jueves, 9 de abril de 2015

Un árbol que crece




Ilustración de Shelley Himmelstein


Enlazaba ayer lo publicado por Alejandro Luque en El Correo de Andalucía acerca de dos nuevas ediciones de Ocnos, el libro de prosa poética de Cernuda. De la cuidada por Pedro Tabernero y con ilustraciones de Shelley Himmelstein, este texto mío que acompaña a otros de mis apreciados Julio Manuel de la Rosa, James Valender, Vicente Quirarte y Ana Yanguas Álvarez de Toledo. Más información aquí.




UN ÁRBOL QUE CRECE


Si La realidad y el deseo es el volumen en el que Luis Cernuda fue integrando la totalidad de sus libros de poesía desde la primera edición de 1936, en vísperas del desastre de la Guerra Civil, Ocnos es el tomito en que fue recogiendo sus prosas poéticas, ya que el afluente de Variaciones sobre tema mexicano (1952) hay que leerlo no solo como eso que declara su título, variaciones al modo musical de imitaciones melódicas sobre el asunto de “México y los mexicanos” (nombre de la colección en que apareció), sino también como variaciones, una década después, de lo ya practicado en Ocnos pero ahora sobre otro tema, pues su forma y tono son en realidad los mismos. Ambos libros caudales –Ocnos, La realidad y el deseo– llegaron a conocer tres ediciones, cada una de las cuales era una ampliación de las anteriores, como de algún modo lo fue Poesía y literatura (I y II), epígrafe bajo el que nuestro autor fue agavillando la mayor parte de sus ensayos literarios.
            La primera edición de Ocnos, que es la que se recoge en este volumen ilustrado, se publicó en el Londres bélico en 1942, exactamente tres lustros después de Perfil del aire, cuando ya el hombre y el poeta se hallaban en plena madurez. Pero allí Cernuda no hablaba de su realidad presente sino que, Narciso retrospectivo, recuperaba recuerdos de infancia y juventud, escritos desde 1940 en su expatriación británica. Resulta curioso comprobar cómo entre aquella niebla, bajo aquella lluvia, con aquel frío de Escocia vuelve la vista hacia su Andalucía natal, y su sol, y la tibieza estival en el patio sobre el que se corría la vela que daba su sombra acogedora; lo mismo que será en el gélido Massachusetts donde en el invierno de 1950, después de las primeras vacaciones en aquella Nueva España de las que gozó el verano anterior, mirará hacia el descubierto México, también con su sol, con sus jardines, con sus cuerpos morenos (y eso que aún está por enamorarse de uno de ellos). En ambos casos se trata de una manera de exorcizar la lejanía de aquello que se quiere (y la expresión “exorcizados” aplicada a aquellos recuerdos es del propio Cernuda).
            Luego, en el segundo avatar de Ocnos, publicado en 1949 en Madrid, incorporó el autor algunos escritos que también se refieren a su niñez pero, junto a un puñado de textos de esta índole, hay allí bastantes otros que corresponden a épocas posteriores a su marcha de Sevilla, ya cuando trabajaba en las Misiones Pedagógicas, y también estampas de su exilio: Glasgow, Cambridge, Londres, hasta partir a los Estados Unidos en septiembre de 1947. En la encarnación tercera y última, que salió de imprenta en Xalapa justo cuando moría el poeta, hay también algunas viñetas que recuerdan a Sevilla, las cuales están escritas en esa pequeña Andalucía que es Coyoacán, donde vivió, y murió, en casa de Concha Méndez, y aún otras pocas que recogen diferentes escenarios de su periplo.
            Cernuda no llegó a tener en sus manos ni un ejemplar justificativo de ese libro que vio la luz en noviembre de 1963, recién apagada la de su autor, y cuyo contenido alcanza a los recuerdos más remotos del poeta pero también a  algunos más recientes, integrándolos todos en el arco temporal de su vida por más que el peso principal siga correspondiendo a la niñez, la etapa al cabo más definitoria en la formación de un destino.
Hay capitulillos de Ocnos, como he dicho, que sin haber aparecido en la primera edición amplían la visión de Sevilla que ya pudo llegar a los lectores en 1942. Los principales son “El enamorado”, con su descripción de un teatro de verano, y “Sortilegio nocturno”, donde se puede adivinar el parque de María Luisa y la venta de Eritaña.
Como un tronco, con sus anillos, quizá como el magnolio, su árbol preferido, Cernuda fue haciendo crecer en Ocnos el espejo envolvente de su vida, brotada en flores blancas con una savia que asciende desde el mismo suelo que sostiene la Catedral o el Alcázar. “El niño es padre del hombre”, escribió William Wordsworth no en El preludio, su gran poema evocativo, sino en “El arco iris”. Gerard Manley Hopkins glosó el célebre verso, pero pocos poetas como Cernuda (que leyó y comentó a ambos ingleses) refrendan esa irrebatible verdad, y en ningún libro suyo lo demuestra tanto como en Ocnos, cuyo interés es, al menos, triple: por su altísima calidad literaria; por lo que sirve de llave para abrir el zaguán de la íntima personalidad de –acerquémonos a él como a un amigo– Luis, uno de los grandes poetas en español del siglo XX; y porque, en fin, es una de las mejores fotografías, tomada con la sensibilidad de una lente lírica, de aquella ciudad natal suya de compás y patio, jazmines y pregones, que si en muchos aspectos se ha perdido también en no pocas cosas sobrevive entre el ruido y la zafiedad de la urbe actual.