miércoles, 11 de noviembre de 2015

Cela sobre Baroja





Como el tiempo vuela, nos dribla y se escabulle para no volver (lo que regresa, si es que no viene por vez primera, es siempre un tiempo nuevo), nada de menos vigencia que lo actual; nada como lo inactual tan vigente. Aunque se haya recuperado estos días una novela póstuma del ideador de Zalacaín el aventurero, la aparición simultánea de Recuerdo de don Pío Baroja, un batiburrillo de textos, no obedece a coyuntura o efeméride alguna (a pesar de que se avizore el centenario de Cela el año próximo).
      Hay repeticiones en estas páginas: ese "oso vascongado", ese "yo no tengo la costumbre de mentir", alguna anécdota. Pero no importa, ¿quién no se reitera cuando a lo largo de décadas es fiel a una misma devoción? Leemos aquí una conferencia, una entrevista deslavazada, un prólogo al volumen de cuentos Vidas sombrías, artículos en el periódico Arriba (incluido uno que no dejó pasar la censura). Esta carta abierta llama la atención por ir dirigida al rey de Suecia pidiendo el Nobel de Literatura para Baroja, precisamente por alguien que lo obtendría muchos años después.
       Francisco Fuster ha reunido estas páginas dispersas para Fórcola. Se leen en un par de ratos, pero hacen más intenso ese tiempo. Escribe Cela aquí que "las fuerzas vivas, en sus numerosos ratos de ocio, suelen arbitrar levantar estatuas a los muertos a quienes, en vida, procuraron hacer la vida imposible." Al lector privado lo que le dan ganas con este libro es de levantarse él mismo, en cerrándolo, y tomar de su biblioteca para releerlo un volumen de don Pío, ese sedentario amante de la acción. Eso sí que es fuerza viva y lo demás, gaitas.