domingo, 8 de marzo de 2015

La intensidad (acerca de Jaime Gil de Biedma)







De Jaime Gil de Biedma conviene destacar hoy más que nunca, cuando su figura aparece desdibujada por fenómenos extraliterarios, algunos aspectos que atañen a su singularidad poética y que no se limitan, con la avaricia que podría deducirse de su voz, a su escasa obra en verso. Más allá de cuestiones sociológicas sobre determinada discoteca barcelonesa, o sobre los aspectos más sórdidos de su forma de relacionarse sexualmente, zaherida por Andrés Trapiello en diferentes páginas aun sin nombrarlo o explotada en la biografía (luego hecha película) de Miguel Dalmau, Gil de Biedma fue un poeta que se preocupó por la crítica, en el sentido de un conocimiento profundo de la tradición, incluida como no podía ser menos la extranjera, para situarla en su contexto como influencia, sombra o pretexto de lo contemporáneo y próximo.
En El pie de la letra, el poeta reunió sus ensayos. Muy esclarecedora es la cita en inglés de W. H. Auden que lo abre. Traducida, dice: “Las opiniones críticas de un editor siempre deberían ser tomadas con cautela. En su mayor parte, son manifestaciones del debate que mantiene consigo mismo acerca de qué debería hacer a continuación o qué es lo que debería evitar.” Y eso es precisamente lo que hace Gil de Biedma. Sus escritos sobre otros hablan sobre todo de sí mismo. Y hay mucho en él de T. S. Eliot, Aleixandre, Baudelaire, Cernuda, Guillén (mérito suyo es conciliar poetas que en el mundo sintieron recíproco aborrecimiento). Sobre el penúltimo, con quien tuvo complicidad que salta a la vista en la correspondencia cruzada, publicada por Fernando Ortiz primero y luego por James Valender, escribió uno de los mejores ensayos que acumula ya su bien nutrida bibliografía: aquel “Como en sí mismo, al fin” de 1977, más el trabajo incluido en el número-homenaje de La caña gris aparecido un año antes de la muerte del sevillano.
También se ocupó de poetas de su generación, como Carlos Barral o el prematuramente muerto (suicidado) Alfonso Costafreda. Con el igualmente suicidado Gabriel Ferrater tuvo también una intensa amistad, y le dedicó un ensayo en el que brilla, como era normal en él, la erudición arropada con galas y desenfado de dandi, más dos poemas (el primero de ellos, una extravagante octava con estrambote compuesta en inglés a imitación de Byron). Mérito de esos escritos es su gratuidad, es decir, no partir de profesor o académico que tenga que darse de codazos con colegas que compiten por una cátedra, sino de paladeador experto de la literatura, espectador desde la barrera a menudo, por apatía que no desinterés, pero también diestro capaz de abrir el tarro de las esencias, brindando grandes faenas.
Una vez, Guillermo Carnero me dio un merecido coscorrón a cuenta de un desahogado juicio mío sobre métrica. “El Modernismo nos enseñó a romper la regularidad para despertar la percepción del ritmo, adormecida por la inercia métrica”, aleccionaba el autor de Dibujo de la muerte. Y aducía, verbigracia, tres composiciones de Gil de Biedma, de irregular métrica: “En el nombre de hoy”, “Mañana de ayer y hoy” o “La novela de un joven pobre”. Esta prosodia libre contrasta, no obstante, con el virtuosismo, como sucede con uno de los poemas más conocidos de Moralidades, la sextina “Apología y petición”.
Otro aspecto destacable es el de su humor e ironía, susceptibles de alcanzar lo vitriólico, también contra sí mismo. De lo burlesco y por llamarlo así, “erótico-festivo” dan testimonio unos “divertimentos antiguos” que publicó la revista Fin de Siglo en su número 4 (año de 1983). De que fue no poco lo que eliminó de su poesía reunida, Las personas del verbo, la ausencia en ella de una serie de sonetos que escribió a comienzos de su carrera poética.
Pero hemos estado mareando la perdiz. Nada de lo anterior tendría importancia si no fuera contiguo del núcleo, el meollo: Gil de Biedma fue un gran poeta que dejó una docena de poemas inolvidables en que se fustiga a sí mismo, a su país, y solo tiene palabras amables para el amor y para otros poetas. En su haber está la parquedad, el horror ante la repetición, cuando ya sentía habitar “las ruinas de mi inteligencia”. Por eso, en la obra que quiso transmitir hay concentración, novedad, intensidad poética.

                                       (Publicado en Rick's Magazine)

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