecer en Córdoba" o el tremendo "La casa dividida", donde un suceso doméstico trae el misterio y la epifanía, son algunos de los más perfectos poemas de este libro, junto con los dos últimos, el que le da título y "la vida que se teje", cuya última estrofa viene a compendiar la atmósfera del poemario:

Al fin siempre es lo mismo: un hombre,
una mujer, las sombras de la noche, 
la ciudad en silencio, fuego amigo
del que también se muere porque todo
se queda al descubierto en esa prórroga
que tan inerme deja ante la muerte
la vida que se teje en esa espera.

     Con una tirada de solo 75 ejemplares numerados y firmados por el autor, Celebración de la huella lo publica Los Papeles del Sitio, al cuidado de Abel Feu.

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