viernes, 28 de febrero de 2014

Cunqueiro, siempre



Como un relato apócrifo de los que a él le cautivaban, aseguran las enciclopedias y las hemerotacas como la de El Faro de Vigo que dirigiera él mismo, que tal día como hoy, de 1981, moría Álvaro Cunqueiro. Qué humorada, para un inmortal. Recuerdan la efeméride amigos y admiradores suyos como Elías Moro y Pablo Antón Marín Estrada. Y a Ángeles Prieto Barba le acabo de leer un comentario en que asevera que es el narrador español del siglo XX que más colegas andaluces del XXI mencionan como influencia en sus propias obras. 
A Cunqueiro le debo tanto, no solo como lección literaria sino de vida, que necesitaría muchas gigas -una por cada línea suya- para contarlo. 
En un número reciente de Clarín contaba yo un viaje a Galicia, presidido por la devoción cunqueiriana. Hoy, en homenaje a don Álvaro, lo traigo aquí completo con toda su desmañada prosa y nunca desmayada admiración:


BUEN CAMINO




On the road


El tren de alta velocidad, el verdadero y no ese sucedáneo que unos días atrás ha dejado ochenta muertos casi a las puertas de Santiago, nos lleva a Madrid, donde una vez en Atocha partimos en coche hasta Sarria. Allí comenzará la primera de nuestras etapas del Camino. En toda nuestra trayectoria vamos dejando a bastantes kilómetros al oeste la Vía de la Plata, el camino que desde Sevilla y por las dehesas extremeñas, Salamanca y León conduce también hasta la ciudad del apóstol. Por la provincia leonesa avanzamos ya en el tramo final antes de entrarnos en ese como condado de Treviño gallego en Castilla la Vieja que es el Bierzo. La autovía deja a la derecha Astorga, con su recuerdo de los Panero y, luego, tras Villafranca, nos desviamos a los Ancares para visitar el Cebreiro, su portentosa cumbre.
            Antes de llegar, el paisaje se abre en un mirador que es repecho, y allá están, verdes que tapan a otros verdes, los campos y montes leoneses, y los riojanos allende, con los navarros, todos ellos ensartados, como un rosario de esmeraldas, por el Camino francés, que nace en el mismo Roncesvalles donde finó Roldán. Peregrinos identes, marca un mojón a la entrada de la aldea. A su inicio la iglesia de Santa María, donde se conserva la carne y la sangre del milagro eucarístico que ha ido a renovarse, en tela multiplicada, en las banderas de Galicia, con la copa y la hostia. Piedra tosca en un puñado de casas y pallozas, algunos bares, ciertos hospedajes. Todo en una sola calle. Nos entramos en uno de los comedores y damos cuenta de la primera empanada (esta es dura en sus bordes, recia muralla como la de Lugo o como el granito de las construcciones del lugar) y, curiosos por cómo sea la variedad, pedimos también queso del Cebreiro, que resulta ser antípoda de la empanada: muy blando, casi como requesón echado a pegotones en el plato.
            Por la vereda ascienden peregrinos que vienen echando el bofe. Nosotros reanudamos la conducción y la carretera comarcal –ya se ven hortensias, y las vacas rubias gallegas– nos deja en Sarria, que parece niña que ha pegado el estirón, aunque feúcha, con esos edificios de pisos que no imaginara uno en el agro. Llena de contrastes, es una localidad que muchos peregrinos escogen como principio del Camino, pues partir de ella hacia Santiago permite recoger al final la Compostela, esa acreditación que solo se concede a quien haya recorrido al menos cien kilómetros a pie (desde aquí serán ciento quince). Unos escalones llevan a la calle que toma el peregrinaje, la rúa Maior, y se prosigue pasando por las iglesias de Santa Mariña y la del Salvador (en una de cuyas puertas, precisamente la que da al Camino, está representado Cristo, que bendice y cura con sus manos). La ruta jacobea, junto a la fortaleza y a unos pasos del crucero en un balcón sobre la villa, desemboca en el convento de la Magdalena, con el tímpano en que aparece la santa. Junto al cementerio, y por una cuesta abajo pronunciada en la que ya hay que ir haciendo zigzag, vadeando una y otra vez la pendiente, al poco se interna uno en el bosque, y ahora asciende entre robles, carballos.
            La Ponte Aspera (en gallego, puente es femenino, y viendo los del país, tan gráciles, se comprende) salva el río Celeiro. Aunque he estado practicando el ejercicio andariego en las últimas semanas, el entrenamiento ha sido en llano, y tardo en habituarme a caminar con estas subidas y bajadas. El bordón ayuda a mejor afirmarse en el terreno, pero la carga de la mochila resulta ser más incómoda de lo que había previsto, menos mal que la sed va aligerando la provisión de agua. Recobro el resuello en algunas paradas fugaces, asombrado del incesante río de gente que hace el Camino este verano que ni siquiera lo es de Año Santo. A principios de los sesenta del pasado siglo, el Camino había quedado poco menos que en el olvido, era un recuerdo apenas. En 1962 Álvaro Cunqueiro hizo en un Seat seiscientos el Camino en compañía de José María Castroviejo y de Magar, el fotógrafo del Faro de Vigo, y en el Cebreiro una anciana le dijo con un dejo de nostalgia que hacía dos años ya que por allí no pasaba un peregrino. El bosque, las huertas, los pastizales, habían cubierto la antigua senda a trechos hecha carretera, como el pelaje el vientre de mi gata, que, cuando siendo ella joven y tras habernos adoptado colándose entre el seto de cipreses del jardín la llevamos a esterilizar por sugerencia del veterinario, este la abrió y halló que no tenía órgano reproductor. Si le hubiéramos visto la cicatriz que tapaban los colores blanco y canela. Pienso que si al cabo del tiempo la pobre se nos hubiera escapado e ido a parar a nuevos amos, aún estos podrían haber vuelto a caer en lo mismo, sin reparar en el costurón resultante de la segunda fallida operación.
            Posteriormente, el Camino fue recuperado, se invirtió dinero en el desbroce y adecentamiento de su discurrir y, poco a poco, con el bombeo nutrido de los Xacobeos, ha ido ganando peregrinos que de tantas partes del mundo acuden, por ese vagar ahora expedito de la anciana calzada, a donde está el apóstol.
            Es pasado el mediodía cuando avistamos Portomarín, pero aún tardaremos en llegar, porque desde el otero en que por primera vez se ve la localidad hasta esta hay aún una legua de distancia. Han dado las tres cuando hemos descendido, con gran sacrificio de los dedos de los pies, hasta el discurrir del Miño, que pasa al pie del pueblo y lo lava. No se crea, también la villa ha caminado lo suyo, y le vendrá bien el alivio del agua fresca. Las casas y la iglesia de San Juan se elevan sobre una colina. A la izquierda del puente (o la puente, digámoslo como los del lugar), estaba el antiguo Portomarín, hoy cubierto por un embalse que a principio de los años sesenta inundó la población, anegándola en un bautismo que en realidad fue extremaunción. Lo cuenta el autor de Merlín y familia, que como dije estuvo por aquí hace ahora medio siglo. Por lo que a mí respecta, agotada ya el agua de la cantimplora, me contorsiono, todo colorado, sudoroso, para abrevar en una fuente que hay en el extrarradio.
            Cumplida la tarea de los pies, que tan abnegadamente han servido en la etapa, toca retirarse a la Casa Roan, a la que se llega por carreteras laberínticas. Tenemos tiempo de echarnos una siesta (parece fábula que hayamos dejado atrás veintitantos kilómetros), pero hay que hacerlo casi con manta en los albores de agosto, pues la piedra con la que está construida la antigua casa de labranza, cuyos muros se acercan al metro de espesor, mantiene a esta a una temperatura tan baja que resulta increíble que no venga un ministro de Medio Ambiente y, ordenancismo por delante, mande bajar las frigorías con uno de esos incordios, los edictos entrometidos de los mandamases del ramo.
            Hemos quedado con el resto de peregrinos para tomar un aperitivo antes de la cena, y lo hacemos bajo una luz espléndida del otoño del día, pero con un fresco notable que enseguida hace juego con el del dorado albariño en las copas. El posadero, que debe ser un diablo, nos tienta con unos chorizos asados que no huelen a infierno sino a cielo. Y caemos en la tentación, quién no lo haría, dejando en el plato la guita que unía la sarta de delicias que ahora enjoya los paladares.
            Transcurren los minutos entre chanzas y sin que nos demos cuenta ya no queda más sol que el claro astro que habita como un duende rubio en las copas, un sol que ha amanecido dos o tres veces ya, amoldando la redondez suya a la del cristal. Avisados primero por el olorcillo que viene de la cocina, y luego por la voz de Xosé, el hostelero, pasamos al comedor. Todo prácticamente lo que se yanta en este sitio procede de la huerta propia o de las explotaciones agropecuarias de los alrededores. Así, la extraordinaria ensalada (la cebolla da en verdad ganas de llorar, pero de gozo) o los chorizos redivivos y multiplicados, ahora sin cortar, a lo grande. Hubo algo más, sin duda suculento, antes de las filloas, pero la verdad es que la queimada, que había hervido hasta alcanzar el punto justo, me hizo olvidar casi todo lo manducado aquella noche. (Al repasar estas líneas caigo en que era un corderillo, que aún balaba en el plato).
            Por la mañana siguiente, a temprana hora, otra vez estábamos en el recio comedor, pero ahora ante un cesto de manzanas copiosas y más gruesas que las que nos habían acompañado silvestres en las márgenes del camino, que seguro que procedían del Avalón céltico, esa isla de pomas adonde se retiran los héroes como a un ultramundo. Lord Alfred Tennyson recogió la leyenda en uno de sus poemas artúricos, que traduje desde aquel grueso volumen con su obra completa en verso que extraje, como la espada Excalibur de su roca, de una librería de lance de Edimburgo cuando era mozo. Es el propio Arturo quien habla:

