lunes, 31 de marzo de 2014

Octavio Paz en su centenario





Hoy, 31 de marzo, hace un siglo que nació Octavio Paz. Fue, sobre todo, poeta, pero también muchas cosas más: traductor, pensador, conciencia espoleante de México, constructor de puentes espirituales entre Oriente y Occidente, y entre España y su país. Son muchos los actos que se han ido celebrando estos días, y no pocas las publicaciones que le rinden homenaje. Además, en la Biblioteca Nacional se podrá ver la exposición Memoria de Octavio Paz. Y en diferentes lugares, como la Residencia de Estudiantes, habrá lecturas y diálogos acerca de su obra durante los próximos meses, que no es esta celebración que se agote en un solo día. Antón Castro facilita en su blog la completísima programación que se ha organizado en diversas ciudades españolas. En cuanto a México, su patria, qué decir. En este portal de Conaculta se puede seguir todo lo relativo al centenario.

domingo, 30 de marzo de 2014

¿Dónde está Bosch?




¿Sería Juan Bosch, el protagonista de Los huesos olvidados, alguno de los que aparecen en esta fotografía de un local incautado por el POUM en Barcelona? Cuando a Andreu Nin lo detuvieron y torturaron los comunistas, sus compañeros preguntaban en pintadas "¿Dónde está Nin?" No solo en esta imagen, también nosotros podemos preguntarnos: ¿Dónde está Bosch? 

viernes, 28 de marzo de 2014

Los hechos y la credibilidad


Octavio Paz y Elena Garro. Archivo de El Universal.

En Los huesos olvidados se plantea una cuestión muy antigua, que se remonta a los inicios de la historiografía y aún antes, a la primera vez que alguien contó una historia. ¿Es creíble una determinada versión de los hechos? ¿Hay en ella alguna tergiversación interesada? Y aunque no la hubiera, ¿hasta qué punto es de fiar la memoria? En la novela, Octavio Paz es una persona que empieza a ver mermadas sus facultades, y que confunde datos. Su exesposa, Elena Garro, tampoco es la fuente más fiable. También ella está vieja, enferma. Además, siempre fue una mixtificadora, con acusaciones a Paz y a otros que procedían de su fantasía si  no de sus deseos de venganza. Como recuerda Christopher Domínguez Michael en un adelanto de su biografía del Nobel que ofrece en el número de marzo de Letras Libres, Charles William Thomas, un responsable de la CIA en México dijo de Garro, informadora de las autoridades mexicanas pero rechazada por la agencia de espionaje estadounidense, que "tiende a romantizar los acontecimientos al reportarlos y hace difícil determinar el grado de credibilidad y la verdadera utilidad de la información que de ella extraemos." 
     El narrador no fiable es algo de lo que sacó buen partido Henry James en Los papeles de Aspern. En su indagación, Encarna, protagonista de Los huesos olvidados, tendrá que aprender a distinguir el trigo de la paja.

jueves, 27 de marzo de 2014

A cuerpo limpio





"Algunos tratados nos indican que soñar que se camina bajo la lluvia significa que se gozará de alegría y vitalidad. Así que, ante la imagen de esta lluvia que convierte la tarde en artificiera de la bomba del sol y las cifras rojas del calendario en muchachas que se pintan los labios, y que transmuta un simple girasol en una "hostia consagrada de la misa del mundo", ante esta lluvia que nos reconforta con su aceptación transformadora de la realidad, no sirve desplegar el paraguas de la lógica ni cubrirse con el impermeable de la racionalidad. Esta lluvia hay que recibirla a cuerpo limpio."

JUAN LAMILLAR en su reseña recién aparecida en Turia, 109-110.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La sede del POUM






Imagen de la sede local del POUM en Barcelona durante la Guerra Civil. Parece que Juan Bosch está a punto de salir de ella en una página de Los huesos olvidados.

martes, 25 de marzo de 2014

En el cuartel Lenin






Uno de los escenarios de Los huesos olvidados es este cuartel de caballería que se convirtió en bastión del POUM. También allí estuvo George Orwell.

lunes, 24 de marzo de 2014

Lucha en las calles de Barcelona




En Los huesos olvidados, Juan Bosch, el protagonista de la novela, lucha en las calles de Barcelona durante el estallido de la Guerra Civil. Bien podría ser alguno de los milicianos que aparecen en esta fotografía.

domingo, 23 de marzo de 2014

Ha nacido una revista




De la mano del CICUS (el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) y dentro de su programa Escritorio, el pasado viernes presentábamos el primer número de la revista Estación Poesía
Las revistas, como otros proyectos culturales y en definitiva todas las obras humanas, nacen y mueren. Pero ellas suelen tener una condición especialmente efímera. A veces, en el primer número o, resaltando incluso lo frustrado del intento, en el número cero. En los últimos años han sido muchísimas las que han desaparecido, y muy pocas las que han surgido. Salen, es cierto, nuevas publicaciones digitales. Pero el papel va en retroceso. Y, sin embargo, el soporte tiene su importancia. Sobre la calidad que tengan los textos, el papel impreso otorga sensaciones que escapan a la pantalla; y algo más: un ritmo sosegado en la lectura, freno y contrapeso de la bulimia que la red, como una telaraña, tiende para cazar nuestra atención, casi siempre distrayéndonos. La publicación que ahora se presenta lo hace con un diseño que sirve a esa obsesión mía: la sobriedad en la presentación. Su maqueta es elegante pero sin adornos innecesarios, minimalista casi.
Estación Poesía se publicará en ambos formatos: el papel y el digital, para no renunciar a las ventajas del primero, para aprovechar las posibilidades de lo segundo, que hará llegar sus contenidos a cualquier parte del mundo.
La revista será distribuida en librerías y también será posible la suscripción. Su periodicidad será cuatrimestral (primavera, otoño e invierno), y cada número contará con poemas en español o traducidos de sus lenguas originales, artículos sobre la poesía o poetas determinados y una sección final de reseñas críticas.
La calidad es el criterio por que el que quiere regirse Estación Poesía. Aquí no basta tener un nombre hecho, los poemas se tienen que defender por sí mismos, por su excelencia. En la revista coinciden autores consagrados y otros que empiezan, vinculados a la comunidad académica de la Universidad de Sevilla o no, españoles y extranjeros, de diferentes generaciones, de estéticas diversas. Si no fuera título ya empleado por Octavio Paz, de quien se van a cumplir los cien años de su nacimiento este próximo día 31, podría haberse llamado Plural.
Para encauzar colaboraciones que aseguren la riqueza de voces, Estación Poesía cuenta con un comité asesor compuesto por Enrique Baltanás, Juan Bonilla, Luis Alberto de Cuenca, Ana Gorría, Ioana Gruia y Aurora Luque.
El contenido de este primer número, es muy muy completo. Hay poemas, aforismos, artículos y reseñas de Juan Carlos Abril, Jesús Aguado, María Alcantarilla, Carlos Alcorta, Hilario Barrero, Francisco Barrionuevo, Susana Benet, José Manuel Benítez Ariza, Felipe Benítez Reyes, Piedad Bonnett, Ben Clark, Pablo Fidalgo Lareo, Trinidad Gan, Álvaro García, José María Jurado, Juan Lamillar, Juan Manuel Macías, Pilar Márquez, Erika Martínez, Francisco José Martínez Morán, Lola Mascarell, Toni Montesinos, José Luis Morante, Manuel Moya, Josefa Parra, Joaquín Pérez Azaústre, Antonio Praena, Olga Rendón Infante, Josep M. Rodríguez, María Ruiz Ocaña, Lola Terol, Álvaro Valverde y Javier Vela.
Las revistas literarias, lo decíamos antes, han de ser el ámbito en que se codeen los que ya tienen una obra reconocida y los que empiezan. Retrospectivamente ofrecen las sorpresas de hallar en sus sumarios voces bisoñas que andando el tiempo se convierten en referentes indiscutibles. Es sabido, pero viene bien recordarlo ahora, que Jorge Luis Borges publicó por primera vez un poema suyo, “Himno del mar”, en una revista editada aquí en Sevilla: Grecia. Que luego no quisiera reeditarlo, porque le pareciera en exceso ultraísta y epígono de Whitman, nada importa. Lo que importa es que aquel 31 de diciembre de 1919 sintió respaldada su vocación, y que hoy en las hemerotecas aquella página es digna de estudio.
       No había mejor fecha que este 21 de marzo, el primer día de la primavera, para dar a conocer nuestra revista. Se trata, además, del Día Mundial de la Poesía. Con medios modestos pero con una gran vocación de continuidad, que garantiza el CICUS, surge la publicación. Dedicar medios y esfuerzos a la poesía en tiempos como los actuales no es un lujo sino algo necesario. La actual crisis, que llamamos económica, no es solo de esa índole. Hemos llegado a esto por una crisis mucho más profunda, humana. Y los estragos causados serán económicos, pero sobre todo se han cernido sobre las gentes. La poesía no es un antídoto infalible, un bálsamo de Fierabrás. Pero si se leyera más poesía (la poesía buena, que en realidad es la única acreedora a ese nombre), otro gallo nos cantaría, una sensibilidad distinta –mejor– imperaría, y algo se haría notar para bien en el discurrir de nuestras vidas.


