martes, 22 de septiembre de 2015

"Amore di lontananza"





Corta y triste fue la vida de Antonia Pozzi (Milán, 1912-1938). Como Plath, como Storni, como Lispector, murió suicidada, después de unos amores frustrados con un profesor (el interlocutor de ese poema estremecedor, "El niño en el paseo", donde Antonia se imagina al niño que tendrá con él).
Herme G. Donis ha seleccionado sus poemas, y los ha traducido y prologado con cercanía, rigor y sensibilidad para Impronta, aportando incluso materiales que habían permanecido mucho tiempo inaccesibles. De todas las dobles páginas del libro (el italiano invita siempre a la edición bilingüe y su lectura), me quedaría, por su belleza, con la que componen la 32-33. Seguramente los especialistas lo hayan señalado, pero a mí me parece que este poema no solo tiene el sentir, también doliente, de Leopardi sino hasta su escenario, y palabras que abrochan inevitablemente a su recuerdo: esas colinas (colline y colli aquí, allí colle), ese mare en el último verso en ambos casos.
Fechado el 24 de abril de 1929, el poema dice así (primero el original, luego la traducción de Herme G. Donis):

AMORE DI LONTANANZA

Ricordo che, quand'ero nella casa
della mia mamma, in mezzo alla pianura,
avevo una finestra che guardava
sui prati; in fondo, l'argine boscoso
nascondeva il Ticino, e, ancor più in fondo,
c'era una striscia scura di colline.
Io allora non avevo visto il mare
che una sol volta, ma ne conservavo
un'aspra nostalgia da innamorata.
Verso sera fissavo l'orizzonte;
socchiudevo un po' gli occhi; accarezzavo
i contorni e i colori tra le ciglia:
e la striscia dei colli si spianava,
tremula, azzurra: a me pareva il mare
e mi piaceva più del mare vero.


AMOR EN LEJANÍA

Recuerdo que cuando estaba en casa
de mi madre, en mitad de la llanura,
tenía una ventana que se abría
a los prados; al fondo una frondosa barrera
escondía el Ticino y, todavía más al fondo,
aparecía una oscura franja de colinas.
Yo, entonces, solo había visto
una vez el mar, pero mantenía
una amarga nostalgia de enamorada.
Hacia la tarde, miraba el horizonte,
entrecerraba un poco los ojos, acariciaba
los contornos y los colores entre las pestañas
y la línea de colinas se alisaba
trémula, azul. Me parecía el mar
y me gustaba más aún que el verdadero.