miércoles, 20 de mayo de 2015

Relatos en 35 mm





Como digo en el propio relato, jamás he escrito uno, un relato breve, salvo este que junto con otros dieciséis de distintos autores se acaba de publicar con edición y prólogo de José Luis Ordóñez en la nueva editorial El Sendero. El mío se titula "The Searchers" y trata de un rodaje en Almería. Y es este es su comienzo:




THE SEARCHERS

Nunca he escrito un cuento. Seguramente habrá a quien le extrañe que después de haber compuesto cientos de poemas y haber empezado recientemente a publicar novela no haya nunca dirigido mi atención activa a un género que, sí, cómo negarlo, me ha proporcionado grandes momentos, estupendas rachas, como lector. Cierto es que, hará treinta y cinco años, pergeñé algo que se parecía a un relato breve, ahora solo calificable de titubeo, y que algunos poemas en prosa, también antiguos, poseen elementos narrativos. Pero cuento, lo que se dice cuento, no he escrito nunca. Hasta hoy, si es que se puede llamar cuento a esta acta notarial de un fracaso.
            Un cuento que tuviera como ejes comunes, es decir, encrucijada, Andalucía y el cine. De eso se trataba. Se trata. Y acepté con la misma inconciencia con la que se echa uno en brazos de una mujer o se emprende una guerra. Lo tendrás en su fecha, respondí.
            Cuando ya había llegado esta y no lo había entregado llegó como el Séptimo de Caballería a mi rescate un mensaje nuevo: se había ampliado el plazo. Lo tendrás en su fecha, respondí de nuevo. Ahora esa fecha es pasado mañana y no tengo cuento alguno, o tengo mucho cuento, porque acabo de empezar el relato y mañana vence el plazo. Lo tendrá, me digo a mí mismo. En su fecha.
            Hace algunas semanas se me ocurrió el asunto. Quiero decir que se me impuso. Cuando se han escrito, eso sí, muchos poemas líricos se está acostumbrado a que los textos surjan como una revelación. Siempre tienen algo de epifanía. Pero mi cuento será no lírico sino épico; épico por el tema que desarrolla: la visita de un destacamento de músicos céltico-punks, The Pogues, a Almería. Eso, inicialmente; porque después hay otro relato épico que se superpone a aquel: el de mi búsqueda de un libro, un ejemplar que tuve sobre el grupo irlandés y que me iba a servir como apoyo para urdir el cuento, pero que no he hallado en parte alguna de mi biblioteca.
            Los Pogues viajaron a Almería en 1986 y grabaron la canción “Fiesta”, que no es mi favorita del grupo (quizá esta sea “Dirty Old Town”) pero que no deja de sorprenderme una y otra vez por su frescura. El álbum en que aparece la canción es If I Should Fall from Grace with God, aunque también fue lanzada como single con notable éxito. Ya no tengo el disco de vinilo (como, parece ser, tampoco el maldito libro) pero recuerdo, como si la estuviera viendo, la funda interior, con los numerosos miembros del grupo alineados con una vestimenta estrafalaria que no era sino la de un intruso que aparecía con ellos, James Joyce, como esa turba tocado con sombrero. Me gustaría tener datos más precisos de ello, pero, ya digo, no doy con el libro en que presumiblemente viene esta información y no tengo tiempo ahora de conseguir otro ejemplar. Los Pogues salieron en esa película que utilizó la infraestructura cinematográfica del desierto de Tabernas, nombre al que no podría resistirse sin duda Shane MacGowan, líder del grupo (no confundir este Shane con el Shane de otra película del oeste, Raíces profundas). Y como si de un spaghetti western se tratara, hicieron una suerte de película de vaqueros, en la que también participaron Elvis Costello –ya por entonces pareja de la vocalista Cait O’Riordan– y otros como Dennis Hopper, Joe Strummer y Courtney Love. Straight to Hell se tituló. Directos al infierno. Es un título que esta noche me recuerda al de otra desvergonzada canción del grupo, uno que siempre me ha parecido muy afortunado si se piensa en la división en condados de Irlanda: “Boys From the County Hell”. El director fue Alex Cox. A Joe Strummer, de The Clash, que vivía por entonces en Granada, por aquel entonces le rondaba la cabeza componer una canción sobre el asesinato de Federico García Lorca. Creo, sin embargo, que no llegó a escribirla.
            Me hubiera gustado saber más de aquel rodaje, que tuvo que ser de locos, como la misma letra de “Fiesta”, que es un disparate en cuyo mejunje se mezclan el inglés y un pintoresco español. En las películas del rey del western, John Ford, no suelen faltar los bailes y las borracheras. De ambas cosas serían testigos y quizá protagonistas los Pogues durante su estancia almeriense, pues hay en la letra de la canción menciones a la Feria de la ciudad (pronunciada Fería), que estaría celebrándose mientras estuvieron ellos allí como la citada letra testimonia, por ejemplo en esa alusión a las muñecas chochonas de las casetas de tómbola.
            ¿Qué buscaban los Pogues en Almería? ¿Qué perseguían en aquellos pasajes que remedaban con pobretería española los otros, imponentes, de Monument Valley? ¿Cuál era su quest? ¿Los dientes ya perdidos de Shane, esfumados antes de cumplir los treinta años y que dejaron en su boca un torturado paisaje con riscos erosionados y oquedades y cactus? ¿La sombra de Nathalie Wood, raptada por los comanches cuando era niña, el esplendor en la hierba, no el marchitarse en el secarral, como un verso desgajado de la oda sobre recuerdos infantiles de Wordsworth? Una vez me encontré en la barra de O’Donoghue’s, en Merrion Row, al miembro fundador de los Dubliners, Ronnie Drew. Allí, ante una pinta que él acababa y las dos de la ronda que luego pagué yo, y por testigos los billetes de dólar que paisanos de Ford habían ido dejando en la pared como un papel pintado, le estuve sonsacando sobre su propio viaje a España, veinte años antes que el de los Pogues. Ronnie, que al frente de su banda grabó con ellos el exitazo internacional “The Irish Rover”, enseñó inglés en Sevilla al tiempo que aprendía a tocar la guitarra flamenca. Del viaje de los Pogues apenas sabía nada. Si Shane le había contado algo, este debía de estar en su estado natural –muy bebido– y poco recordaba el no menos bebedor Ronnie, pero que siempre supo mantener la compostura.

(...)
            
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