Con Concha Fernández, (directora del CICUS, a la izquierda), Enrique Baltanás 
(miembro del consejo asesor, fila superior en el centro) y los poetas (de izquierda a derecha) 
Francisco Barrionuevo, Pilar Márquez, Juan Lamillar y Lola Terol


sábado, 22 de marzo de 2014

El azahar



No sé si habré conseguido bailar con el tópico sin que este me dé un pisotón. En cualquier caso, aquí la va la columna de ayer.

viernes, 21 de marzo de 2014

Perdidos



En una época en la que estamos hipersupermegaconectados (perdón por el palabro, que parece el nombre de esa estación de Gales de muy luengo nombre), la desaparición del avión malayo, que no tengamos noticias al instante de él, señal, llamada o post de alguno de los smartphones que viajaban a bordo (sumando los corporativos y los particulares, quizá más aún que pasajeros), nos incomoda más por el mono, la abstinencia tecnológica, que por la suerte que hayan podido correr las personas que en él viajaban. Para suplir esa falta de información, nos volcamos a glosar teorías de toda índole; y los más lanzados, desde los comentarios publicado en las páginas digitales de los diarios.
     Hasta la otra noche, picando algo un grupo de amigos entre observaciones sobre la narrativa de John Banville o los asistentes argentinos al Salón del Libro de París, preguntó Rodrigo Fresán: ¿Y qué piinsan del avión malayo? Su ausencia se filtraba en una conversación literaria, como si tratáramos de algún misterio de Edgar Allan Poe, quizá el de la carta robada.
    Más de uno ya ha establecido concomitancias con la serie Lost, que confieso no haber visto. Me precio, sí, de haber leído y releído esa obra maestra de la elipsis que -me dicen- tiene algo que ver con esos episodios televisivos: la novela El tercer policía de Flann O'Brien. Aunque allí, todo el misterio parecía circular sobre una bicicleta. Una aeronave como la desaparecida -y qué hallazgo esta página del The New York Times- debe de ser algo infinitamente más complejo. Pero basta de teorías seudocientíficas y filias o fobias conspiratorias. Y dejemos de darle vueltas a ese gadget, el aparato. Estén donde estén, en este mundo o en el otro, en lo que hay que pensar en en las 239 personas desaparecidas.



jueves, 20 de marzo de 2014

En recuerdo de Máirtín Ó Direáin




Con Seán Ó Riordáin, Máirtín Ó Direáin es uno de los dos grandes poetas en gaélico que Irlanda dió el pasado siglo. Natural de las islas Aran, se trasladó en su juventud a Galway y más tarde a Dublín, en donde su trabajo como funcionario en la capital no le impidió, antes al contrario, mantenerse fiel a la moribunda lengua de los suyos. La dicotomía entre su comunidad isleña y la ciudad que no dudó en llamar falsa es el motivo recurrente de mucha de su obra y, como se ha dicho, la repetición una y otra vez en sus versos de palabras como cloch, cré, carraig y trá (piedra, roca, tierra y playa) “sirve para evocar los valores que el poeta ve erosionados por la sociedad urbana moderna”.
            El más famoso de sus poemas es “Ó Mórna”, la narración en clave vitalista y nietzscheana del ascenso y declive de un terrateniente abandonado a la concupiscencia. De sus poemas más breves, la presente muestra tal vez acierte a dar algún indicio, y ello a pesar de que la literatura gaélica -la de Escocia como la de Irlanda- abunda en alusiones que son en sí una sintaxis de la memoria de la raza, difícilmente transferible si no es con el dudoso instrumento de las notas a pie de página, siempre más cerca de la erudición que de lo vivo popular a lo que quisieran remitirse. Esto se ve especialmente en el sentido homenaje a Synge, que visitó en varios años consecutivos las islas Aran, empapándose de todo el acervo de los relatos orales que cristalizaría en sus traducciones y su propia obra, léase Deirdre of the Sorrows y The Playboy of the Western World (y Enrique Vila-Matas habla traviesamente de lo que él llama "el método Synge" en su reciente novela Kassel no invita a la lógica). Así, el bosque de Coill Chuain que menciona Ó Direáin es uno de los lugares de Escocia donde vivieron en su exilio Deirdre y Naoise, los infortunados amantes medievales; siendo, pues, Inis Meáin la isla intermedia de las Aran, el día en que ambos sitios se encuentren -aparte de la proximidad de este poema-, sólo podrá ser el Día del Juicio.
            Postrimerías, eternidades, nuncas... ¿Aún existe aquel mundo del oeste de Irlanda? Muy apropiadamente, un poema de Máirtín Ó Direáin se llama “Deireadh Ré”, “Fin de una era”. El poeta murió tal día como ayer el 19 de marzo de 1988. Aquí un poema que traduje hace tiempo, vertido directamente del original gaélico:

FAOISEAMH A GHEOBHADSA

Faoiseamh a gheobhadsa
Seal beag gairid
I measc mo dhaoine
Ar oileán mara,
Ag siúl cois cladaigh
Maidin is tráthnóna
Ó Luan go Satharn
       Thiar ag baile.

Faoiseamh a gheobhadsa
Seal beag gairid
I measc mo dhaoine,
Ó chrá croí,
Ó bhuairt aigne,
Ó uaigneas duairc,
Ó chaint gontach,
       Thiar ag baile.



                                                HALLARÉ CONSUELO

                                    Hallaré consuelo
                                    por breve y poco tiempo
                                    entre mi gente
                                    en una isla en el mar,
                                    recorriendo una playa
                                    mañana y tarde
                                    de lunes a sábado
                                                en casa, en el oeste.

                                    Hallaré consuelo
                                    por breve y poco tiempo
                                    entre mi gente,
                                    de las angustias del corazón,
                                    de la tristeza de ánimo,
                                    de la soledad sombría,
                                    de palabras mordaces,
                                                en casa, en el oeste.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Estación Poesía



Coincidiendo con el Día Mundial de la Poesía, este viernes 21 de marzo presentaremos en la sede del CICUS (Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla) el primer número de la revista Estación Poesía. Trae páginas de creación, ensayo y crítica de una treintena de autores de diferentes generaciones y procedencias entre los que me atrevo a decir que están algunos de los más interesantes que ahora escriben en español. El comité asesor también es de lujo. Pronto podré comentar aquí más de todo esto.



martes, 18 de marzo de 2014

Anotaciones sueltas



Cómo lo que nos extasía nos engaña. Qué cerca están, casi la misma cosa, el embeleso y el embeleco.

*    *    *

Si estará primaveral -veraniega casi- la tarde en Sevilla, que el té que me traído a la terraza lejos de enfriarse está cada vez más caliente.

*    *     *

Los brotes verdes, los signos de recuparación, el final del túnel: esos sintagmas que hemos oído tan a menudo en boca de los políticos durante los últimos años. Ese supuesto tránsito del gran descalabro económico a la bonanza macroeconómica en ciernes me recuerdan a dos títulos desechados por Manuel y Antonio Machado para una de sus obras de teatro, La prima Fernanda, estrenada al poco de proclamarse la República (justo en aquel abril de 1931): Crisis total y Aquí no ha pasado nada. Pero de comedia nada, que ha sido una gran tragedia para tantos.



lunes, 17 de marzo de 2014

La loriga de san Patricio





LA LORIGA DE SAN PATRICIO

Peregrino otra vez bajo la cúpula,
hoy me olvido de mis tribulaciones
en los atriles.

Lomos verdes con el arpa dorada,
mis evasiones
por la antigua tipografía.

Se oye pasar las páginas,
susurros
y chillar las gaviotas sobre el Dáil.

La Biblioteca Nacional de Irlanda,
me hallo en su sala de lectura
con mi carnet al cuello:

la preciosa joya grabada
Leabharlann Náisiúnta na hÉireann–,
mi loriga de San Patricio.


(Inédito de 2011)







domingo, 16 de marzo de 2014

Primer eco



Cubierta del poema del que procede el título de la novela

Alfredo Valenzuela ha distribuido a través de la agencia Efe la entrevista que me hizo la otra tarde sobre mi novela Los huesos olvidados, que estará disponible a partir del lunes 24 de marzo. Son muchos los medios de comunicación que la han reproducido. Aquí, por ejemplo, se puede leer en La Vanguardia.

viernes, 14 de marzo de 2014

Anatema




La vida es una escala de grises o, si queremos darle color a la metáfora, un pantone lleno de tonos y graduaciones. Cada vez parece más burdo el reduccionismo que hace que unas cosas sean el colmo de lo bueno y otras lo extremosamente maligno. Esta simpleza maniquea es muy de políticos, de partidos, que todos los días vienen a insistir en los opuestos irreconciliables, y de ello hay ejemplos como se dice popularmente "para dar y regalar". Pero pasa con la política, vida al cabo, como con la literatura. Manuel Machado, a quien aún algunos (quiero decir muchos) siguen empeñados en contraponer a su hermano Antonio, lo dejó dicho hace algo más de un siglo en su conferencia "Los poetas de hoy" (de aquel 1910 en que hablaba): "Aquí no se concebían más que dos cosas: blanco o negro, tuerto o derecho, chico o grande. Y si alguien pretendía colocar una tercera noción, la idea del matiz, la de un justo medio, entre la simple simetría de los pares, anatema sit."
     Me he acordado de esto porque he leído la "Exposición de Motivos" de un texto urdido en la Junta de Andalucía y que se titula Proposición de Ley para la Recuperación de la Memoria Democrática en Andalucía. Otra vez la hemiplejia, el dogmatismo, elevado a verdad absoluta con el pretexto de hacer justicia a las víctimas (aunque fueran muchas y diversas, solo a las de cierto tipo, o clase, las buenas, claro está). Caín y Abel encarnados en categorías eternas. Absolutos. Sin concesiones. Medias verdades que se dan como enteras, y proferidas, con un discurso más propio de ayer, por los herederos de uno de los bandos en conflicto, en movimiento pendular inverso al de los otros hace unas décadas. ¿Todo el que no era rojo era fascista? ¿Todo el que luchó por la República era democrático? Antonio Machado, precisamente una de las víctimas de aquella guerra terrible, escribió en "Proverbios y cantares":

¿Dijiste media verdad?
Dirán que mientes dos veces
si dices la otra mitad. 

     Pero ya lo advirtió su hermano: "Anatema sit". Maldito sea el hereje. Andrés Trapiello revelaba ayer en su blog unas poco conocidas páginas de José Castillejo que explican, mucho mejor de lo que yo pueda hacerlo, todo este despropósito. Naturalmente, la simpatía ha de estar con las víctimas inocentes (no todas lo eran) de un lado y otro, y con quienes padecieran injustamente la represión de la postguerra (solo ejercida, como es lógico, por los vencedores). Pero no puede estarlo con las explicaciones sesgadas que se ofecen en tantos párrafos de ese proyecto de ley, plagado de medias verdades hasta en su título. 
     Aunque no sucediera en tierras andaluzas, la desaparición y asesinato de Andreu Nin y de tantos miembros del POUM en 1937, no ya a manos de "incontrolados" sino siguiendo la cadena de mando del PCE, ¿no habría también de invalidar cualquier homenaje o vindicación de ese partido que hoy forma parte de la coalicion gubernamental de la Junta? Coordinador de IU en Andalucía desde el 16 de junio (aniversario del secuestro de Nin, además de ser el Bloomsday), ahí está para responder Antonio Maíllo, profesor de Latín: Anatema sit. La ortodoxia comunista pide que se conteste: Amen.

jueves, 13 de marzo de 2014

Un haiku de Issa




Tratando de ajustar un haiku de Issa al español, me asalta esta grave pregunta: ¿por qué la palabra "pajarito" es mayor (4 sílabas) que la que designa al adulto, "pájaro" (3, o 2 a efectos de cómputo si va en posición final de verso)? En cualquier caso, ahí va: 

Abriendo el pico,  
el pajarito espera.  
Lluvia de otoño. 

Las palabras "a su madre" han volado porque no cabían en este pequeño nido de diecisiete ramitas, digo sílabas.

Publicado lo anterior en Facebook, el poeta Josep M. Rodríguez se pregunta si lo que sobrará será el pajarito, no la madre. Me gusta ese cambio de ángulo. ¿Sería entonces esta mejor versión?

Abriendo el pico,
esperan a su madre.
Lluvia de otoño.

miércoles, 12 de marzo de 2014

La tilde intrusa


Tanto o más que su falta, hiere cuando se posa sobre la vocal que no ha de llevarla. Sucede constantemente en esas cartelas con mensajes supuestamente filosóficos que afean la pantalla cuando se visita una red social. El intransigente nunca domado que hay en uno le dice que muchas veces sería necesario que, por ejemplo en Facebook, los que tienen dos dedos de frente se plantaran y no aceptaran solicitudes de amistad de quienes cultivan ese batiburrillo de rosas rojas, cursiladas y faltas de ortografía, que todo suele venir junto. Actuarían como un dique de modo que esos contactos no fueran saltando de un "amigo" a otro y resultara que, porque la gente es buena, tienen con uno 189 "amigos" en común y nadie sin embargo los conoce y, desde luego, preferiría no conocerlos. El tú pronombre, en lugar del tu posesivo, es frecuente en esos mensajes de bisutería de la gente cándida.
     Pero a veces estas tildes postizas tienen su gracia y pueden hasta convocar a la poesía, como en este texto de Isabel Bono perteneciente a su libro Hojas secas mojadas:

rebelde sin causa (pero con tilde)
Me acuerdo de tí, escribes. Y el peso de esa í me asegura que no mientes. Y me da por pensar en un comando que partir de hoy tildara todos los monosílabos. Pronto seríamos miles. De momento, tú y yó.

(Solo cuando estaba tecleando el poema, fragmento o como se le quiera llamar, he reparado en ese "que partir de hoy", gazapo o lapsus supongo que producido al mecanografiar la autora. Eso nos pasa a todos constantemente. Pero en este caso da uno en creer que la a, señorita remilgada y purista en asuntos de ortografía, se debe de haber marchado escandalizada antre la intromisión de esas dos impertinentes tildes tan bien traídas por Bono a para su propósito poético)



martes, 11 de marzo de 2014

El amor que mueve el Sol (naciente) y las estrellas





Estado Crítico publicaba ayer mi reseña del más reciente libro de poesía de Ernesto Pérez Zúñiga, Siete caminos para Beatriz. Se puede leer en este enlace.

lunes, 10 de marzo de 2014

Un ave en marzo


Estaba ayer la tarde tan cálida y hermosa que no pedía un frío soneto con sus versos de mármol. Le he escrito un romancillo, que era lo suyo. De arte menor, como el pájaro en la rama:




UN AVE EN MARZO

                               Para Andrés y Miriam

Este milagro magno
del pájaro pequeño.
Su canto es una brizna
en el prado del cielo.
Quiero saber su nombre,
su nombre verdadero,
como exacto es su trino
neto, perfecto, entero.
En la pelada rama,
qué verdor más intenso
como hoja primera…
¡que ahora alza su vuelo!
La tarde se hace noche,
terminó el embeleso.
Sin follaje otra vez,
el árbol en silencio.
La hierba se ha secado,
solo queda su eco.

