jueves, 12 de noviembre de 2015

Algunas lecturas



Andaban muchos lectores de poesía (es decir, pocas personas) revolucionadas porque estaba anunciada una nueva edición, ampliada, de los diarios de Jaime Gil de Biedma. Tampoco era para tanto, y en cuanto a opiniones literarias no hay gran cosa que celebrar como nueva. Del diario de 1956, ahora leído con actitud de cazador de datos ante un trabajo en el que ando empeñado, me ha llamado la atención algo que no recordaba, la mención a Juan Eduardo Cirlot, que les dio a leer a él y a Barral lo que Gil de Biedma (que ahora desearía escribir poesía con la métrica del Poema de Mío Cid y sextinas) llama poemitas, que son un "estupendo descubrimiento del Mediterráneo": debe de referirse a Cristo Cristal y El Palacio de Plata, porque cita a Schönberg, cuyo atonalismo está presente en esos poemas como Cirlot nunca se cansó de pregonar. 
     Sobre Schönberg, tan presente en la obra de Cirlot, he encontrado recientemente un epigrama en una colección de versiones y composiciones propias de Martín Zubiría, catedrático de Filosofía Antigua y de Metafísica de la Universidad Nacional de Cuyo, en Argentina. En Nártex (Editorial Brujas, 2015) Zubiría escribe en hexámetros algo que habría suscrito el autor de Bronwyn. En el epigrama CIV, "Música de Schönberg" leo, en eco de Platón, que como señala Zubiría decía en la República que lo bello es "verdaderamente" difícil:

Cierto, es difícil lo bello si huye lo rancio y manido.
Fácil en cambio decir: ¿Y este infernal guirigay?

     Del hexámetro grecolatino, a una forma japonesa pasada por la España popular. En Un estanque de carpas amarillas (de la luna libros), Marino González Montero, además de haikus (y tankas) crea lo que bautiza como "haikucoplilla". La segunda de sus tres partes es esta:

          El pez que yo soy
          se transforma en un hombre
          cerca del agua.

      Su libro, dividido en cuatro secciones ("Verano", "Otoño", "Invierno y "Primavera") me hace tomar de la mesa de novedades Cuatro estaciones, del griego Costas Mavrudís, en edición bilingüe de Vicente Fernández González para Pre-Textos. El primer poema evoca noviembre de 1956 (sí, ese año tan de Gil de Biedma) con los tanques soviéticos en Budapest. Otro recuerda a García Lorca en un retrato de 1930 en que la brillantina "como el fervor sigue brillando única" (en realidad, con palabras dichas de forma cortada, una por verso). En una composición más, Mavrudís rescata de la memoria la visita del médico a un niño ("hace mucho tiempo, / tanto que dudas / de la exactitud con que se transmite.")
     No es el único doctor ni el único poeta griego que recientemente nos llega. "La sala de espera del dentista" es uno de los poemas de Nuestra nevera, de Petros Stefaneas en edición también bilingüe de Jara Calles en la mallorquina editorial Sloper: "En la sala de espera del dentista / Hay varias sillas negras / Y un sofá rojo de dos plazas / Por lo general, hay sólo un paciente o ninguno" Al cabo de un rato cesa el ruido y se abre la puerta, queda libre esa plaza y... Pero aquí se cierra esta entrada, que llevo yo ya demasiado tiempo ante la pantalla y no tengo ganas de acudir antes de lo previsto al oftalmólogo.