Mas ahora, adiós, me voy en largo viaje
con estas que ves –si es que en verdad voy–
(pues una duda nubla mi juicio)
a la ínsula que es valle de Avalón;
en la que no hay granizo, lluvia o nieve
ni nunca arrecie el viento, mas posee
verdes prados felices, con frutales,
y bajo el mar de estío hondos boscajes,
donde habrá de sanar mi grave herida.

Como un eco del mito del eterno retorno, y siguiendo la tónica general del Camino, regresamos al mismo punto donde dejamos de andar la víspera. Nos congregamos ante la consabida fachada de San Juan, en Portomarín, y vamos bajando por su calle principal, entre casas parejas y sosas, más de barriada uniforme de las afueras de una ciudad que de genuino pueblo. Luego tocar subir por la sierra de Ligonde, diciendo adiós al Miño, que el muy fresco dice que está cansado y que no asciende.
            Monte San Antonio arriba, subimos y subimos, rodeados de pinos, y más tarde pasamos junto al crucero de Lameiros. No sé si habrá, aunque imagino que sí, alguna obra impresa que trate y catalogue los cruceros de Galicia, como hizo con los de Bretaña Castelao. Este es del siglo XVII, muy hermoso y abracadabrante con su representación de la Virgen dando a luz a Jesús al tiempo que, con singular sincronía de la que sabía el Eliot de los Cuatro cuartetos, lo sostiene ya crucificado. Recuerdos los versos:


El tiempo presente y el pasado
tal vez sean presente ambos en el futuro,
y que el futuro lo contenga el pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.


Pero quien labró la piedra de esta cruz sí creía en la Redención. “En mi fin está mi principio”, escribió también el autor de La tierra baldía. El Camino es bueno para perderse, ya que no de la senda, en disquisiciones metafísicas. George Santayana, que fue profesor suyo, dejó escrito que “El pensamiento de Eliot es subterráneo sin ser profundo”, una maldad que creo que habría gustado a Pound.
Tras alguna que otra parada terminamos la etapa en Palas de Rei, de donde era la niña rubia con la que Cunqueiro conoció el amor por primera vez, según cuenta en uno de los deliciosos artículos que publicara en su periódico vigués en la serie “El viajero en Galicia”, recogidos por César Antonio Molina en volumen con idéntico título.
            Cumplido el caminar de la jornada, regresamos en automóvil al alojamiento de la noche anterior: la Casa Roan de Monterroso. En esta ocasión disponemos de menos tiempo para reposar, y al cabo de un rato estamos otra vez en el patio de la casa rural prestos a cumplimentar al albariño, al que en esta ocasión escolta un destacamento de pimientos de Padrón, todos muy gallardos aunque bajitos con sus casacas verdes, y una tortilla en las que los huevos de las gallinas cercanas han hecho buenas migas con unas patatas también del terreno. Pero lo que nos espera dentro es sencillamente un festín inigualable: como para alimentar mi irrefrenable concatenación de  experiencias artúricas, y en recuerdo del Rico Rey Pescador del Cuento del Grial –bienvenido a este viaje, Chrétien de Troyes, viejo amigo, fuentes y más fuentes con unas truchas pequeñas y fritas con unto, sabrosísimas y evangélicas (la multiplicación de los panes y los peces en el lago Tiberiades); y tras ellas, unas carrilleras tan tiernas como contundentes, rollizas como cochinillos, con una salsa envinada que enjuga más y más patatas fritas. Servido en jarra, el vino es un Ribeiro tinto, frío de la bodega que se adivina gélida, y aunque esta noche no se realiza la liturgia de la queimada con su conjuro, el orujo, casi con las mismas letras y otro orden (sin duda trastocado por el alcohol), sobre lo ya conseguido por el buen caldo va desatando las lenguas. Esta noche, sin embargo, nos retiramos antes, que al día siguiente nos aguarda la etapa anunciada como más dura, en la que superaremos, ay mis pies, los treinta kilómetros de recorrido.





