martes, 31 de marzo de 2015

Baile Átha Cliath en Valaquia





Parecen un nombre y un apellido, pero en realidad son un son, un rumor rumano, cada vez más insistente, de candidato al Nobel: Mircea Cărtărescu. Ahora, su editorial en España, Impedimenta, publica en una edición revisada por el autor una novela suya, escrita en buena parte en verso: El Levante. Se trata de un libro singular, una epopeya dividida en doce cantos en la que el protagonista, Manoil, tiene como correlato la historia de Valaquia, y como vehículo la evolución de la lengua rumana, al modo –confesa inspiración– del capítulo “Los bueyes del sol” del Ulises de James Joyce. Si en la obra del irlandés la ciudad de Dublín (Baile Átha Cliath en gaélico) tenía una importancia fundamental, aquí, como se apuntó arriba, es la región (casi homofónica, y creo que en esto no ha reparado nadie) de Valaquia.
            Se dan, además, constantes “incursiones abusonas del autor”, como señala Carlos Pardo en su prólogo, y la anábasis se ve interrumpida aquí y allá por la propia escritura de la novela, por la metaliteratura y por el reconocimiento de que hay alguien que nos escribe, como en el bellísimo poema de Octavio Paz: “Sin entender comprendo: / también soy escritura / y en este mismo instante / alguien me deletrea.” Lo que Cărtărescu dice de ese antecedente de su Minail es esto: “Ulises, el de la Antigüedad, no sabía que no fue él, sino Homero, el que urdió todos los engaños , el que le envió los pretendientes a su esposa, el que hablaba a través de su boca; que ni un solo cabello de su cabeza se movía sin permiso del aedo.”
            Borges, Cortázar, Góngora, son autores de nuestra lengua que cita el de El Levante, junto con las peripecias de la urdimbre de su libro en circunstancias adversas. Por desgracia, es mucho lo que le lector se pierde, a pesar de la encomiable traducción directa de Marian Ochoa de Eribe. Probablemente, solo un lector culto rumano pueda sacar todo el partido a esta obra. Y pese a ello, su lectura merece el esfuerzo, porque demuestra una vez más lo que subraya Patrick Kavanagh en su poema “Epopeya” (o “Épica), que la Ilíada tiene su réplica en cualquier disputa de aldea así sea en el condado de Monaghan, en Irlanda.