lunes, 16 de marzo de 2015

5,4 grados en la escala de Richter




Christopher Domínguez Michael es especialista en Octavio Paz, con quien colaboró en la revista Vuelta, esa continuación de Plural. De su conocimiento personal, de su prolongado estudio, se ha beneficiado la biografía de 656 páginas que publicó sobre el Nobel a finales del pasado año, el del centenario (Paz nació en 1914). Apoyándose en una enorme bibliografía, peinando hemerotecas, ha compuesto una obra que es hoy, hasta que llegue la de Enrico María Santi, de lenta y concienzuda elaboración, el trabajo más extenso que tenemos sobre la vida del autor de Los hijos del limo. Con todo, junto a la detallada y útil cronología, que apuntala lo ya visto y juzgado en los capítulos del libro, lo que más interesante me parece es la aportación personal de lo visto y oído, ese estar ahí en medio de los sucesos: el ser, antes que biógrafo, testigo. Miembro del consejo editorial de Vuelta, Domínguez Michael (1962) registró mucho en el diario que llevaba por entonces, al que ahora ha recurrido a menudo para este tramo final de la vida de Paz.
     Emocionante resulta la narración del incendio parcial del apartamento en que vivía el matrimonio Paz, y ese final en la Casa de Alvarado, en la calle Francisco Sosa de Coyoacán, con el poeta enfermo, moribundo. Cuenta Michael cómo la tarde en que se celebró el funeral en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, el 20 de abril de 1998, se produjo un temblor (sismo dicen allí) de 5,4 grados en la escala de Richter. En esas páginas últimas de Octavio Paz en su siglo, Michael emplea la primera persona y cuenta aquello en lo que participó; y si es lícito el símil, la tipografía se empaña por un temblor emocionado, y la voz, no tanto escrita como oral, se hace trémula. Así acaba este denso volumen:

Aurelio Asiain, Aurelia Álvarez Urbajtel y yo tomamos, en la esquina de avenida Juárez y la antiguamente llamada calzada de San Juan de Letrán, uno de esos taxis verdes que el humor institucional llamaba entonces "ecológicos" y partimos rumbo a Coyoacán donde Krauze, intempestivo, nos había convocado en las oficinas de Vuelta, a una emotiva reunión para hablar de inmediato de los planes para seguir en la brega con una nueva revista. Minutos más tarde, en el Zócalo, ese magma en la poesía de Octavio Paz, vi la banderota de México a media asta y pensé que viajaba yo con dos representantes de La llama doble, pues Aurelia y Aurelio se estaban separando. A esas horas, las 17:59, según reporta el Servicio Sismológico nacional, se produjo un sismo de 5,4 grados Richter de intensidad, lo cual sólo quiere decir, porque en la Ciudad de México tiembla a cada rato, que la madre tierra tomaba nota de la muerte del contemporáneo de todos los hombres, el poeta que, según su hija, se despertaba cada mañana de un solo golpe, se erguía y abría los ojos enormes. A Octavio, como dijo uno de nosotros, a Octavio, lo amábamos.