Via dolorosa

Ha amanecido lloviznando, con una niebla galaica que envuelve como un guante de su talla, el que mejor le sienta, estos lugares atlánticos. De nuevo hacemos un tramo en coche hasta donde debemos comenzar la etapa, esta vez en Palas de Rei. Los peregrinos pueden ensimismarse, si lo desean, pero también es posible la plática. Por el camino, y haciéndolo más ameno, tengo la oportunidad de hablar con una mujer irlandesa que acompaña a un amigo suyo norteamericano, de Cleveland. Ella es de Dublín, y cuando al rebasarlos les lanzo un Hi! en vez del consabido “¡Buen Camino!” con el que los peregrinos se saludan al tiempo que se dan ánimo, él me pregunta si hablo inglés. Se lo confirmo y al poco le muestro a ella, como un exhibicionista que se saca el pajarito de entre la gabardina, bajo el forro polar la parte de mi camiseta en que está estampado el escudo de Guinness, la cerveza que tiene su fábrica en la St James’s Gate dublinesa, es decir la Puerta de Santiago, de donde se dice que partían los peregrinos hibérnicos a Compostela. Luego vamos hablando de literatura, del gaélico –se sorprende de que pueda traducir de ese idioma, de que ella y su marido tienen una casa en San Pedro de Alcántara y de que sus hijos han estudiado en un colegio teresiano, bilingüe español e inglés, de Dublín. Nos despedimos al cabo de un rato, casi seguros de que nos volveremos a encontrar, como efectivamente sucede un par de kilómetros más adelante cuando, ya reunida con su esposo, ambos asisten a un niño que se ha hecho daño en un dedo, al tropezarse.
            Pasamos por el puente medieval de Leboreiro, y más tarde paramos para comer en Melide. La pulpería Ezequiel es un establecimiento sin pretensiones, amplio, amplísimo. La especialidad, como su nombre  indica, es el pulpo á feira, que acompañamos de cachelos. Hay decenas de bancos de madera en los que los comensales se aprietan a dar cuenta del cefalópodo en largas mesas compartidas. Hemos llegado temprano y aún queda bastante espacio en la parte del fondo de la gran sala, donde en su pared final los ciclistas van dejando apoyados sus vehículos sin temor a que les sean arrebatados. En su idioma de caucho y metálico, las ruedas comparten también anécdotas de la etapa.
            Las ampollas que comenzaron a formarse ya el primer día de viaje ahora se han convertido en una tortura. Por solidaridad con el pie izquierdo, precursor, el derecho también posó una en su planta, de resultas de lo cual al cabo de un rato tenía bien cargados los gemelos. Cada vez que me detengo me resulta épico retomar el paso, y los primeros centenares de metros son un suplicio, una ordalía. Dicen que caminar ayuda a perder peso, pero mi pierna izquierda, que mejor sería llamar siniestra por la crueldad con que me trata, pesa ahora una tonelada que apenas el resto de mi cuerpo, vuelto grúa, consigue levantar.
            Ignoro cómo marcha la temporada de incendios forestales este año en Galicia, pero desde luego hay dos fuegos declarados en mis pies. Al llegar a Ribadiso, aunque he de realizar un gran esfuerzo para desprenderme de botas y calcetines, los apago un rato, los fuegos, sumergiéndolos en las aguas heladas junto a la puente y al pie de uno de los albergues de la Xunta de Galicia. Tengo la fortuna de que uno de los guijarros del río me hace reventar la ampolla del pie derecho, y expulsado el líquido la cosa tiene visos de mejorar. Parece que el izquierdo, sin embargo, tendrá que ser punzado con una aguja para extraerle el contenido. Tan amigo de las agujas como soy, es decir, pese a mi nula vocación de faquir, me resigno a que me agujereen a la mañana siguiente. Pero esta noche dormiremos en la Casa das Corredoiras. Aunque aún hay que llegar a Arzúa, ya sueño, despierto, con la cama.
            Un pollo del corral nos da las buenas noches, pero antes de irnos a dormir (cada escalón hasta la primera planta, donde está el cuarto, me parecerá el ascenso a todo un rascacielos), la nota dulce tras tantas penalidades la pone una ración de queso de Arzúa, blando y pálido, acompañado de membrillo. Confío en que las vigas de la casa aguanten las toneladas que ya pesa mi pierna.
            Amanezco ya sin líquido en la otra ampolla, que también se ha reventado. Lo que sí me queda es la secuela, junto con el gemelo cargado, rollizo como una de las carrilleras que comimos en Casa Roan, una inflamación en el tobillo. Todo esto lo ha producido el caminar mal como consecuencia de las ampollas. Últimamente prescindo del bordón y camino rítmicamente moviendo los brazos como en una parada militar (que en el fondo más se asemeja a la retirada de un ejército renqueante).
            Quedan ya solo dos etapas hasta alcanzar Compostela. En esta singladura de secano nos vamos adentrando por la provincia de la Coruña. El paisaje es ahora algo menos frondoso, y cuando no hay pastos o maizales avanzamos entre demasiados eucaliptos, que preferiría robles o sauces. Rematamos la etapa en O Pedrouzo. Para entonces, los males se han extendido a las ingles, donde sendas rozaduras que propicia el sudor, van pintando de escarlata la piel. Nos alojaremos esta noche en un pazo ya cercano a Santiago y, más aún, a su aeropuerto de Lavacolla. Chispea sin ganas cuando llegamos, con un agua insípida como el vino de Mencía que nos sirven en la cena.
            A lo largo del viaje hemos ido sellando en iglesias, albergues, restaurantes, una especie de pasaporte que demuestra que hemos ido haciendo el Camino, se supone que a pie (luego habrá que aseverarlo), hasta llegar a la ciudad donde reposan los restos del apóstol. En este tramo final me hace falta desde luego su socorro para culminar el periplo. No sé muy bien cómo, la piltrafa que soy va dejando atrás hórreos y caballos, cruceros, establos, aperos de labranza y flores de las cunetas. Tras mucho mortificar los pies, y ellos en venganza a mí todo, ahí está el Monte del Gozo, desde el que ya se contempla Compostela. Un grupo de muchachos de Tarragona alcanza el paroxismo y hacen un castellet. Han plantado su bandera separatista, con la tarraconense y un gallardete de su colla, en la falda de la loma, junto a ellos. Parlotean en catalán nervioso, que se acerca mucho al castellano nervioso porque todo son gritos atropellados, exclamaciones. Les faltan brazos para la piña, y dos hermanos de Barcelona que vienen con nosotros los apoyan. Luego resulta que el que va de enxaneta es un cagón que tiene vértigo y el grupo cae más o menos ordenadamente sobre el césped del monte.