Verderón, eso es.
Eso es. Era eso.

sábado, 8 de marzo de 2014

Leopoldo María Panero, punto final




Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españoles ha tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella nómina).
         Pero además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis (muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos de La casa encendida. A este Juan, cuyo único libro publicado en vida (Cantos del ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente en sombras” en 1938.
         Pero pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de 1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia, hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por convicción dista mucho.
         Cierto que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó en la famosa Corona de sonetos en homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S. Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor: Juan Luis.
         Al tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más la Movida madrileña y de irse puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en desoladoras estampas de su Salón de pasos perdidos.


Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero

         Nos queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo en esa película terrible de Jaime Chávarri, El desencanto (1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte de limpieza de sangre  o sangrado aplicada la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
         Los diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero: todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él, entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber racionado más, seleccionándola. Así se fundó Carnaby Street está entre lo mejor suyo.
         Muchos lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la admiración –era además guapa– de los asistentes.
         Desvariaba. Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era policía. 
       Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto final.

        


viernes, 7 de marzo de 2014

El último Panero





Que él haya sido, hasta ayer mismo, el superviviente y el último eslabón de su estirpe, no deja de ser paradójico. Debe de ser, pues, que los sanatorios psiquiátricos lo han mantenido, a pesar de sus regulares salidas, a salvo de todas las asechanzas del mundo (como les pasó a Clare o a Pound, admirados suyos). En los últimos años, su única droga era la Coca-cola.
     Su poesía más reciente era previsible, con el empleo constante de todo el campo semántico de la mierda, pero sus primeros libros, como Así se fundó Carnaby Street (1970), fueron espectacularmente novedosos, y estaban entre los mejores de los que dio su generación. Un poema suyo, "Deseo de ser piel roja", retumba en otro mío que recrea la temática de los westerns: "Las hijas del comandante Oráa" (La lluvia, 2013). De tema parecido es también su perturbador "El canto del llanero solitario". 
     Leopoldo Panero, su progenitor, le dedicó una muy particular y hermosa nana, y un soneto ("El distraído") que ya apuntaba a lo extraviado de su carácter. Él, por su parte, le respondió con "Glosa a un epitafio (Carta al padre)":

Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte (...)

jueves, 6 de marzo de 2014

Valverde sobre Wright


James Wright

Álvaro Valverde comenta en su blog el libro de James Wright No se quebrará la rama, que he traducido para Vaso Roto. Se puede leer aquí.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Leopardi en Nápoles





Su lectura me ha sugerido este poema:



LEOPARDI EN NÁPOLES

Entre estas dos jorobas,
mi corazón.

Hallar un sucedáneo entre los libros
de todo lo que aquella biblioteca
me fue privando un año tras de otro;
entre extrañas paredes familiares,
en la casa natal, un exiliado
del mundo que no quiso cobijarme.

Lunas crecientes de un monstruoso cielo,
entre estas dos jorobas,
mi corazón.
Ciego, deforme, enfermo, quebradizo,
ya son la proa y popa de mi pecio.

A todo lo acompaña un semejante,
menos a mí.

Como lava expulsada del Vesubio
y su reflejo,

entre estas dos jorobas,
mi soledad.

martes, 4 de marzo de 2014

Historial de una biografía



Hace más dos meses se presentaba A Luis Cernuda, desde Sevilla. 1963-2013, donde unos cuantos paisanos del poeta escribíamos sobre él a los cincuenta años de su muerte. Para beneficio de algún posible interesado que no haya podido tener acceso al libro publicado por la Fundación Cajasol, este es el texto con el que colaboro en el citado libro:



Historial de una biografía





I

En un volumen colectivo como este, y en el reparto de temas acordado con quien ha ejercido de entusiasta coordinador, mi buen amigo Ismael Yebra, me ha tocado en suerte, aunque no precisamente por azar, abordar mi experiencia como biógrafo de Cernuda. No me ocuparé por tanto en estas páginas de aspectos de la obra o de la vida del poeta, sino de la larga gestación de la recreación de esta en los dos volúmenes que le dediqué, y de algunas lecciones y experiencias que he extraído de su realización y que si comparto es con la convicción de que pueden ayudar a mejor comprender su poesía.
En presentaciones y actos relacionados con el autor de La realidad y el deseo suelo repetir cómo fue mi primer contacto con este. Más allá de que me sonara su nombre en las nóminas de la Generación del 27, una especie de Non plus ultra con la que prácticamente acababa la periodización de nuestra literatura, el primer momento en que tengo conciencia de toparme con él fue cuando hojeaba el manual de literatura española de COU (aquel remoto Curso de Orientación Universitaria). Allí, junto a alguna noticia del poeta, se presentaban dos poemas suyos. No he olvidado cuáles eran: “Si el hombre pudiera decir” de Los placeres prohibidos y “Primavera vieja” de Como quien espera el alba; el primero, una de sus grandes composiciones de temática amorosa; y el segundo, una vívida evocación de la ciudad dejada atrás.
Fue aquel año de nuestro encuentro el mismo en que empecé a interesarme por la poesía en particular, más allá de mi gusto de siempre por la literatura, manifestado en una voracidad lectora que transitaba los clásicos lo mismo que las novelas de El Coyote o las obras maestras de la ciencia ficción. Si Juan Ramón Jiménez fue importante en la formación de los poetas del 27 y objeto de burla por parte de ellos, el primer intento de poema que perpetré fue la emulación de un poemilla de JRJ que me parecía tan bobo que me dije que a bobo le ganaba yo. Efectivamente, fui lo suficientemente tonto como para creer que la sencillez era simpleza. No obstante, prendió en mí el interés, y los primeros libros que empecé a comprar, a escondidas y esquilmando una cartilla de ahorros de la Caja Postal abierta con motivo de mi primera comunión, fueron de poesía, comulgando ahora con ella a través de las tarjetas postales –los poemas– que franqueaban aquellos volúmenes.
Vinieron luego las lecturas de los poemas de Cernuda, tanto en verso como en prosa, con la reconstrucción de Sevilla –una Sevilla de interiores y ajena al  griterío y la zafiedad– en Ocnos. Lo primero amplio que leí suyo fue la antología seleccionada y prologada por quien fue profesor mío en la Facultad de Filología hispalense, José María Capote. Comenzaba aquí la imbricación de obra y vida, pues el antólogo no era otro que el hijo de Higinio Capote, el mejor amigo que Cernuda tuvo en Sevilla y condiscípulo suyo en las clases de Pedro Salinas, cuyas tertulias frecuentaron ambos. Más tarde supe que los dos amigos se distanciarían (lo mismo que Cernuda de Salinas) por culpa del carácter de nuestro poeta, como sería una constante en su trayectoria.
En las revistas de literatura que comencé a comprar aparecía a menudo el sevillano, directamente presente o como influencia (eran los primeros años ochenta y se hablaba ya del cernudianismo). Así, en Fin de Siglo hallé un artículo de título sorprendente: “Cernuda en Hölderlin”, de Enrique Molina Campos, y en el mismo número dos colaboraciones de Vicente Núñez (una de ellas reproducida del homenaje de la revista Cántico, en 1955). Las fotografías que las acompañaban, atezado, elegante, con el pelo engominado, le daban un aire atractivo, exquisito, como del dandi que era.



