martes, 4 de noviembre de 2014

Shortlist



Mi primer empleo, más allá de algunos trabajillos eventuales relacionados con el idioma inglés (acompañar al aeropuerto a estudiantes de cursos de verano y dar clases particulares), fue como librero: encargado de una librería de textos en inglés. Se vendían en el establecimiento métodos, gramáticas, diccionarios, más libros de didáctica y complementos para la enseñanza de la lengua. También, y esto lo mimé en la medida de lo posible, había varios metros de estanterías con una nada despreciable sección de narrativa, en la que no eran tan abundantes los géneros en los que cada vez más se ha ido especializando la oferta como, copiosa sin más y atenta a la calidad, la vasta y sin excesivas etiquetas ficción literaria. 
     De aquellos tiempos, de frecuentar catálogos y hojear la revista del sector (The Bookseller), recuerdo la importancia atribuida a los grandes premios británicos: el Whitbread (hoy Costa) y el Booker (que pese a las apariencias de su nombre no hacía mención a nada relacionado con el libro, pues es apellido). Se trata de premios concedidos a obras ya publicadas, algo así como en España el de la Crítica o el Nacional. Los títulos seleccionados para competir forman primero lo que se denomina la longlist, que es tamizada hasta llegar a la preciada shortlist, ya muy reducida, de la que sale el libro ganador.
     He revivido la mecánica de esos premios porque este año se ha presentado uno a un premio importante de novela convocada por una editorial concreta (es decir, a libro inédito) y ha tenido que saltar las vallas de una primera preselección y de una lista de obras finalmente consideradas: la shortlist. No ha subido al pódium, pero haber estado entre los autores de las once que ha leído el jurado, de las 1.462 presentadas, es mucho. Sobre todo, teniendo en cuenta que se trata de la primera novela que he escrito (la publicada este año, Los huesos olvidados, es de más reciente composición). Haber estado ahí, rozando el Herralde y no haberlo conseguido, no me causa decepción sino confianza; no amargura, sino gratitud.