sábado, 19 de diciembre de 2015

Alicia en el país de las conmemoraciones



Se han cumplido este año los 150 de la publicación de Alicia en el país de las maravillas, Alice in Wonderland, la historia de la niña ociosa y aburrida que no sabe qué hacer para matar el tiempo y del Conejo Blanco siempre mirando el reloj y diciendo lo tarde que es, llevado por la prisa. Es una novela de opuestos, de dualidades, de desdoblamientos (que se subrayarán en la secuela, A través del espejo). Así, la protagonista se pregunta: “¿Comen murciélagos los gatos?”, “¿Comen gatos los murciélagos?”. Y queda de manifiesto que no es lo mismo comer lo que se ve que ver lo que se come.
Alicia se da consejos y se ríe de sí misma, pues le gusta fingir que es dos personas al mismo tiempo, y en parte lo es, además, con esa elasticidad de su tamaño que la hace hermana o prima de Gulliver. Ella, por ejemplo, resbala y cae a lo que cree el mar, para darse cuenta al poco de que en realidad se trata de las lágrimas que ella misma vertió cuando había aumentado de tamaño. Esas escalas cambiantes están emparentadas con el absurdo: al cabo de un rato de estar entre animales, a Alicia le parece lo más natural hablar con ellos, “como si los hubiera conocido toda su vida”. A fin de cuentas, ¿qué es lo que salva a Alicia cuando la reina ordena que la decapiten? Que la niña dice Nonsense, absurdo, bobadas, pamplinas, paparruchas, tonterías… y la reina se queda callada.


Alicia Liddell retratada por Lewis Carroll

            Lewis Carroll (1832-1898) fue matemático y lógico. Estudiante brillante, fue becado por el colegio universitario donde había estudiado, el Christ Church College de Oxford, y luego continuó allí como profesor, siguiendo una carrera académica que, según las estrictas normas de la época, exigía no contraer matrimonio. En el colegio solo le estaba permitido el matrimonio al deán, que en tiempos de Carroll era Henry George Liddell, quien tenía tres hijas que habitaban en las habitaciones de este en el venerable edificio. Carroll (en realidad Charles Lutwidge Dodgson) no tuvo inconveniente en resignarse a la soltería, y su ánimo introvertido, seguramente impulsado por el tartamudeo que padecía, lo orientó hacia una vida de estudio, que dio como fruto varias obras de lógica y matemáticas que firmó con su propio nombre. El nombre hoy conocido en todo el mundo lo reservó para su obra de ficción, que surgió se puede decir que de manera fortuita. Veamos primero ese seudónimo, con el que ya juega con su nombre y los espejos.
            Cuando tuvo que elegir un nombre que figurara en la cubierta de Aventuras de Alicia en el país de las maravillas, Dodgson utilizó su nombre de pila, Charles Lutwidge y lo pasó a la que sería su forma en latín: Carolus Lutdovicus. A continuación, y en un recorrido inverso, invirtió el orden del nombre compuesto y ese resultante Lutdovicus Carolus, lo metamorfoseó, como un bumerán que vuelve, en el inglés Lewis Carroll. Pues bien, Carroll se hizo amigo de las hijas de Liddell, en particular de la mediana de ellas, Alice, y las frecuentó, haciéndolas partícipes de su pasión por la incipiente fotografía, en las que él fue una de las figuras más destacadas de aquella Inglaterra victoriana.
            No solo retrató a las niñas y a otros pequeños, sino también a adultos, como los señalados poetas Dante Gabriel Rossetti, su hermama Christina y Alfred Tennyson, o el pintor Millais y su familia. El 4 de julio de 1862, Carroll y un amigo dieron un paseo en barca, en compañía de las hermanas Liddell, por los alrededores de Oxford. Era una tarde calurosa, tranquila, aburrida incluso, y para entretener a las niñas Carroll empezó urdir un relato, lleno de elementos fantásticos.
            Tan entretenidas quedaron sus jóvenes acompañantes ante esa sucesión de aventuras que Alicia le pidió luego que las pusiera por escrito, que quería leerlas. Y así fue como, haciendo un ejercicio de memoria, pues la historia había sido improvisada, Carroll redactó el libro que hoy conocemos, que pasado un tiempo dio en ejemplar manuscrito, y con ilustraciones suyas, a su pequeña amiga. Algún adulto que lo vio quedó, valga la redundancia con el título, maravillado, e instó a su autor a que lo publicara, idea ante la que este fue al principio remiso. Solo cuando el hijo de ese amigo leyó la historia, y demostró un vivo interés, se animó Carroll a darla a la imprenta . Fue así como en 1865, y con ilustraciones de John Teniell, exitoso caricaturista de Punch, el libro fue publicado con gran éxito y ha alcanzado a día de hoy innumerables ediciones.
Alicia, como se disfruta de verdad, es de adulto: cuando, por ejemplo, se ha estudiado latín y sus declinaciones (así, el caso del vocativo al dirigirse a un ratón). Adultos que han recuperado a Carroll en sus obras son Borges, que le dedicó una prosa relacionada con ese ámbito que para él era tan real, el sueño; Eliot, que tomó de uno de los personajes el título de una colección de versos primeriza, Invenciones de la Liebre de Marzo, o (y esto lo sé bien, porque yo la traduje) la novelista sudafricana Ann Harries, que lo hace personaje de su novela El Coloso, junto con otros destacados escritores de la Inglaterra del XIX como John Ruskin, Oscar Wilde y Rudyard Kipling, autor de ese otro libro canónico de la literatura infantil que es El libro de la selva.
Este diciembre, 150 años después de su publicación, está siendo un mes muy benigno, de suaves temperaturas, seco. Naranjos hay que tienen incluso azahar, y todos en las calles de Sevilla, porque no veo que se haya recogido el fruto, están grávidos de naranjas, las naranjas que se exportan a Inglaterra para hacer con ellas la célebre mermelada de naranja. Pues bien, en Alicia en el País de las Maravillas hay una alusión a esta mermelada con sabor sevillano justo al comienzo de la obra. La naranja amarga (Citrus aurantium) le da un sabor especial a esta mermelada o compota, confeccionada, entre otras, con las recolectadas del arbolado público de la capital hispalense, y no sé si de la provincia.
Son muchas las referencias a la mermelada de naranja: por ejemplo, el 22 de julio de 1777, Samuel Johnson escribió a Margaret, la esposa de su fiel amigo James Boswell, para agradecerle el envío de un tarro de esta mermelada, ya anunciado en abril. Aparece en la Vida del doctor Johnson. En algún lugar se refiere que en el viaje que ambos realizaron a las Hébridas les fue servida en alguna casa escocesa, pero aunque he traducido el libro (próximo a salir en Pre-Textos) no recuerdo ahora el caso.
        Se lo he contado a los chicos del instituto de Peñaflor en un teatro rodeado de naranjos y cuyos troncos estaban encalados como una página de respeto de Alicia o de cualquier otro libro (que eso es la obra de Carroll: un monumento a la imaginación).


Rodeada de naranjos, la iglesia de Peñaflor (Sevilla), tras la charla de ayer a los chicos  de Secundaria


1 comentario:

SUSANA BENET dijo...

Muy interesante toda la información acerca del fantástico cuento y de cómo fue improvisado. El rostro de la Alicia real es tan encantador como el mismo cuento. Saludos,