sábado, 11 de julio de 2015

El mundo portátil de Benítez Reyes



Uno de los propósitos de abrir este blog fue convertirlo en una especie de archivo de publicaciones propias dispersas por suplementos y revistas. Iré dejando aquí algunas de esas páginas luego recogidas en mi libro Las líneas de otras manos. Esbozos de crítica literaria (publicado en la colección Textos Mediterráneos de la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, junto con el centro asociado de la UNED en esa localidad). Va aquí, sin cambiar una coma y ni siquiera el interlineado del original, esta viejísima reseña sobre una obra de un autor, Felipe Benítez Reyes, que no he dejado de seguir con creciente admiración:



EL MUNDO PORTÁTIL DE BENÍTEZ REYES



Felipe Benítez Reyes no está por lo místico ni tiene más religión que esa cábala mínima del alfabeto de nuestras letras latinas, esas que son también francesas, italianas, inglesas, castellanas, nuestras. Él cree, con la dosis necesaria de descreimiento, en el poder combinatorio de esos caracteres que, caprichos del destino y de la voluntad del hombre, pueden producir el tedio de un programa político, el pie de foto de una página de Marca o la novela única de Lampedusa.
   Y para este hombre poco dado a teologías, para este libro admirable, Gente del siglo, uno piensa si toda esa turbamulta que nos promete la portada no será del siglo en cuanto mundo, esa secularidad que pudo haber sido grave impedimento para la vida eternal en otras épocas. Estamos, efectivamente, ante gente de mundo, cosmopolita o no, gente que habita en esta ladera.
    A Benítez Reyes no le pediremos una paráfrasis de la Chandogya Upanishad o de Angelo Silesio, pero sí que le agradecemos esa manera sabia y ligeramente decadente, con su poquito de dandismo y otra pizca de ese cosmopolitismo peculiar suyo, irradiado desde su pueblo grande o ciudad pequeña de un Atlántico que no deja de ser totalmente Mediterráneo.
      Escritos durante casi tres lustros, los artículos, ensayos y alguna conferencia que componen este admirable libro anteceden y prosiguen esa entrega plural suya, Vidas improbables. En aquélla, la rebujina de unos poetas apócrifos, con su variedad de registros  —desde el estilo sereno y majestuoso de una oda espuria de Keats al estilete de un bardo canalla y navajero—, daba cuenta del abigarrado caleidoscopio del planeta literario que Benítez Reyes contempla desde ese privilegiado observatorio suyo, su tan bien amueblada inteligencia. Aquí, no menos inverosímiles escritores y artistas, esta vez de carne y hueso, aunque muchos ya hace tiempo más huesos que carne, componen estampas inolvidables como “Bernabé Fernández-Canivell y el espíritu de las letras”, que debería ser pieza antologada en todos los libros de lectura de primaria (en la ESO, ya no saben los chicos leer). Aquí, en fin, un abanico de lucimientos de un dotadísimo autor que brilla con gran finura en el humor y que posee un certero estoque para el duelo: uno no querría estar en el pellejo de los santones a los que deja en cueros con sólo un giro de su muñeca y su esgrima, de los gigantes a los que la vara mágica de su prosa corta las alas y les da pies de barro.
     Dejando ahora al margen su obra narrativa, su prosa articulística y su verso guardan un peculiar equilibrio a ambos lados del fiel de su escritura. Si su poesía hasta hoy ha sido voluntariamente fría  —con ese relente de la madrugada escéptica que al protagonista poemático sorprende tras la farra, léase la juventud—  su prosa se enciende con más alta temperatura y con no menos escepticismo a veces, pero casi siempre con una mayor dosis de apasionamiento, ya sea en el laude o la sátira, ambos raros en sus casos extremos, pues por lo general es muy elegante su decir sin disonancias.
        En uno de estos textos se cita a Rayuela, ese libro que se lee según los saltos y ganas que se quieran dar, que se tengan. Esto también tienen los libros de buenos artículos, que no necesitamos un Virgilio que nos guíe por infiernos o purgatorios que no nos plazcan; que podemos picotear directamente a nuestro gusto y capricho —con el vago orden de la curiosidad, de la morbosa bilis o el afecto— todos los frutos de un paraíso impreso como éste, que no otra cosa es Gente del siglo.

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