martes, 9 de junio de 2015

Suroeste, 5





Suroeste. Revista de Literaturas Ibéricas publica en su número 5 algunos poemas inéditos míos. Aquí, uno de ellos:



LA POSTRACIÓN Y EL CANTO

                                            (El poeta)

Esta anemia del alma, esta lisura
de todo lo que pudo ser relieve.
La encharcada apatía, su bostezo
sin fuerza y que abandona a la mitad
–como todo lo deja a medio hacer
(hasta el abrir la boca)– la desidia.
Fuera, pájaros cantan. Primavera
ya va traspareciendo el calendario
con vagas filigranas que se aferran,
tinta fresca, a la página del mundo,
pero eso no le basta a su vacío:
aunque el sol distribuya su soldada
con monedas de oro y tintinee
entre todo el ejército del aire,
no luce el mediodía si él se apaga
y quema las jornadas perezoso
sin que les prenda fuego, permitiendo
que se haga cenizas este tiempo
que es papel de fumar, tan consistente
como el humo o las mótulas de polvo.

Las horas en que el sueño queda atrás
y parece lejana la promesa
de otro que pudiera rescatarlo
de esta total ausencia de apetito.
Somnolencia entre sueños dominados
por el insomnio que nunca pega ojo.
Una resaca sin haber bebido,
una debilidad fortalecida
por toda esta desgana que, resuelta,
ha tomado el poder de su anarquía.
Ya no hay nada que hacer: todo está hecho
por más que reconozca que no es nada.

El vano de la piedra de un molino
al que se acopla el eje que la gira
sacando de la pulpa el verde aceite
desde ese nombre denso: la almazara.
El surco que el estiércol coloniza
y luego brindará dones frutales,
el tiesto puesto al sol y vegetante
que al cabo elevará brotes y pétalos.
Un recoveco, un pozo cuyos límites
también forman la piel de la expresión,
pues gracias al reposo y su letargo
llega la juventud al que aguardaba
bajo la inercia, pleno de energía,
caudal cuando la presa cede y cae
con un furor de espuma despertada.
Esta fecundidad que de lo estéril
surge al rebotar desde la sima,
el cauce seco, senda de esa rata
–fatiga, acedia, angustia, flojedad–
ahogada en el agua del poema.

Funambulista, duerme en el alambre
y más desea el suelo que la red.
La indolencia no teme a la caída;
si acaso, a tener que levantarse
de nuevo inútilmente, como el alba
cuando ya la noche toca a su final.
Y, con todo, aprovecha la jornada:
la abulia lo confirma, porque el hombre
que, aun quieto y callado, laborando
está sin que se vea; el deprimido
que se abisma y que cede melancólico
a no hacer nada, mucho es lo que hace
si vuelve canto el ritmo de su pulso
sin tono, el vago espectro de un latido
remiso y fantasmal. Es el poeta:
quien vierte en el vacío que es su molde
el bronce al rojo vivo de su vida
fría, aterida, yerta, congelada,
y llena la oquedad con la sustancia
que da forma a su vez al hueco, al eco,
como el aire iracundo los pasillos
de una casa en que habitan los ausentes
y no queda un cristal en las ventanas.

El silencio lo es porque se dice
una vez ha acabado su silencio.
La inacción no es acción cuando termina,
que siempre el acto estuvo allí larvándose,
salvaje en la aparente mansedumbre.
Retrocede el columpio hacia adelante.
En la trinchera el héroe se agazapa
antes de que coseche la victoria.
En el pulmón vacío el aire siembra
el sueño de las velas desplegadas.
El arco inmóvil manda velocísima
la flecha, las rodillas se flexionan
para saltar más alto; en el ayuno
el estómago comienza su labor,
vigilia ante el banquete presentido.
Ahíto está el que el hambre padeciera.
En el vientre, invisible, el feto crece
lo mismo que el tubérculo, hasta el día
que dejen la placenta y los terrones
con un llanto de luz celebratorio.
El tiempo muerto es como ese blanco
que asedia la negrura de los versos:
un espacio que inútil se presenta,
una falta que es todo siendo nada,
el lienzo en que se posan las palabras.