Campo de estrellas

Hay un gran flujo de peregrinos en este tramo final que se acerca a la ciudad, la Compostela cuyo nombre proviene, se dice, de campus stellae. En la señal de tráfico que ya indica que hemos llegado, ese rectángulo blanco con borde rojo que señala un núcleo urbano, la gente tira los bastones y los morrales y se funde en un abrazo con los suyos para retratarse ante esa prueba de que sí, por fin han terminado el viaje. También lo hacemos nosotros, y a diferencia de otras fotografías en las que hay que forzar la sonrisa, esta es ahora franca, abierta, de ley. No llegaremos a tiempo para asistir a la salida de la misa de peregrinos, pero no importa. Ya iremos mañana. Ahora, por primera vez en una ciudad desde hace días, extrañamos a esas gentes con las que nos cruzamos y que van con ropas comunes y no de excursionista a sus quehaceres, y a los ociosos sentados en las terrazas de los bares sin los aditamentos del senderista a sus pies. En un bar en el que nos detenemos antes de enfilar ya el casco histórico, un grupo de magrebíes está sentado, bajo una sombrilla, ante tazas de café o infusiones y botellas de agua. También se los ve con extrañeza: no nos hemos topado estos días con ni un solo musulmán.
            En olvidanza de los males e incomodidades con los que cargamos, nos vamos dirigiendo, joviales, hacia la catedral. Inevitablemente hay tiendas de recuerdos, pero que eluden, y se agradece, lo cañí. Algún escaparate exhibe grabaciones de música gallega. Varios otros, ultramarinos de manufacturas añejas y especialidades regionales.  
            Ya está ahí, a nuestra izquierda, la puerta de Azabacherías, por donde negros de pecados entraban los peregrinos antes de salir, una vez ceñido el apóstol, por la de Platerías, ya limpios, esplendentes. Bajamos por la rampa y al final del breve túnel ya estamos en la plaza del Obradoiro. Los que han venido juntos se abrazan, se besan. Pero cuando terminan las manos no están ociosas, corren a fotografiar los rostros de los compañeros ante la fachada catedralicia. Después toca obtener la Compostela. Como luego diré, la mía ansiada es otra, pero también acudo, cómo no, a que me expidan el certificado en latín que asegura que he hecho el Camino. Como ya casi nadie tiene nociones de la lengua de Virgilio, a los que van saliendo con su cartulina les parece que su nombre es aún más exótico de lo que es, pues lo toman en el acusativo en que aparece inserto en la redacción del impreso, no en el nominativo que les corresponde en justa equivalencia.
            La tarde es de paseos por las calles, de echar un vistazo a la antigua universidad de Fonseca, de colarse en el Hostal de los Reyes Católicos, hoy parador de turismo. Pero antes pasamos por la librería Follas Novas, que era también la meta de mi viaje. Cuando meses antes decidimos venir a Santiago me propuse regalarme aquí un libro del que había tenido noticia, adobada con las mejores referencias. Los días de “La noche”, y editado por la propia Follas Novas, recoge las colaboraciones de Cunqueiro, mi señor Cunqueiro, en el desaparecido diario vespertino compostelano. Pero como un trébol verde y trifoliado (irlandés), no me lo llevé solo: también editado por la librería y con la cubierta igualmente verde compré otro que desconocía y que reúne sus prólogos y epílogos, y para que el festín fuera completo un tercer ejemplar, este de un título que acaba de salir de imprenta y, el más grueso de todos, incorpora los artículos que el mindoniense publicara en la revista Sábado Gráfico. Mucho peso para el equipaje de vuelta, pero qué importaba. Lo haríamos en avión, y pese a la cicatería proverbial de la compañía de bandera irlandesa, que tiene en su logotipo el arpa, me dije que ya proveería, si no el mismo Dios, o Jacobo, San Patricio.
            En Santiago, lo andarín, y la curiosidad, y el hambre, con la sed, nos hará recorrer las rúas, la de O Franco y la paralela de A Raíña. También una y otra vez (en un extremo de ella, el museo del en tiempos poumista Eugenio Granell, y en el otro la fundación del exfalangista Gonzalo Torrente Ballester), la Rúa do Vilar, con su viejo casino, en los brazos de cuyos sillones apoyó a medias los suyos el manco Valle-Inclán. Vamos también en varias ocasiones a la farmacia, a surtirnos de bálsamos, tobilleras y otros remedios, como tantos peregrinos que, semimarqueses de Bradomín de las extremidades inferiores, se ve cojear por las calles atestadas. Recuerdo la farmacia de la familia de Cunqueiro en Mondoñedo, donde se afiló su amor a las historias contadas, las narraciones orales, por las que oyó narrar en la botica y en la rebotica, y de donde salió ese libro suyo, Escuela de curanderos (o menciñeiros, pues se publicó originalmente en lengua gallega).
Luego alargaremos, ya en autocar, el viaje hacia Finisterre y la Costa da Morte: pararemos en una aldea preciosa, Ponte Maceira, a orillas del Tambre, y luego pisaremos Muros y las faldas del monte Pindo, bordeando el Atlántico, y las rías, hasta Muxía y su iglesia de Santa María de la Barca. Pero en puridad el Camino ha terminado. No sé si uno ha cambiado, como es preceptivo que el viaje obre una metamorfosis en quien lo hace. Físicamente, aún tengo los pies destrozados, e hinchado el tobillo, y los músculos tensos. Pero más adentro debe también de haberse transformado algo. Lo medito ya en casa, hojeando los libros que me he traído desde aquel norte, y aunque poseído por la morriña de haber hecho un segmento del Camino, recuerdo el verso de Joachim du Bellay que tanto gustaba de citar este escritor sabio que escribió, artículo a artículo, los tres volúmenes que ahora tornan prado la mesa: Hereux qui, come Ulysse, a fait un beau voyage.




jueves, 27 de febrero de 2014

Una modesta preposición



Turner, "El adiós de Hero y Leandro"


