sábado, 14 de noviembre de 2015

Un viaje a la China




Para empezar, me gusta que Toni Montesinos emplee ese nombre que han querido oxidar, Pekín, en vez de esa tontería moderna, Beijing, que quizá sea pertinente allí a causa de revoluciones, reformas y remilgos por llamar a las cosas por su nombre, pero que en España es signo de esnobismo y falta de criterio. Pero eso es una manía mía. Y en este libro, Los tres dioses chinos (Fórcola), hay muchos otros aciertos además de ese sin importancia, gracias a la capacidad de observación de su autor, que corre pareja con su capacidad para contar de manera atractiva las cosas.
     Aparecen aquí el Tintín de El loto azul, reflexiones de Montaigne, los atascos y la contaminación, las amazonas que recorren en bicicleta calles que no conducen al corazón de quien las contempla, la censura ejercida por el régimen comunista, las antiguas edificaciones religiosas, Borges conferenciante sobre el budismo... También hay saltos a Xian, Shanghái y Hong Kong, más un inicio en Nueva York. 
     En Zhouzhuang, el viajero halla, templos, pabellones, jardines, una imagen del paraíso o al menos de una belleza que atesorará: "Dragones fusionados con el tejado esquinero de las pagodas, senderos serpenteantes entre árboles de diferente especie, un estanque superpoblado de peces naranjas: una sorpresa tras otra, sabiamente diseñadas detrás de cada curva para que la armonía no desentonara con la capacidad de asombro." 
    Un viaje literario no es solo la embajada a otro lugar, el asombro; sobre todo es la relación, la crónica, elevada al monarca que para quien escribe no es otro que el lector. Tirando de Graham Greene (citado en estas páginas), de Toni Montesinos podemos decir con orgullo que durante unas semanas de 2013 fue -y gracias a la literatura sigue siendo, sin perder las cartas credenciales- "nuestro hombre en Pekín".

1 comentario:

anónimo dijo...

No muy de acuerdo con la "manía" en cuestión. Los cambios en la transliteración de nombres chinos (no en los nombres mismos, sino sólo en su equivalencia en una lengua occidental) se deben básicamente, a lo que entiendo, a que hasta hace poco habíamos adoptado tal cual la transliteración que nos venía de otros idiomas, francés o inglés normalmente, de donde solían traducirse en su momento los textos y las noticias de origen chino, a falta de especialistas patrios. Es el mismo caso que el de llamar "Moscú", a la francesa, a la ciudad que históricamente se llamaba Moscovia, transliteración mucho más ajustada al original ruso -el río a cuya orilla está se ha llamado siempre "Moscova". Piense en la obra de Lope "El gran duque de Moscovia", por ejemplo.