miércoles, 28 de enero de 2015

ANATOMÍA DE LA ALMOHADA





Eres la blanca goma de borrar
añadida al final del largo lápiz
más corto cada vez,
y despuntado,
de la jornada ida al afilarla.

Isla en el mar de pez
del cuarto a oscuras –la alcoba,
esa hermana arábiga que te contiene amante
como una madre a su hija
con un rumor de las mil y una noches–.

Blanda piscina de oleaje mínimo
y corrientes submarinas
en que las pesadillas se ahogan,
roca esponjosa que absorbes
ilusiones y miedos.

Escayola de plumas o de espuma,
molde que nos fabrica otro yo
siempre más real que su modelo.
Cesura entre el ayer y el mañana,
la alborada y la víspera.

Antena horizontal con que se oye
laboriosas tejer a las estrellas
su colcha de hilo blanco, su coro,
tu mortal palidez en la que el sueño
corre siempre el riesgo de eternizarse.

Pasada ya la lengua del deseo,
un sobre franqueado al país de lo onírico,
un envoltorio con sobrepeso
porque nos guarda en su interior
bajo un lacre de tinieblas secretas.

Frontón que devuelve las vivencias
con rebotes oblicuos
en juego de pelota imprevisible.
Un ala sube, otra desciende
nunca al compás de su compañera.

Salina portátil que conserva
–cristalinos fractales–
y aniquila obstruyendo las arterias
de esa máquina triste, la cabeza,
que en ti reposa

igual que una corona en el tapete
de un monarca que abdica.
Como un recuerdo,
un pétalo que guardamos
entre colchón y nuca.

Gélida, abrasadora confidente
de lo que no necesita pronunciarse.
Largo beso, no para la boca
sino para los oídos.
Página en la que escribimos

con la tinta simpática
de la desesperación.
Esa celda sin rejas a la que vuela el alma
todas las noches tras el recuento
para nunca evadirse de tu cárcel.

Ese dúo que entonan juntos
el cabello y la tela,
la funda y los mechones,
la piel de la alopecia y la rolliza
hermanastra pequeña de la sábana,

cansada nana a la que arrulla el terco
tictac en la mesilla,
el pulso en las muñecas o las sienes
sujeto a las corrientes, como el mar
se inclina ante las leyes de la luna,

tu copia sobre el cielo, en que se apoya
la sesera del sol y, decreciente,
a su forma se adapta y recupera,
creciente, su perfil hasta estar llena,
sístole y diástole de un lienzo.

El cadáver de un niño, una mortaja
de todo lo que ser pudo y no fue;
de todo lo que, siendo, destruyó
aquello que, no sido aún, vivía.
Con el cuerpo yacente, encrucijada,

un martillo tenue que golpea
para romper asedios en que ignoro
a qué lado de la muralla estoy.
Mullido monedero de sombras en que guarda
la humanidad su ruina.

Tse-tse como animal de compañía,
aguzada guadaña sin violencia;
la hoja en el patíbulo nocturno
que cotidianamente nos condena,
que nos va ejecutando noche a noche.

(Adelanto de mi próximo libro, Lo que importa, que aparecerá este año en la colección Calle del Aire de la editorial Renacimiento)

1 comentario:

rupertapretura dijo...

¿Ultraísmo del siglo XXI?