Mi interés por Cernuda se reactivó cuando el año 1986, al recibir una beca de la Universidad de Edimburgo, asistí a cursos de literatura inglesa y escocesa en la capital de Escocia. En una breve excursión a Glasgow recordé a mi paisano y su desconsolada estancia allí. Y en los jardines de Princes Street edimburgueses asistí, pero en tres dimensiones, a ese poema suyo: “Gaviotas en los parques”. Luego, ya de vuelta, dos años más tarde se celebró en los Reales Alcázares el Primer Congreso Internacional sobre él. Habían transcurrido tres décadas desde su muerte y ahora confluían en su “Tierra nativa” los principales estudiosos de su obra. Creo que estuve entre el público de todas las sesiones, incluida, claro está, la inauguración en la que intervino Octavio Paz, autor del clarividente ensayo “La palabra edificante” y lector para la ocasión del hondo poema que le dedicara. Si se me permite el excurso temporal, aquellas jornadas las he recreado en parte en una novela que aparecerá el año que viene, pero las mismas han sido ya narradas por Andrés Trapiello, participante en una de las mesas redondas, en Locuras sin fundamento, la segunda entrega de su Salón de pasos perdidos (en un tomo posterior de esa “novela en marcha” rememora igualmente la genial boutade que Núñez regaló al auditorio). También a Trapiello se le debe como tipógrafo, y mucho más, la elaboración de un hermosísimo volumen (A una verdad, Luis Cernuda), que aportaba valioso material gráfico y escrito. En cuanto a las ponencias, fueron recogidas por la Universidad de Sevilla.
Ese año fue, pues, el del comienzo de una devoción acrecentada, que corrió paralela a la preparación de un ensayo que entonces concebí y sobre el que fui trabajando intermitentemente hasta su publicación en Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda “inglés”. Me refiero a un estudio sobre Cernuda y Keats que constituye el principal capítulo del citado libro con el que obtuve el Premio Archivo Hispalense en la especialidad de Literatura. Lo curioso fue que con diferencia de menos de una hora también me comunicaron que había ganado la primera convocatoria del Premio Andaluz de Traducción Literaria, precisamente con Poemas de John Keats. Keats está no solo en el origen del título “Escrito en el agua” con el que Cernuda cerraba Ocnos. También es el poeta innominado que protagoniza “A propósito de flores”, con el que siempre tuve muy claro que Cernuda se identifica.
Hay un tercer galardón, el más importante, que guarda relación con los dos anteriores y que signa mi dedicación de muchos años a Cernuda: el Premio Comillas. Me presenté a él cuando fui obligado a abandonar un trabajo que también ejerció en condiciones muy distintas el propio poeta, empleado a partir de 1930 en el establecimiento de León Sánchez Cuesta en Madrid. Curiosamente, mi superior directo en la cadena de librerías cuya sucursal sevillana dirigí, el mismo que me trajo la carta de despido, se llamaba de segundo apellido Cernuda; el primero, siguiendo con lo literario y agotándolo (porque aquel individuo hacía poco que había sido contratado gracias al indudable mérito de proceder de una multinacional de sofás, como colegas suyos y sus propios jefes venían de hipermercados o tiendas de sanitarios y bricolage), era el de un dramaturgo del Siglo de Oro.
Goodbye to All That, como escribió Robert Graves. Mi profesión de diecisiete años como librero se iba al garete y yo tenía que ganarme la vida de otra manera; en cualquier caso, hubiera tenido que hacerlo, pues los cambios que conmocionaron a la citada cadena y ya afectaban al mundo del libro en general impedían que pudiera seguir desarrollando mi trabajo como lo había estado haciendo hasta poco antes. Fue entonces cuando en esa “reconversión industrial” nada traumática, porque ya hacía años que publicaba, contra reloj y para poder cumplir con el plazo estipulado en las bases me lancé a escribir la biografía de aquel poeta que llevaba más de dos décadas leyendo y sobre quien ya había escrito un puñado de artículos y un libro.
Pero aquí se hace preciso un pequeño salto atrás: el año 2002 había sido el del centenario del nacimiento de ese poeta, y hubo congresos y encuentros conmemorativos en diferentes lugares, y señaladamente en Sevilla. Con ese motivo aumentó notablemente la bibliografía cernudiana, especialmente con dos hitos que merecen comentario: uno fue el impresionante Álbum que editó la Residencia de Estudiantes, que incorporaba el más amplio relato de su vida escrito hasta la fecha; otro fue el Epistolario que, incluyendo otros ya parcialmente publicados con diversas correspondencias, añadía numeroso material inédito. También Trapiello era en esta ocasión responsable de la factura formal del Álbum. La compilación de las cartas, ese trabajo ingente, y la importante biografía con aderezo gráfico del Álbum se debían, por su parte, a James Valender, quizá el mejor conocedor hoy de la poesía del sevillano.
Me pareció entonces, y coincidiendo con mi circunstancia vital, que una vez decantada la importante aportación del centenario era el momento, un lustro después, de abordar una biografía completa y hasta exhaustiva de Cernuda al modo de otras ya existentes de poetas españoles como Lorca o Machado y, claro está, de muchas figuras de la cultura en países en que el género biográfico ha tenido siempre mejor fortuna que en España. Esa iba a ser una obra que requería dos tomos, me dije. Dada la ambición de la obra y del meridiano que parte en dos la vida del sevillano, decidí entonces hacer el primer volumen, Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), dejando para más adelante la redacción del segundo: Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963). El que cubre la primera mitad de su vida fue el que, como ya adelanté, recibió el XX Premio Comillas de Biografía e Historia, en 2007.
Para mí fue providencial la recepción de ese galardón, que en realidad no se concedía al fruto de unos meses de febril actividad en archivos y hemerotecas y tantas horas ininterrumpidas pasadas ante el ordenador, sino a muchos años de investigación y lecturas del poeta y sobre el poeta. Y la editorial Tusquets permitió, contratando de inmediato el segundo volumen, el cumplimiento de un sueño: recorrer medio mundo en pos de la huella de Cernuda, tarea en la que de muy buena gana gasté –eran otros tiempos– el generoso anticipo del libro aún nonato.
Lejos y en la mano es título de Joaquín Romero Murube, poeta del grupo de Mediodía que trató al joven Cernuda y que a su muerte le dedicó en un periódico local “Responso difícil por un poeta sevillano”. Yo no pude leer entonces ese obituario (aunque ya nacido, no era ni mucho menos tan precoz, y además vegetaba, que es lo que cumple hacer un bebé, en Melilla, meses antes de que mis padres me trajeran, y hasta hoy, junto al río Guadalquivir), pero puedo refrendar lo de remoto y cercano del epígrafe de Romero Murube: para preparar el primer tomo de la biografía tenía a no más de cien metros de mi casa al sobrino nieto de Cernuda, que siempre me atendió muy amablemente. También me quedaban cercanas las bibliotecas de la Universidad y la pública. La hemeroteca, usada con prodigalidad, me quedaba sin embargo algo más lejos, pero tenía la ventaja de que camino de ella pasaba por la calle Acetres, donde nació el autor de Desolación de la Quimera, o ante la fachada de la iglesia del Salvador, donde fue bautizado, o, tras esta, junto las tiendecitas de la plaza del Pan a las que Cernuda dedicó una estampa en Ocnos y que quedaban justo enfrente de la droguería de su abuelo Ulises Bidón.
Pude, manejando periódicos y microfilmes (como un espía o agente secreto) hacerme idea de cómo era la collación natal o el género con el que comerciaba su familia materna, de origen francés: “Drogas, productos químicos y farmacéuticos. Herboristería, frasquería y todas clases de géneros para industria, artes y farmacia. Colores en polvo, pasta y tubos. Barnices, brochería, pincelería y demás efectos para pinturas de edificios, cuadros y coches.” O comprender en su contexto “La riada” de Ocnos, al ver que su padre don Bernardo Cernuda, coronel de Ingenieros, estuvo al mando de las tropas que socorrieron a la población durante graves inundaciones. Y muchos más detalles de sabor local pero que iban dibujando el contexto del poeta.
Entre los libros que conserva la familia, también fue impagable leer las dedicatorias de Jorge Guillén (desmintiendo o poniendo más que en duda la pretensión de Cernuda de que no había leído Cántico) o de Stanley Richardson, el amigo destinatario de “Por unos tulipanes amarillos” por cuya mediación marchó a Inglaterra a dar unas conferencias y ya jamás regresaría.
Para el segundo tomo, sin embargo, tuve que viajar como él mismo lo hizo por dos continentes. Eran lugares que no quedaban a mano, sino lejos (sigo con Romero Murube, y que Cernuda me perdone, pues nunca le tuvo simpatía). Así, me alojé durante unas vacaciones parisinas en el hotel de la Rue Monsieur le Prince donde el difícil verano de 1938 el poeta, dispuesto a no volver a Inglaterra, las pasó canutas, deprimidísimo, y a punto estuvo de regresar a la desesperada a España. O a la desesperada España, también vale. Y en otro viaje alquilamos un apartamento en el Cambridge adonde él había llegado harto de Glasgow, y en el Emmanuel College fui feliz en sus praderas y, colándome donde no me llamaban, me senté a la sombra de “El árbol”, el de savia que se hace tinta en su poema de Vivir sin estar viviendo:

Al lado de las aguas está, como leyenda,
En su jardín murado y silencioso,
El árbol bello dos veces centenario,
Las poderosas armas extendidas,
Cerco de tanta hierba, entrelazando hojas,
Dosel donde una sombra edénica subsiste.


