domingo, 1 de febrero de 2015

La zorra y las raposas





El viejo tema de encontrarse a uno mismo (a una misma, en este caso) es antiguo y acarrea, como la enorme mochila de la película, una historia cargada de obras literarias y artísticas. Esta Alma salvaje no lo es, ni una cosa ni otra, por más que se citen nombres y versos de Emily Dickinson, Flanney O'Connor y otros. Es, como la citada impedimenta que va dejando moratones en el cuerpo de la viajera protagonista, un largometraje pesado que, si lo que quería es cansar, paralelamente a la travesía de esa gran pista pacífica estadounidense que va casi de México a Canadá, logra plenamente su objetivo.
     No es que la actriz lo haga mal, al contrario, pero interpreta tan bien su papel antipático y vacío que el espectador desea que se parta una pierna y venga a recogerla un helicóptero o que, para abreviar los trámites, invite a almorzar a los buitres y aquí paz y después gloria. Se adereza con algunas pamplinas feministas, con un poquito de sexo, con el maltratador de turno y los traumas infantiles y aún de juventud, más retazos de canciones prestigiosas (se abusa, claro, de Simon y Garfunkel) y ya tenemos la historia de esta ninfómana que se encuentra con un par de vulpinos en su andariega búsqueda de sí, una autobiografía que entra más bien en el rubro de la autoayuda. Podría haberse titulado La zorra y las raposas.
     Nick Hornby, buen repostero, contribuye con el guión a este poderoso pestiño.