Preposición, con e. Nada que ver con "proposición", como en la Modest Proposal de Jonathan Swift. 
Recibía ayer un ejemplar de La reparación de la poesía. Conferencias de Oxford, libro de Seamus Heaney que comenzará a distribuirse próximamente. Hay en él capítulos dedicados a poetas que admiro, he estudiado y traducido, y en los casos de Christopher Marlowe y de W. B. Yeats, el traductor del volumen, Javier Blasco, ha tenido a bien incluir mis versiones ya publicadas de las citas que Heaney emplea para su exposición. El caso es que como la piedra imán (aquí vuelvo a recordar a Swift, pero en uno de los viajes de Gulliver), una errata atrajo mi vista y los ojos se que me quedaron pegados a su estropicio. En descargo de Vaso Roto, la editorial de La reparación de la poesía, me apresuraré a aclarar que no es -del todo, al menos- culpa de ella o de Blasco el magnético error. 
El verso que me llamó dolorosamente la atención pertenece a Hero y Leandro, de Marlowe, y dice así en la página 52 del libro de Heaney: "en Sestos lo llamaban "Vidrio de Venus"". Es evidente que el verso, en una tirada de endecasílabos (casi novecientos, el total de pentámetros yámbicos en el poema tal como lo dejó al morir Marlowe), es defectuoso: son doce las sílabas. ¿Cómo después de tanto corregir se coló ese verso defectuoso? Acudí al libro con el poema completo, la edición bilingüe que en 2009 publicó La Palma, y allí vi que la preposición "de" no aparecía. Se lee (pág. 25): "en Sestos lo llamaban "Vidrio Venus"". Métricamente, es mejor, pero lo cierto es que suena extraño ese "Vidrio Venus". El verso original es "The town of Sestos called it Venus' Glass." Blasco, o alguien en la editorial, habrá decidido hacer más gramatical la frase y colocar la ausente preposición, a costa del ritmo. Una preposición que de modesta pasa a ser molesta. Y digo "más gramatical" porque no es agramatical del todo: el misterioso "Vidrio Venus", así entrecomillado, no queda muy lejos de la piedra imán que cité más arriba. 
Y fue al releer el original cuando me di cuenta, con bochorno, que en su día debí haber traducido glass como espejo. No "Vidrio Venus", pues, sino "espejo de Venus". Tras darle algunas vueltas al   dichoso verso, la traducción que ahora propongo es: "El espejo de Venus le decían." Por ello, los versos de Hero y Leandro tanto en la edición de La Palma como citados en la conferencia de Heaney (que los llama "catálogo de hazañas amatorias") deben ser, de ahora en adelante:

De cristal reluciente era su suelo;
el espejo de Venus le decían.
Veíanse allí dioses de mil formas
cometiendo desmanes, violaciones
e incestos, pues debajo de este suelo
radiante, en una estatua estaba Dánae
en su torre broncínea y, furtivo, 
Júpiter en el lecho de su hermana,
en juegos con el joven Ganimedes;
o por su amada Europa alto mugía;
o en una nube hundía el arco iris;
el sanguinario Marte con la red 
del tullido Vulcano y de sus cíclopes;
el amor que incendió urbes, como Troya;
Silvano sollozando por el joven
que luego transformado fue en ciprés,
a cuya sombra acuden hoy los faunos.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Nota al margen




Paradójicamente, las reseñas mejor escritas son las que se ocupan de libros mediocres. Como hay tan poco que decir de ellos, y no quiere hacer daño, el crítico se las compone para hacer una buena faena, y se esmera en el aliño, ya que la materia prima es tan insípida.

martes, 25 de febrero de 2014

"Miel que rebosa"



Desde hace algunos años trato de sacar algún rédito de las desgracias. Ya que vienen, me digo, tomémoslas por las astas y domémoslas de algún modo en los poemas. Pueden ser grandes sacudidas o leves zarandeos. De un pequeño percance doméstico trata este poema inédito que me pidió publicar en su blog Ana Gorría. 

lunes, 24 de febrero de 2014

Una entrevista con James Wright





Se publicó en The Paris Review, y la traigo aquí a quien pueda interesar ahora que Vaso Roto ha editado, con traducción mía, el poemario No se quebrará la rama. Como se dice al principio, W. H. Auden fue uno de los miembros de un jurado que otorgó un importante galardón a Wright. También prologó su primer libro, The Green Wall

sábado, 22 de febrero de 2014

Alas para Bécquer




La columna semanal en El Mundo, que en esta ocasión trae juntos a un gran poeta de Sevilla y a otro italiano, cuyo vínculo he conocido gracias a la edición de otro poeta de México.

viernes, 21 de febrero de 2014

Clare y los libros





No bien dejaba aquí unos poemas de John Clare, cuya traducción di en la revista digital "Tinta China", encuentro que ha sido publicada una antología de sus versos por la editorial Linteo. Preparo reseña de ella. Entre tanto, me he permitido verter estos cuatro versos, en los que se reconocerá cualquier lector, sin el cual un libro está siempre solo a medio camino de serlo:


Mere books would be but useless things
Were none had taste or mind to read,
Like unknown lands where beauty springs
And none are there to heed.

Los libros solo son cosas inútiles
donde no existe nadie que los lea,
lo mismo que bellísimos parajes
si no hay nadie que preste atención.

jueves, 20 de febrero de 2014

Premio Tiflos para Emilio Durán




Con Emilio Durán (en el centro) y Rafael de Cózar en la presentación de su novela Plaza del Cabildo (2009)

Estaba asomado al pretil de ese puente que es Facebook, viendo pasar la vida, a veces de aguas turbulentas, cuando leí un comentario de Antonio Praena en que este anunciaba para esa misma noche el fallo del Premio Tiflos de Poesía, que él había obtenido el año pasado con su libro Yo he querido ser grúa muchas veces. En lo que no caí entonces es que también se fallaría el mismo premio en las modalidades de novela y relato. Y esta mañana, en otro puente (este sobre el Guadalquivir), me he encontrado con el ganador de, precisamente, el premio de novela. En realidad, el premio de novela para autores invidentes. Y es que Emilio Durán, víctima de un proceso degenerativo como el que atacó a su padre, tiene prácticamente perdida la vista desde hace unos años. 
     Aunque la novela ganadora se presentó con otro título, el verdadero es, me dice Emilio, Como un lobo el corazón. Lo entiendo mal (como si yo también tuviera disminuido un sentido, el del oído), y me parece que es Como un lobo al corazón. Lo mismo había creído el escritor que lo acompaña, José Antonio Ramírez Lozano, que es quien lo había animado a presentarse al certamen. No, aclara, Emilio, quien repite el título correcto y añade que es uno de los versos del himno de la Legión.
     Nada más justo, pues como un verdadero legionario Emilio le ha echado valor a su enfermedad y nadie le conoce una mala cara, un gesto de desaliento. Siempre bienhumorado, es un conversador ameno que ha aprendido a usar del bastón blanco a su propio modo, como una batuta con la que dirige el mundo, imponiéndole al andar el ritmo que a él se le antoja (es poeta también, y no sé si esta faceta prevalecerá frente a la de narrador por causa de la ceguera, como ya ocurrió con Borges).
     En el momento de nuestro encuentro estaba nublado y, aunque dudo que Emilio lo percibiera, con la noticia de su premio para mí es como si hubiera salido en ese momento el sol. Al menos, en mi voz, habría de notarlo.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Una reparación