 Aunque muy cambiado, en el Soho londinense he visto igualmente el cambiado escenario de su reencuentro (mejor sería decir desencuentro) con Stephen Spender, y en otra estancia el edificio en que compartió piso con Gregorio Prieto frente a Hyde Park, que está igual que entonces.
Cernuda marchó a Estados Unidos en 1947, donde ya vivía su buena amiga Concha de Albornoz, quien le consiguió un puesto de docente en una universidad femenina, el Mount Holyoke College en que estudiara Emily Dickinson, natural de la vecina Amherst. Y algo más de sesenta años después yo mismo crucé el Atlántico, pero en avión, y tras pasar unos días en la universidad de Cornell, donde mi mujer había realizado estudios de posgrado (lo que más le envidio es que tuviera como profesor a Robert E. Kaske, uno de los mayores especialistas en Beowulf), nos trasladamos a Boston y, ya en la campiña, a South Hadley, donde está el citado college. Es una localidad idílica en la que revisé documentación conservada de la época en la que el poeta enseñó allí, pero en la que han mudado algunas cosas en su fisonomía aparentemente intacta. Ya no existe Peterson Lodge, donde él residió y, fuera ya del recinto universitario, el pueblo tiene edificios nuevos de madera donde un día fueron cenizas las casas tras un incendio. Pero emociona ver junto a uno de los ventanales de la biblioteca su retrato sonriente en una foto en la que aparece junto a una alumna, en su primer año en Norteamérica.
También viajamos en el coche alquilado a Middlebury (Vermont), donde Cernuda impartió clases en los cursos de español del verano de 1948, durante los cuales tuvo ocasión de reencontrarse con Salinas y responder agriamente a Dámaso Alonso. Isabel García Lorca recordó estas semanas en sus memorias, y los caprichos de una personalidad muy peculiar cuando no abiertamente difícil. Está tan cerca de Canadá este college de Middlebury que las patrullas de carretera del Estado llevan el mismo tipo de sombrero que la Policía Montada, y el paisaje abunda en bosques y lagos. En la biblioteca también estuve examinando papeles relativos a aquella estancia de Cernuda. En el mismo viaje, tras pasar por el Cape Cod donde el poeta se solazó en vacaciones académicas, tomamos un avión en el aeropuerto Logan de Boston. La fuga de Logan nos llevó a la costa oeste y a Hollywood, tan peliculero (siempre Cernuda fue amante del séptimo arte, como refrendan no pocos testimonios), y tras aterrizar en Los Ángeles un taxista yugoslavo que inevitablemente me recordó a Charles Simic nos dejó en la puerta del hotel de Santa Mónica que habíamos reservado a solo unas manzanas de donde Cernuda se alojó en el último de los cursos que dio en los Estados Unidos (el 62-63). Luego me enteraría de que casualmente aquellos días estaba también en Santa Mónica, recorriendo California, el escritor y periodista gaditano Alejandro Luque, que fue precisamente uno de los enviados especiales al acto de entrega del Premio Comillas en Madrid.
La casa en que vivió Cernuda es el 757 de Ocean Avenue, frente al Palisade Park y el océano Pacífico. Al pie de las palmeras, junto a la ancha playa, fue relativamente feliz y pudo haberlo sido más de no creerse víctima de una conspiración de otros miembros del departamento de español. Pero los jóvenes atléticos sobre la arena, las olas, la vista de Malibú en lontananza (sobre la que escribió uno de sus poemas más prescindibles), la amistad de Carlos-Peregrín Otero le hicieron olvidar el curso anterior. Efectivamente, más deprimido estuvo en general en San Francisco, nuestra siguiente etapa (nuestros traslados por el espacio no siempre siguieron el orden cronológico). La mañana que estuvimos ante ella, la casa en que él vivió, como todo el barrio, estaba cubierta por la neblina, y hacía fresco en pleno mes de agosto. Era como una imagen que bien ilustra la desazón que se lee en sus cartas de entonces.
Ya sin Teresa, al año siguiente me fui yo solo un par de semanas a México, adonde el poeta había llegado por primera vez en 1949, de vacaciones, y en donde se instalaría tres años después. México fue, como en 2006, cuando fui invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una epifanía. Durante aquella FIL compartí muchas horas con Francisco Robles y Juan Lamillar, dos acreditados cernudianos y justamente compañeros en este volumen. Creo que la idea que tenía el primero de hacer un documental sobre el poeta fue un acicate para que me animara a componer la biografía. En cuanto al segundo, poco después publicó en Renacimiento una antología de las poesías de Cernuda con el título Los fantasmas del deseo.
Por ser tantas y tan intensas las emociones de aquel viaje a la Ciudad de México, estas se hacen difícilmente trasladables aquí, pero algo importante fue que me hospedé todo el tiempo de mi estancia en el hotel Genève, donde lo hizo él mismo varias veces antes de alquilar un apartamento en la calle Madrid e irse, un tiempo después, a residir a casa de su amiga Concha Méndez, ya separada de Manuel Altolaguirre. Valender y Paloma Altolaguirre, hija del matrimonio de exiliados, me atendieron y respondieron mis preguntas en el Jardín Centenario y en la casa de la calle Tres Cruces en que Cernuda vivió hasta el final de sus días con las interrupciones de sus cursos en California. Una mañana, en compañía de los amigos de Tusquets y de la periodista Yanet Aguilar de El Universal, nos fuimos al Panteón Jardín, en el Desierto de los Leones, y visitamos su tumba. Me hubiera gustado dejarle unas violetas, como él en su poema a Larra, pero no las había. También moradas, y las únicas que me parecieron dignas, aunque solo fuera por su nombre, compré dos ramos de siemprevivas, uno de los cuales dejé sobre su lápida de mármol restaurada y el otro sobre el arrasado tezontle de la cercana sepultura del que primero fue su amigo y a quien luego detestó (como a tantos): Emilio Prados. En ese y en un viaje posterior, hablé con personas que lo conocieron. Uno de ellos fue, y me estremezco solo de recordarlo y de saber que tengo su número de teléfono en el directorio de mi móvil (o celular, como se dice allí), Salvador: el destinatario de los “Poemas para un cuerpo”.
En el mes de febrero y en la capital de México me ponía en la piel del poeta y comprendía, en mangas de camisa, cómo él había sentido la imperiosa necesidad de asentarse en el país: el cálido sol contra los muchos grados bajo cero del invierno de Massachusetts, las buganvillas contra la nieve; las hermosísimas plaza e iglesita de santa Catarina, en Coyoacán, contra la imagen rígida y gélida del norte, ese mundo del que él mismo escribió: “El norte nos devora” (a propósito de un retrato de fray Hortensio Félix Paravicino por El Greco conservado en el Museo de Bellas Artes de Boston).
Luego, en el viaje de promoción del segundo volumen, nutrido con aquellas experiencias y que conoció una edición mexicana de la filial allí de Tusquets, no puedo dejar de lado que la misma mañana de mi llegada, un domingo en que poco podía hacer, me fui al recién inaugurado Museo Soumaya y allí, entre otras obras españolas, vi una Inmaculada de Murillo desconocida y, extraordinariamente bellas la Virgen y la pintura toda, sentí una emoción especial de ver en México a esa paisana rodeada de angelitos y pintada por un sevillano. No se me ocurrió entonces, pero pienso ahora que debió de ser un estremecimiento parecido al que sacudió a Cernuda al toparse con la imagen del fraile.
Casi palabra por palabra podría aplicar a aquel encuentro lo que escribe Cernuda en su poema a Paravicino:

¿También tú aquí, hermano, amigo,
Maestro, en este limbo? ¿Quién te trajo,
Locura de los nuestros, que es la nuestra,
Como a mí? ¿O codicia, vendiendo el patrimonio
No ganado, sino heredado, de aquellos que no saben
Quererlo? Tú no puedes hablarme y yo apenas
Si puedo hablar, mas tus ojos me miran
Como si a ver un pensamiento me llamaran.


