domingo, 18 de octubre de 2015

El final del poema




Hay que prestar especial atención –cuidado– al final del poema.

Tras el vuelo, el viaje a las alturas, el momento de posarse es delicado. Hay que desplegar los alerones, descender con cautela y aplomo a lo inferior de la página: el renglón, el verso último que es la pista de aterrizaje.

El final del poema ha de ser suave, y casi imperceptible. O brusco de travesura y cerval, un efecto para inyectar una dosis de emoción calculada en el pasaje, porque no hay nada como salir indemne de un riesgo, cierto o figurado.

Y como en los vuelos de antaño, cuando la técnica era aún maravilla y milagro, ha de suscitar –aunque sea el silencioso del lector a solas– un aplauso –aun callado–  por un pilotaje diestro y seguro.

Luego, en tierra, ya está uno entre los suyos o en lugar extraño (si es que no se hace escala de inmediato hacia el siguiente vuelo o hacia una cadena de ellos: nuevas páginas, aeródromos sumados, hasta el colofón del libro).

3 comentarios:

anónimo dijo...

Reconozco que estoy muy poco de acuerdo con lo que aquí se dice. Recuerdo lo que decía Cernuda, criticando una frase de Nieztsche (en "El viajero y su sombra"), según la cual lo que hace el creador es "danzar en cadenas" ("Tanz in Ketten"), es decir, someterse a las dificultades de la forma para vencerlas con airosa gracia. Preguntaba Cernuda: "si danza, ¿para qué cadenas? Si cadenas, ¿para qué danza? ¿Y es que acaso el poeta es un danzarín?". Ni al lector ni a la poesía le importan, en mi opinión, las dificultades que el poeta haya tenido que vencer o los riesgos corridos -eso es cosa exclusivamente suya- sino el resultado, el poema, el aeropuerto al que haya llegado. Lo otro es, desde mi punto de vista, la tentación de convertir el poema en una especie de pedestal propio, de pasarela para el lucimiento de nuestras habilidades; cosa que, sobre parecerme del todo impertinente, pienso que ahuyenta a la poesía, o cuando menos reduce (y empobrece) decisivamente su espacio. El final del poema debe estar escrito, tal como yo lo veo (y todo el resto de él, por cierto) de acuerdo con lo que el poema necesita, no para que aplaudan o admiren al autor. No es él lo importante; y si el lector no piensa en él ni por un instante, no importa nada, siempre que el poema (que hace SUYO en la lectura) sea para él algo que vale la pena. Eso es lo que cuenta, creo. De lo otro podemos, o yo al menos, prescindir con toda tranquilidad.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, de veras, por el comentario, pero me temo que la extensión y la gravedad de su glosa son inversamente proporcionales a su comprensión de mi texto y la deseada ligereza de este. No importa, será culpa mía, pero hágame el favor de leerlo de nuevo, por si ya está algo más de acuerdo con la importancia del aterrizaje, del final del poema, de la conveniencia de medir un efecto; pues el final es una puerta de salida, no una parte más del pasillo, aunque el conjunto sea un todo orgánico. Ah, y si desea replicar a este comentario cordial al suyo propio será de agradecer que firme con su nombre, si es tan amable.

anónimo dijo...

Nunca lo hago, lo de firmar con mi nombre; sobre todo por timidez, pero también porque mi nombre es algo conocido (tampoco excesivamente), y prefiero que mis opiniones se valoren por ellas mismas, y no por la idea que pueda tenerse de quien las firma.

La importancia del final, en un poema, me parece imposible, o al menos dificilísima, de exagerar: es decisivo. Pero no es de eso de lo que yo hablaba, sino más bien de lo que Borges dice, en el prólogo que escribió para una antología de la poesía de Quevedo preparada por él. Copio: "El defecto esencial de lo barroco es de carácter ético; denuncia la vanidad del artista". Creo que es una advertencia muy justa, y no aplicable sólo a lo barroco.

Si mi anonimato impide la publicación de esta respuesta, no importa: me basta con que la lea usted. Me gusta repetir la frase de Séneca, en la VII de sus "Cartas a Lucilio" -él la da como anónima, pero no soy el único en pensar que probablemente es suya-; como alguien reprochara a un escritor que se tomase un gran trabajo en detalles que, en el mejor de los casos, sólo muy pocos apreciarían, éste respondió: "Me basta con esos pocos, me basta con uno, me basta con ninguno". Digo lo mismo.