miércoles, 15 de julio de 2015

TRÍPTICO DE LA TARDE





I

SOLO EL ECO

Cuando llega un momento en que la música
se detiene y permanece solo el eco,
reverbera la voz: un embeleco
que aún engaña con su magia rúnica.

Aunque luego la ultrajes con tu rúbrica,
abriéndose camino por el hueco
van torpes gotas por el cauce seco.
Nada que iguale a la primera y única.

¿Desde qué diapasón vienen las notas
con fatiga arrastrándose, cansinas?
En el antiguo eje ya no rotas

y a trompicones caes y caminas.
Con esos sones del ayer azotas
estrofas que se vengan asesinas.



II

FIN DE TRAYECTO

No permitas que nadie te lo cuente.
Descúbrelo tú mismo, pon la antena:
acepta que, vacía, la alacena,
al río vierte polvo el afluente.

No tortures papel inútilmente
como un ave que pica entre la arena
llevándose hasta el buche solo pena
de no catar insecto ni simiente.

Si el silencio te vence, la testuz
baja, y jamás pregones los despojos
de unas palabras mondas, ya sin luz.

Que no emborronen, turbias, otros ojos.
En el cuaderno cerrado haz una cruz.
Si no son flores, quema los rastrojos.



III

PARA UNAS POESÍAS REUNIDAS

Cuando todo parece estar de sobra,
llega un momento en que el motor se para.
Atrás vuelves, cansado ya, la cara;
delante, esa vereda: tu zozobra.

Por inercia, la inventiva maniobra
aún, pero la Musa es tan avara
que calla, silenciosa, la algazara.
Uno es el albacea de su obra.

Solo queda decir un padrenuestro
por ese fallecido que escribía
y nos toca de cerca, es algo nuestro;

para siempre dejar la cacería
con la mojada pólvora del estro.
Llevar el testamento a notaría.





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