II

Me gustaría poder publicar algún día una edición corregida y aumentada de la biografía de Cernuda en la que enmendar alguna errata (afortunadamente hubo muy pocas) o añadir datos que he conocido con posterioridad. En cuanto a los yerros, Ángel Luis Prieto de Paula me señaló muy educadamente algunos en su reseña en Babelia y, a falta de sitio mejor, deshago aquí los pequeños desaguisados: la fecha de publicación de Niebla de Unamuno no es 1902, año de nacimiento de Cernuda, sino 1914 (Amor y pedagogía sí lo databa correctamente en ese año del natalicio); el autor de las Memorias de ultratumba que Cernuda recordara en su “Divagación sobre la Andalucía romántica” es evidentemente Chateaubriand, no el espurio Chautebriand; y el título exacto del primer libro de Dámaso Alonso es Poemas puros. Poemillas de la ciudad, sin el añadido que le incorporé dejándome llevar por una mención del propio Cernuda.
Pero, alguna menudencia aparte, hubo otros lapsus: se imprimió Xauen por Axuen, y el nombre de la cristalería que vino a instalarse en la casa de la calle Acetres es “Hijos de Valeriano Díaz” (no Díez). Por otra parte, en la página 218 afirmaba que “aunque en un principio Aleixandre, Prados y Cernuda decidieron no participar en la antología de Diego, al poco los dos primeros cambiaron de idea, y dejaron solo a Prados.” Naturalmente, hay un baile en el orden de los nombres: quienes cambiaron de idea fueron Aleixandre y Cernuda. En cuanto a José Antonio Primo de Rivera, que encandiló a Morla Lynch, el anfitrión de una tertulia muy importante para Cernuda, no empezaron a llamarlo a secas “Simón el enterrador”, sino “Juan Simón el enterrador”, en alusión a la letra de una milonga popular en su época recogida en la obra teatral musical La hija de Juan Simón, donde el protagonista tiene que dar sepultura a su propia hija. Finalmente, en las notas del segundo tomo se alude varias veces a un libro titulado Cernuda y los exilios. José Teruel, preparando su monografía Los años norteamericanos de Luis Cernuda, me escribió para consultarme la referencia. Con mis disculpas, le envié la aclaración solicitada: “Hay efectivamente una laguna en la información bibliográfica. Podría haberlo dejado más claro, pero me refiero a las ponencias y comunicaciones leídas en el encuentro que menciono al final de la página 120. Se iban a editar y, aunque llegaron a maquetarse, permanecen inéditas. Un amigo mío que trabaja en la Diputación de Sevilla me proporcionó un juego de fotocopias.” El amigo al que aludo es Juan Antonio Maesso, y la información que interesaba a Teruel formaba parte de lo expuesto bajo el epígrafe “Encuentros en un café” por Sergio Fernández, quien conoció a Cernuda siendo él muy joven (luego tuve la suerte de que me acompañara en la presentación de este segundo tomo de la biografía en un acto celebrado en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM). También volví loco a Teruel con una referencia trabucada: la nota 32 de la página 368 del segundo volumen (perdón por esta frase casi de los hermanos Marx) remite al trabajo de María José Gómez Toré sobre Cernuda y Bernabé Fernández-Canivell recogido en 100 años de Luis Cernuda (Residencia de Estudiantes, Madrid, 2004).
Por otro lado, desde aquel año 2008 en que vio la luz el primer volumen las hemerotecas de periódicos muy importantes  se pueden ahora consultar en casa; la ventaja de ello no es simplemente cultivar la pereza o esa indolencia tan del autor de Los placeres prohibidos, sino el hipertexto: la posibilidad de buscar por palabras clave entre una selva de números de esas publicaciones. Así pude conocer pequeños detalles, como este del que ya di cuenta en una entrada de mi blog, que ostenta el cernudiano nombre de Fuego con nieve (por su poema “El andaluz”). Fuego con nieve. La vida de Luis Cernuda era precisamente el primer título que adopté para mi trabajo antes de optar por el actual, consistente en solo el nombre del poeta más las sendas acotaciones temporales de los volúmenes.
Qué gran cosa es el archivo virtual de ABC, por ejemplo, donde aparecen en facsímil años y años de noticias, esquelas, artículos, gacetillas... Gracias al invento, publicado ya el segundo volumen, y tras haber intentado en vano dar con este artículo en la Hemeroteca Municipal de Sevilla (no sabía cuándo había sido publicado), di con el "Fernando Villalón" de Carlos García Fernández, el joven componente de Mediodía. Se publicó en ABC de Sevilla el 19 de marzo de 1982, y aporta la información que sólo pude dar de pasada en la página 182 de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938).



Cuenta García Fernández, entre evocaciones de las historias de espiritismo que gustaba de narrar Villalón para incomodidad de Cernuda, cómo en las Navidades de 1929 pasó él por Madrid y Cernuda propició un encuentro con el ya muy enfermo autor de La toriada. Fue el 21 de diciembre, el mismo día del sorteo de la Lotería de aquel año, y los tres amigos se vieron por la noche en La Montaña, un café que quedaba frente al Colonial, al principio de la calle de Alcalá. Hubo incidentes en una mesa cercana, con vivas y mueras, que prosiguieron en la calle. Pero la alta temperatura política –faltaba poco más de un año para la llegada de la República– tenía su correspondencia en la de Villalón, al que asaltaban más de 39 grados de fiebre. Amargado, herido de muerte por la enfermedad, no dejó títere con cabeza al hacer repaso de los poetas sevillanos.
El testimonio de García Fernández ilustra aún más si cabe que Cernuda y Villalón tuvieron frecuente trato no sólo en sus respectivas casas sevillanas (Barrio de San Bartolomé y calle del Aire) durante el año 1927, cosa ya conocida, sino también en el Madrid al que ambos se retiraron, por diferentes motivos, al comienzo de la carrera literaria del primero y al final de la vida del segundo.
            También hay, claro, textos que desconocía o había olvidado y que citaría hoy, como un poema de Álvaro Salvador que debí de leer en la antología La otra sentimentalidad y que recrea un imaginado idilio, triste como todas las cosas que no se pueden realizar (y Cernuda, homosexual con una fija inclinación por los efebos, no podía enamorarse de la mujer de Leopoldo Panero). El poema se titula “Felicidad y Luis pasean de la mano por un parque de Londres”.             Son muchos los poemas que se han dedicado a Cernuda, pero este en particular se caracteriza por ocuparse de un episodio concreto de su biografía. He aquí su cuarta estrofa:

Suena el Big-Ben.

Estás en Londres con un impermeable blanco

bajo la lluvia blanca.

Hoy eres joven y sonríes, 

y alguien

que al menos tuvo para ti una palabra

que al menos te ama porque la belleza

está presente en ti y él ama

la belleza

por encima de todos los tentadores dones

que la vida le ofrece,

está contigo.

           
            Otro día encontré unos fotogramas de la película de Luis Buñuel La ilusión viaja en tranvía, donde aparece en varios planos la fachada del cine Centenario, ante el jardín homónimo, al que Cernuda acudía casi a diario al final de sus días mexicanos. La víspera de su muerte vio allí Divorcio a la italiana, y quedó en volver al día siguiente con Concha y Paloma. Hoy es una sucursal más de Sanborns, la cadena de tiendas con cafetería. Por cierto, que una tarde me tomé a su salud unas cervezas en otro Sanborns que hay junto al Ángel de la Independencia y que, según Paz, Cernuda también frecuentaba antes de mudarse a Coyoacán. Cernuda, Paz planean sobre este otro poema que escribí sobre la Casa Alvarado, en Francisco Sosa, la calle preferida de Cernuda en aquella parte del mundo. Así comienza, enlazando la vieja y la Nueva España, Sevilla y la Ciudad de México, los versos que hablan de ese edificio, hoy Fonoteca Nacional:

Ecos, reverberaciones.
En la casona en que muriera Paz,
aún el imperio de su apellido.
En esta fonoteca,
su voz con la de otros,
como, pasado el patio,
el canto de los pájaros, indemne,
vario como los árboles y flores.

En esta calle de Coyoacán,
puestos los cascos,
estoy en Sevilla oyéndolo aquel año
en que vino a hablarnos de Cernuda.
A diez manzanas
(o aquí cuadras),
el jardín de Tres Cruces.
La temperatura, la luz,
son también intramuros del Alcázar.


