viernes, 20 de marzo de 2015

Memorabilia



Hace ahora un año que salía de la imprenta mi novela Los huesos olvidados, que recoge y amplifica una historia recogida por Octavio Paz como nota a uno de sus poemas: “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón”. Repetí el relato ante los asistentes a una tertulia, la semana pasada. De aquel ambiente de terror en la retaguardia republicana da fe, entre otros muchos, el testimonio de Juan Gil-Albert, quien en Memorabilia. Drama patrio. Los días están contados, escribe: “Esta oposición de “carácter” entre anarquismo y comunismo se hizo patente en la manera especial con la que cada uno de los dos grupos administró justicia, que, hablando de aquellos tiempos, significó administrar la muerte. Los anarquistas, más expeditivos, pusieron en práctica sus procedimientos espontáneos, a campo abierto, que casi podían ser calificados de naturales por lo que tenían de instintivos y de irrazonados, de infrahumanos. Los comunistas, racionalistas extremos a quienes toda acción desordenada irrita, montaron el rigor legal, por decirlo así, de las checas, de cuyo funcionamiento subterráneo estaba excluida toda debilidad y que, ordenadamente, sometieron a su fallo mortal a amigos y enemigos, llamáranse reaccionarios, libertarios, y aun, con especial ensañamiento, marxistas disidentes del POUM.”


Juan Gil-Albert

No hay comentarios: