miércoles, 11 de marzo de 2015

Presente y tradición




Aunque no la cumpla, que para eso están las máximas, hace tiempo que procuro seguir una norma al componer un poema: emplear una palabra, aunque sea una sola, que no haya usado con anterioridad en otro poema. Y esta palabra recién llegada no proviene de fatigar los diccionarios de sinónimos o de jugar a la ruleta rusa -interminable cargador- con el vocabulario. Casi siempre surge, y pide ser utilizada, a partir de la lectura de un poema ajeno. Y lejano a veces, en el espacio o en el tiempo.
     Es un error muy frecuente, sobre todo en quien empieza, la persecución un tanto atolondrada de originalidad (no tanto la expresión novedosa como "el reflejo de los que yo siento", sin intermediarios, si deudas). Ángel González lo expresó estupendamente, y a sus palabras me remito: "Cuanto mayor sea la tradición, mayor valor tendrá la obra de un poeta y a la vez no hay contradicción entre clásico y moderno. Las obras clásicas informan y generan lo moderno, y la modernidad renueva e ilumina el mundo clásico, que sigue siendo referencia imprescindible en todos los campos de la cultura humanista. La ciencia ha podido dejar atrás las teorías de Tolomeo, pero en el arte permanecen, operantes y vivas, las obras de Homero y Virgilio, de Garcilaso y Quevedo: ningún poema del presente o del futuro, por excelso que lo imaginemos, podrá nunca anularlas. Y eso es así porque en el arte no hay progreso, sino regreso; un constante regreso que no significa retroceso ni inmovilismo porque es un regreso hacia delante, desde el pasado hacia el futuro. Lo que mueve el arte es el impulso dinámico del eterno retorno, que acerca al presente las cosas del pretérito."
     Quien solo lee a sus contemporáneos se mimetizará con ellos, reducirá su léxico, estrechará sus miras. Pasado: palanca necesaria para rozar -llegar es otra cosa- el futuro.

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