En 2009 apareció un documental de título que es espejo del volumen en que Cernuda fue reuniendo su poesía. El deseo y la realidad, de Rafael Zarza, recogía una grabación que con su pequeña máquina Pathé hizo Juan Guerrero Ruiz (familiar lejano de Teresa, mi mujer) de los poetas del 27, tomada el año siguiente al del acto gongorino: 1928. La novedad y lo singular de esa película consiste en que es el único testimonio que poseemos de Cernuda en movimiento (las emisiones en las que participó décadas después en la televisión mexicana se han perdido).
Además, se han publicado recientemente algunos trabajos que aportan algo más a lo ya escrito. En este sentido, señalaría algunas cartas cruzadas entre Cernuda y Rosa Chacel (que fue buena amiga suya) rescatadas por Ana Rodríguez Fischer en la revista Clarín, así como una conferencia de la vallisoletana sobre el sevillano en el volumen Astillas, que permanecía inédita. Entre esas cartas, una frase de Cernuda sobre su querido Manuel Altolaguirre emociona cuando pensamos en el fin del malagueño, muerto en un accidente de coche cerca de Burgos cuando había venido a España a presentar en el festival de cine de San Sebastián la película El cantar de los cantares. Cernuda escribe en papel de cartas de Producciones Cinematográficas Isla, S. A., y en contraste con la carta, mecanografiada como era habitual en él, anota de su puño y letra este extraño vaticinio: “Esto es una chifladura de Manolo Altolaguirre y de consecuencias funestas para él”.
No sé si chifladura, o intromisión, consideraría el documental México. Fin de dos amores que ha realizado recientemente la cineasta Rosa Teixidor y que recoge, entre otro material, entrevistas con un puñado de estudiosos y personas que lo conocieron; entre los primeros, estamos Vicente Quirarte o yo mismo; entre los segundos, José de la Colina o, nada más y nada menos, Salvador Alighieri.
Aunque centrado más en la obra que en la vida, José Teruel ha publicado también un ensayo, al que me referí arriba, que resultó ganador del Premio Gerardo Diego, donde ofrece algún pormenor nuevo sobre la estancia del poeta en el Nuevo Mundo.
Contagiado quizá por cierta cernudianísima desgana, y ajeno a la universidad y no viéndome obligado a recorrer ningún cursus academicus de publicaciones, ponencias, etc., nunca tuve interés en publicar completas las cartas inéditas de Cernuda que hallé a lo largo de mis años de investigación, las cuales solo aparecen parcialmente recogidas en la biografía. Pero reconozco que sería negligencia no hacerlo y, aunque sea solo en parte, me aplico a ello en circunstancia tan apropiada como el cincuentenario de la muerte del poeta y este libro que lo homenajea. De la interesantísima correspondencia con Salvador Madariaga que se conserva en el legado de este en el Instituto José Córnide de La Coruña, y espigada en el segundo volumen de mi trabajo, podría aportar aquí algunos párrafos inéditos. El 12 de octubre de 1941 escribe, refiriéndose a personajes biografiados por Madariaga: “Querido Don Salvador: no sé si felicitarle o felicitarnos al comenzar esta carta, ya que al poner la fecha recuerdo es hoy 12 de octubre. Supongo que su Colón irá esta noche por los aires camino de América, como fantasma pacífico. Y hasta que tal vez se cruce con su Cortés que viene navegando de allá. Gracias a usted nuestra historia, al revivir en la memoria de las gentes, vuelve a adquirir corporeidad, aunque sea legendaria.” Y tres párrafos más adelante, añadía, mencionando a la hija de su corresponsal y buena amiga suya a la sazón: “Nieves me dice que su novela está ya terminada. Enhorabuena. Yo no olvido su encargo de enviarle las referencias sobre unidad ibérica o libros portugueses. Anímese pronto a preparar la nueva edición de su obra sobre España.”
            De otra carta inédita que solo cité parcialmente son estos párrafos referentes al Cortés de su amigo. El 8 de enero de 1942 a Madariaga:

Lo ha tratado usted con tal objetividad y serenidad a través de todos sus actos y andanzas, que además de obtener así un libro perfecto, donde historia y fantasía son una misma cosa al fin, puede acabar con bastantes injusticias y calumnias lanzadas contra el mismo Cortés y contra su tierra. No hay un solo momento en que usted abandone esa objetividad, si no es al final, en una o dos ocasiones quizá como recompensa de su disciplina severa durante el resto del libro. Cuando en la página 650 habla usted del “Estado español, único en el mundo que entonces como hoy y como siempre se permitía y permite el lujo de tener ociosos a sus mejores hombres”, no sé si me equivoco al leer allí una queja de amargura propia insertada en la experiencia dolorosa de Cortés.
Por cierto, aunque no sé si estoy en terreno falso (cita de Calderón en la página 64), ¿no le parece que el pensamiento expresado en esos dos versos, más que del propio Calderón sea del P. Mariana? Calderón sin duda conocía el tratado sobre el rey y la institución real, donde me parece recordar que hasta las palabras esas se hallan allí, o muy parecidas. Como ambos son españoles, el honor de haber pensado tal cosa, corresponde todavía a nuestra tierra.

Al descubrir estas cartas, y comprobar sus lecturas de la época, no pude sino pensar que el interés por Cortés y México fueron un oscuro germen, aún subterráneo, del impulso que le llevó a instalarse en aquella nación una década después. Sobre la que ha dejado atrás, el 14 de febrero de 1943, cinco años exactos después de haber abandonado España, escribe:

Querido Don Salvador: como hacía tiempo que deseaba leer su libro y aún no había tenido a mi alcance un ejemplar, puede figurarse la avidez con que me he lanzado a leerlo ahora.
Spain es sin duda el primer libro que aparece sobre la república y la guerra civil; quiero decir el primer libro que no es un testimonio, o en todo caso el primer libro que es algo más que un testimonio sobre esa etapa de nuestra historia contemporánea. Pocas personas estaban en tan buenas condiciones para escribirlo como usted, por ser un español con conciencia de España y por haberla considerado desde lejos, fuera de ella, largo tiempo.
(…)
Pero veo que, sin querer, estoy imitando a ciertas gentes que me han dicho algunas palabras sobre Ocnos, quienes parecen creer que un libro no debe ser tal como su autor lo concibe, sino conforme a los prejuicios y limitaciones de cada cual, aunque nada entiendan en tal cuestión. Sírvame de disculpa el que yo, al menos, he leído España con tan viva atención e interés como consideración y simpatía hacia usted, y que de su lectura he sacado no poca enseñanza.
Es posible, además, que mucho de lo que aquí le digo se deba a prejuicios míos que yo tomo por objetividad. Bien difícil es ésta en cuestión como la que suscita el examen de la república segunda y la guerra civil, que tan al vivo y en hondura nos alcanzan a todos los españoles, actores o espectadores de ellas.


III

Por la literatura y el buen cine sabemos que quien finaliza un viaje es alguien que ya no es el mismo que lo empezó. Algo ha tenido que cambiar en el ínterin. Al escribir la biografía de Cernuda he llegado a comprender mucho mejor al autor de aquellos poemas que me deslumbraron siendo joven, y desde el respeto pero sin caer en el “síndrome de Estocolmo” he tratado de mostrarlo tal cual era, con todas las luces y sus sombras.
            Sí conocí el apasionamiento, aunque por mi trabajo de investigación y lo mejor de la obra cernudiana, pero no me dejé cegar por él (quiero decir el hombre: Luis Cernuda Bidón, o Bidou, como él prefería).
            “Historial de un libro” es la rigurosa y lúcida mirada retrospectiva, entretejida con su vida, que Cernuda hizo sobre La realidad y el deseo. Pero ese libro y el resto de su obra pedían un mayor desarrollo, no en vano fueron escritos por –digo bien– uno de los mayores poetas españoles vivos. Y quizá, pese a la aparente perogrullada, sea esta la pauta a tener en cuenta: más allá del ámbito histórico del especialista, casi arqueólogo, son los creadores que siguen estando vivos (con independencia del Panteón Jardín o de las pompas fúnebres Gayosso) los que, por razón de su vigencia o si se quiere inmortalidad, más piden precisamente eso, esto que yo intenté, la biografía.