lunes, 13 de julio de 2015

Bajo fuego amigo





Julio Martínez Mesanza (1955) es probablemente uno de los poetas más incómodos para el crítico de hoy. La impecable factura de sus poemas, con su sempiterno endecasílabo blanco, como la constante lluvia en una batalla antigua, las imágenes rotundas y también las atrevidas, su sabia sintaxis llena de ecos clásicos —y no sólo de la mejor tradición castellana, aún también de la grecolatina—, todo ello parece puesto al servicio insobornable de un extraño afán en el que lo religioso y lo metapolítico —una fe polvorienta pero viva, fronteras que no volverán, un proteico imperium— no son la contingencia de la actual iglesia de Roma ni el programa de partido o bandería de ninguna laya.
     Que un poeta, a las puertas del siglo XXI, hable del Salvador y de la añoranza de la guerra, resultará extraño. Que lo haga además con convicción y estilo, esto debe de ser imperdonable. Al Diablo, que sin duda existe, le gustará la poesía de Martínez Mesanza, porque al fin y al cabo habla de cosas que bien conoce: Dios, los vericuetos del alma atormentada, las guerras, las traiciones que hieden en puñales internos. Fangales y falanges son lo mismo. En los poemas de Martínez Mesanza, la victoria y la gloria son la meta ante la que se interponen y sobre la que vierten su lodo los pantanos del yo; y el caballero, el guerrero, el soldado, el peregrino, tienen como principal adversario —y aquí su épica se desgaja en lírica— a la voz de su propia Kundry: su ánima.
     Las trincheras, su última entrega hasta la fecha, ensancha su obra anterior, y goza de tres o cuatro poemas memorabilísimos que con la escolta de otras tiradas admirables y algún dístico y verso perfectos hacen que un lector escogido quiera engancharse a tan alto ejército y, voluntario suyo, batir las mismas páginas una y otra vez en el conocimiento de que aún ahí, tras sus filas, sus líneas, sus versos, se agazapa una resistencia terrible: “y, con todo, empezar otra campaña: / ver que la soledad que nos recibe / es nuestra estéril alma, que la yerma / lejanía nosotros mismos somos; / y que somos también el enemigo”. Hay composiciones que aportan la novedad de su extensión (alguna alcanza los 88 versos), muy superior a la que era habitual en las primeras entregas de Europa; igualmente, se percibe una mayor inclinación a la alegoría, que a veces coincide con el onirismo y con él se confunde en poemas como “Las tropas en el puente”, “El río” o “El peregrino” (“La torre y los cerdos” entra en la profecía con sus dos decenas de versos a los que gobierna el futuro). Sucede con la obra de este autor —y puesto que en su último libro aparecen por primera vez piezas de artillería— que muy fácilmente el lector suyo habitual cae bajo los obuses que el poeta dispara contra una hueste de fantasmas, quedando herido en su conciencia por las esquirlas del fuego amigo. Hablamos de proyectiles imantados para corazones de hierro. Al autor de Europa se le puede leer la primera vez por azar; a quien persevere, ha de perseguirle su misma gangrena para siempre.
     Ni teólogo ni estratega: hondo poeta de los conflictos del espíritu, Julio Martínez Mesanza es una voz hoy irremplazable de nuestra literatura. En la gaélica medieval se habla con frecuencia del “salto de los héroes”: el que éstos, como los venerados salmones de su mitología, dan contra la corriente. Calado hasta los huesos, Martínez Mesanza está cada vez más cerca del nacimiento del río.


(Publicado en Las líneas de otras manos, 2009)

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