martes, 19 de mayo de 2015

Poesía y pasión





De un jurado del que formaban parte poetas como Pablo García Baena, Carlos Marzal o José Antonio Mesa Toré, Javier Vela recibió el Premio Internacional de Poesía Emilio Prados para menores de treinta y cinco años cuando el citado galardón cumplía los quince, hace unos meses. Hotel Origen es el título del libro. Un libro excelente, lo digo ya de antemano.
     Lejos de la elegía o de la remembranza, el poemario está escrito -no es esto tan frecuente- en pleno desbordamiento amoroso, durante el comienzo de una relación que es tanto erótica como metafísica, como bien presagia la cita de René Char elegida para abrir el volumen: "Amor mío, poco importa que yo haya nacido; te haces visible en el lugar donde desaparezco." 
     Son ochenta y seis los textos que tejen el libro, dividido en tres partes: "Zoológico privado", "Cuando el monarca espera" y "Dos mil cuarenta y seis". Algunos de esos textos son muy breves, de hasta solo dos versos, e incluso algunos se limitan a una frase en cursiva, y prosa, que actúa como contrapunto, como esta (58): "Cada día más, Amara, las cosas se parecen al recuerdo que tendremos de ellas." Aquí y allá aparece el nombre o más bien apodo de la amada -Amara-, en un acierto que emparenta a este libro con otros muchos surgidos desde el comienzo de la tradición petrarquista, aunque aquí el amor es carnal, dichoso, recíproco. Hay aquí sexo, fluidos, deseo; pero también, porque Amara es, a la par que salvaje, puella docta, libros, sí. ¿Quién dice que no hay erotismo en los libros? El poema o fragmento 21 de este gran fresco amoroso dice:

Amo tu biblioteca.

No por lo que contiene
sino por cómo has ido disponiendo
-sin un orden preciso-
sus huecos y omisiones
como una galería de silenciosos
fantasmas familiares;
por lo que no hay en ella.

Amo lo que no lees.

Creo que pocos poemas de amor tan hermosos en la reciente literatura española como los que aquí ostentan los números 42 (a pesar de una asonancia "sueños" y "dueño") 62, 78 u 86. No me resisto a transcribir el comienzo del 62, donde la habitación de los amantes se constituye en aquello a cuyo alrededor gira el tiempo, como en el poema de Paz el centro del mundo está siempre justo donde cae el trompo del niño:

Mi hogar 
es el instante.

Menos 
adoro el año
que el minuto.

(...)