Sostenella y no emendalla, cuando se ve el error, es un vicio que une a la pifia primera el agravante del empecinamiento. ABC Cultural ha puesto remedio a esa inexcusable carencia en que había caído y ha vuelto a cubrir el puesto de crítico de poesía española e hispanoamericana, que hacía meses que era sede vacante. Por ese espacio han pasado críticos regulares y buenos o muy buenos. Álvaro Valverde, el recién incorporado, es de los últimos, y no solo por el bagaje crítico-teórico que aporta, sino porque siendo él mismo poeta sabe, en el plano práctico, de qué está hablando. Por otra parte, desde su rincón extremeño, y desde su no adscripción a banderías, posee esa virtud que un reseñista ha de tener: independencia.
Comenzaba Valverde su andadura en el suplemento el fin de semana pasado. A los que echábamos de menos una ventana a la poesía allí en esas páginas, se nos han devuelto las ganas de pedir en el quiosco ese periódico los sábados.

martes, 18 de febrero de 2014

75 años sin Antonio Machado




El próximo día 22 de febrero su cumplirán 75 años de la muerte de Antonio Machado en Collioure. Alejandro Luque, de El Correo de Andalucía, me pidió que citara un poema del sevillano que, en mi opinión, siga siendo vigente. Y este es el resultado de nuestra conversación. 

lunes, 17 de febrero de 2014

domingo, 16 de febrero de 2014

viernes, 14 de febrero de 2014

En "Tinta China"




Se acaba de publicar el número 16-17 de Tinta China. Revista de Literatura. Entre colaboraciones estupendas, aquí el atajo a tres poemas míos.

jueves, 13 de febrero de 2014

El amor, por Rosales






Cuántos aciertos en la poesía de Luis Rosales, que especialmente se manifiestan no en los poemas medidos con cincel o en las composiciones en prosa, unos y otros tan buenos, sino en el versículo y en la combinación de metros con apariencia de verso libre. Sobre el amor, Rosales ha escrito páginas espléndidas, deslumbradoras. Valga como prueba este fragmento:


Sin embargo, conviene recordar que al llegar el amor se hace el verano,
la vida entera se convierte en playa,
y en todos los hoteles de la tierra no hay más que un solo día
cuyas alas se tocan entre sí, pues lo esencial es siempre mutuo,
y el corazón crece continuamente,
crece comunicándose
como el olor recoge cuanto encuentra a su paso
y siendo lo más leve lleva al mundo en el aire.

 Diario de una resurrección (1979)

miércoles, 12 de febrero de 2014

Dylan en Nueva York (y en otras partes)



Estas semanas, la prensa, la radio, la televisión y hasta, claro está, Internet, han repetido una y otra vez la historia de los supuestos abusos de Woody Allen a su hijastra Dylan, hija adoptiva de Mia Farrow. No trata esta entrada de esa crónica negra, o rosa, o amarilla. Pero sí del estupor que, una vez más, le produce a uno el empleo caprichoso de los nombres y apellidos lo mismo en las repúblicas americanas al sur de los Estados Unidos que en la misma nación de la que llegó la noticia sobre Allen. Hago gracia al posible lector de embarcarme no hacia aquel continente sino en un debate sobre el apellido Allen, que es deformación de la palabra que en varias lenguas celtas sirve para "hermoso" (sí, por inverosímil que parezca en su caso), pero lo de Dylan me resulta particularmente llamativo.
     El nombre es impepinablemente galés, y muy popular allí, por tierras de Caernarvon o Swansea, la localidad natal del más famoso de los Dylan, Dylan Thomas. Bueno, el más famoso hasta que un estadounidense judío, como Allen, hizo de su capa un sayo y se impuso en la pila bautismal -es un decir- el nombre artístico de Bob Dylan. Aquí, como se ve, ya tomando el nombre como apellido. Pero lo de poner Dylan a la niñita que sigue acusando al cineasta es más peregrino si cabe. Y un rigorista (puritano de los modales, no purista de la filología) se haría cruces al ver que una hembra ostenta un nombre masculino en caso de travestismo onomástico. ¡Adónde vamos a ir a parar! Qué promiscuidad hasta en el lenguaje.
     Un Dylan aparece, por ejemplo, en los Mabinogion (alrededor del siglo XII). Lástima que la edición en galés la tenga en la planta de arriba de la casa, pero tomo del estante la traducción ilustrada al gaélico escocés y busco una aparición del nombre. Aquí se explica cómo un personaje pasó a llamarse así: Agus 's e Dylan an t-ainm a bheir mi air. 
     Sirva todo este tedioso preámbulo para recordar que el Dylan Thomas causante de todos estos desvaríos hubiera cumplido cien años este 2014, en octubre. Y que el poeta no solo frecuentaba la famosa White Tavern de Manhattan (a dos o tres millas de donde se podrían haber producido los mencionados abusos sexuales) donde entró en un coma etílico y fatal a base de la bebida de una cantidad inconcebible de whiskies. En el Gales donde nació se ha publicado hace poco un libro ilustrado que recoge su paso por una veintena de pubs, más o menos el número de whiskies que Thomas se echó al coleto su última noche sobre la faz de la tierra.




martes, 11 de febrero de 2014

Negro sobre blanco, las erratas




En la corrección de una novela, las erratas son los peones de los errores. Si solo se fija uno en ellos, actúan como camuflaje de esos alfiles o caballos (cuando no la misma reina) que no ves venir: las inconsistencias y debilidades que pueden dar el jaque mate en la narración.

lunes, 10 de febrero de 2014

Árbol epifánico



Otto W. Thomé: Flora von Deutschland, Österreich und der Schweiz, 1885


Gautama, el Buda, alcanzó el satori, la iluminación, bajo una higuera: el árbol de Bodhi. Tienen algo los árboles que propician el acorde, la epifanía, el vislumbre de lo otro. Siendo tan físico y palpable, hay algo en el árbol de metafísico y milagroso. Es lo que sucede en uno de los poemas de Dulcamara, el más reciente libro de David González Lobo, poeta venezolano hace muchos años radicado -arraigado, empleando el término botánico que conviene a su texto y a esta entrada- en Sevilla. El hermoso poema no lleva título (como sucede en el resto del libro), y va dedicado al también poeta venezolano Ramón Palomares. La clave está en sus dos últimos versos, con su metamorfosis, con la sensación transmitida de que se deja atrás un portento:

Cuando se le cayeron las flores
te acercaste al granado
ibas acompañado
pero sólo tú lo abrazaste
como a un amigo
que hablase con ternura extrema
como quien encuentra
la puerta que sospechaba

Cuando el viento
abrió las ramas
y viste la corona del fruto
la muchacha era una nube
y todo había pasado

domingo, 9 de febrero de 2014

La ciudad del poeta



Fernando Ortiz. Fotografía: ABC

Hay quienes llevan los estereotipos de la ciudad en los labios, pero la inflación –el amor a la ciudad también incurre en alzas y caídas en sus cotizaciones– hace que en ellos sea una moneda devaluada, una pieza que querría ser de oro y todo lo más es cobre, calderilla. No así con Fernando Ortiz, que no necesitaba alardear de “sevillanía” para hacer profesión de amor a la ciudad, “al recinto primero que dio forma a mi fondo”. A ella ha dado páginas bellísimas, lástima que no transiten más lectores por sus versos. Tal vez sea por el genius loci de su collación natal, San Lorenzo, adonde enfilan las alargadas sombras de Bécquer y Montesinos, otros dos sevillanos profundos, ajenos a la pandereta que denunció Antonio Machado. Como también lo fueron, siglos antes, sus admirados Fernández de Andrada y Medrano.
            Su último escrito ha sido para un patricio de Antequera, y él mismo, aunque sin tierras ni casería, lo era: un patricio hispalense, que si tuvo de dionisíaco hasta pasada la madurez luego se replegó, como los patios nuestros, mármoles y quencias, a lo apolíneo. Naturalmente, no es la única tecla que pulsó, pero en ella sobresale como pocos. Es de la línea de Joaquín Sáenz y Carmen Laffón en el pincel (la misma que la de Ramón Gaya o Pedro Serna si hablamos de pintores murcianos). Del amor de Fernando Ortiz a Sevilla se pueden rastrear muchos poemas, y todos son testimonio de su devoción, más en la onda de Cernuda que en la de… Mejor me callo.
            Nació en la calle Miguel Cid, y al poco su familia se trasladó a Jesús del Gran Poder, en la cual estaba también, frente a su casa, su colegio: el de los Maristas. Luego vendrían la ciudad extramuros en Reina Mercedes y Eduardo Dato. En “Primera despedida” evoca el campo del Aljarafe que rodeaba la finca de veraneo de la familia en Valencina de la Concepción. Aljibes, jazmines, olivos, y la flor del naranjo, y la cal, las plazuelas. Después de pasar por los Maristas estuvo en el Claret, y desde allí “escapaba / del húmedo y gris colegio / en busca del sol y el agua.” Son los octosílabos de su poema “El Parque”, que es, claro, el de María Luisa.
Al final de sus años se distanció de amigos como Aquilino Duque, pero antes, en 1981, qué maravillosos alejandrinos ofreció sobre el mundo de este, que es también el del propio Ortiz, atemporal: “¿Dónde aquella Sevilla del pregón callejero / en la que el sol quemaba las tardes de verano? / ¿Recordáis la penumbra, las velas extendidas / y el sonido del agua en la taza de mármol?”

(El pasado viernes se celebró en Sevilla el funeral por Fernando Ortiz. Este artículo sobre él lo escribí la tarde de su fallecimiento y se publicó en ABC al día siguiente, el 30 de enero)

CODA: Un lector me hace ver con ironía propia de Fernando (he sentido casi un pescozón del difunto) que Aldana, a quien yo citaba en el artículo tras Fernández de Andrada, no era sevillano sino extremeño. Tiene toda la razón. Subsanando el tonto lapsus, en su lugar cito ahora a Medrano, que transitaba por uno de los ensayos de La estirpe de Bécquer y era también uno de los tres incluidos por Cernuda (gran devoción indeclinable de Fernando) en "Sonetos clásicos sevillanos", Cruz y Raya, 36, marzo de 1936.

sábado, 8 de febrero de 2014

Pase de revista


Ínsula, una de las publicaciones que ya no se ven en la biblioteca


La columna semanal en El Mundo.

viernes, 7 de febrero de 2014

Las batallas en el desierto





Que admiremos y tratemos de compartir el entusiasmo por la espléndida poesía de José Emilio Pacheco no debería dejar a un lado arrinconadas sus cualidades como narrador. En una novela corta, una nouvelle estupenda y que uno no se cansaría de regalar, se hacen estas patentes, sus virtudes de prosista, más que en muchos autores de centones indigeribles.
     Las batallas en el desierto es un libro maravilloso por la capacidad de evocación, por el lenguaje empleado, por la traslación de los diálogos (que no son los recogidos con guiones al uso sino tal como los retuerce la memoria), por la psicología infantil y la fina reconstrucción del incipiente deseo. Y con qué encanto seduce Mariana, el amor del protagonista. Por cierto, que esa Mariana tan carnal y tan fantasma, ¿tendrá algo que ver con la Mariana del poema homónimo de Tennyson, en el cual aparece la tarima con el ratón que retoma T. S. Eliot en el verso 17 de "East Coker" y que Pacheco ha vertido magistralmente con el resto de los Cuatro cuartetos? No parece verosímil, pero al menos a mí me la ha recordado. Y si no en la colonia Roma donde se desarrolla la acción de Las batallas en el desierto, en Polanco, que también se menciona en la novela, hay una calle Tennyson que supongo alguna vez habrá recorrido el escritor desde hace poco difunto. 
     Coincidencias más raras se han visto: allí en la Ciudad de México la calle del autor de "Ulises" y "Los lotófagos" hace esquina con la que lleva el nombre del autor de la Odisea.
     Pero basta de elucubraciones, no sea que parezca acreedor a una visita al loquero como el pobre y desconsolado Carlitos, el pobre amante -sin esperanza- de Mariana.

jueves, 6 de febrero de 2014

Cortar





Bernard MacLaverty, el escritor de Belfast asentado en Escocia cuya novela Cal fue adaptada al cine con una gran banda sonora de Mark Knopfler, empezó como escritor colaborando con textos para la BBC. Y cuando le dijeron que tenía que acortarlos aprendió una lección que no ha olvidado: que "cuantas más palabras quitaba, más mejoraba el relato." Y la verdad es que cuesta, pero suele ser verdad. Y también es algo que puede ser aplicado a otros géneros.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Sin Jane Kenyon





Estado Crítico publica mi reseña de Without, libro que el poeta estadounidense Donald Hall escribió en torno a la enfermedad y muerte de su esposa, la también poeta Jane Kenyon.

martes, 4 de febrero de 2014

De Recanati a Sevilla: el Leopardi de Romero Martínez.




"En las noches del invierno de 1936 a 1937, oyendo el cañoneo en la ciudad universitaria, en Madrid, leía a Leopardi", recordaba Luis Cernuda en "Historial de un libro". Se trataba de la traducción española que en 1928, el año en que él dejó Sevilla, publicó su paisano Miguel Romero Martínez. La misma que ahora Renacimiento ha reeditado con una extensa introducción de Gabriele Morelli, que aúna en su persona ser activísimo y apasionado hispanista y proceder de una familia de Recanati, la villa en que naciera el autor los Canti (quien murió justo un siglo antes del episodio épico-lector que evoca Cernuda). 
     No son pocas las traducciones del desdichado conde Giacomo Leopardi al español. Entre las más recientes me parece magnífica la de Eloy Sánchez Rosillo en la colección La Cruz del Sur, en Pre-Textos, pero esta que ahora vuelve como una marea de belleza casi centenaria tiene el valor de ser más cercana en el tiempo a los originales. Morelli nos ilustra, además, sobre la fidelidad de lo vertido por Romero Martínez, que no solo se atiene al sentido, sino que emplea una música que alcanza a ser sílaba a sílaba lo más parecido a un calco del original. 
     "Quizá uno de los poetas primeros del mundo" era Leopardi para Emilia Pardo Bazán, a quien, aun no conociendo traducción castellana de ellas, la parecían hermosísimas "La sera del dì di festa", "Le ricordanze" y "Amore e morte". Por eso celebró en 1880 que Menéndez y Pelayo pusiera manos a la obra. Carmen de Burgos, "Colombine", dedicó un estudio a Leopardi en 1911, y Miguel de Unamuno otro en 1920, centrado en las relaciones del poeta con el periodismo. Morelli rastrea la suerte de aquel ejemplar que leyó Cernuda y que este regaló a Leopoldo Panero cuando ya estaba a punto de embarcar para Norteamérica, en 1947.   Pero no es cosa de revelar aquí las pesquisas que en este libro se desarrollan. Baste decir que en el verso español de Miguel Romero Martínez el endecasílabo italiano se acomoda a nuestra lengua con tanta fortuna como el de Petrarca con Garcilaso, y que si este nos dio poemas originales conmovedores y memorables, aquel, el traductor hispalense, trae aquí, si no suyos, versos tan lacerantes y bellísimos como los de "El infinito", "A la luna" o "El sábado en la aldea", además de los citados con tanta admiración por Pardo Bazán. 


     Leí por primera vez a Leopardi en las traducciones del número 4 de la revista Fin de Siglo (a cargo de Sánchez Rosillo) Luego lo he seguido frecuentando y viajé a Recanati aunque solo fuera a través de la estancia y testimonio que Andrés Trapiello compartió en el número 11 de otra revista a la que debo mucho, Clarín (pocos viajes han hecho tanto bien a un alma, pocos lugares le han enseñado a uno tantas cosas no buscadas", anotaba Trapiello). Incluso he firmado yo también mi propia versión de "El infinito", como es obligado hacer  aunque se tenga un tosco conocimiento del toscano. Podría también suscribir los versos que Vicente Gallego escribió en homenaje a Leopardi:

¿cómo pudo aquel joven hace casi dos siglos,
tener noticias claras de mi vida,
conocer mis afanes, registrar mi cansancio;
ante la noche hacerse una pregunta
cuya respuesta ignora todavía la noche,
y escribir todo eso con palabras 
que supieron burlar las celadas del tiempo? 

lunes, 3 de febrero de 2014

INTRUSAS





Intrusas en el aire de febrero,
multiplicados, tenues
pezones que amamantan el azul,
nunca la nieve
huidiza como un río que se deshiela lento
tras de sus vísperas.

Irrupción de color
ora encarnado, ora verde,
en el semáforo del año:
               yemas,
lunares benignos que al crecer
jamás propagan muerte sino vida,

rallador de la luz en hebras tibias,
braille por el que el ciego otra vez sabe,
como su piel proclama
y canta,
que ya no tardará la primavera.

(Unos versos de mi próximo libro de poemas)

domingo, 2 de febrero de 2014

"Cuthbert y las nutrias"




Paul Muldoon con Seamus Heaney (fotografía del TLS)

Tuvo una intervención en el funeral por Seamus Heaney, y hace pocas semanas le ha dedicado una elegía. La he leído en papel nada más comprar el número atrasado del Times Literary Supplement en que aparece, en una mesa del bistro de La Central de Callao. Un lamparón que enlaza las estrofas 16 y 17 no me dejará por mentiroso; si no me equivoco, del aceite del pulpo que degustaba en ese momento.  Pero más que testimoniar que me hallaba comiendo mientras lo leía, evidencia la extensión del poema, al que aún le restan diez estrofas para finalizar a partir de esa que me sirvió de involuntaria servilleta.
     Y está bien que fuera de pulpo la mancha que al principio dejó casi ilegible un verso (luego meridiano al secarse), porque de ese mundo atlántico que asociamos con el pulpo viene la inspiración del largo poema de Paul Muldoon.
     En él, para cumplir con el encargo realizado por un festival literario en Durham de componer un poema (¡qué tarea más bárdica, que recuerda la tradición en la que bebe!) retoma la leyenda de San Cuthbert y las nutrias. Cuthbert está precisamente enterrado en esa catedral de Durham donde Muldoon leyó. También yacen allí los restos de Beda el Venerable. Y aunque parezca algo forzada la elección de estos mimbres para honrar al amigo y maestro muerto, Seamus Heaney, no es tan peregrino como pudiera pensarse, pues este es, recuérdese, el autor de la más célebre, si no la mejor, traducción del poema Beowulf, escrito en el idioma que se hablaba en la Inglaterra de esos santos de los siglos VII y VIII, Cuthbert de Lindisfarne y Beda.
     El poema de Muldoon juguetea con la rima y con los anacronismos, con las etimologías y la toponimia irlandesa. Habrá a quien le resulte indigesto. Para mí, sin embargo, es tan delicioso, bocado de cardenales (o de santos anglosajones), como ese pulpo que dejó el gotear de su pluma con una de sus ocho manos sobre la página desplegada del TLS durante mi almuerzo, qué digo, mi festín, en La Central.

sábado, 1 de febrero de 2014

Otra Sevilla




La columna semanal, a partir del descubrimiento de otra Sevilla en El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince.