viernes, 4 de diciembre de 2015

Orquesta de desaparecidos




Ya me gustaría a mí que tan estupendo título fuera mío, pero le pertenece, con todas las páginas memorables a las que presenta, a Francisco Javier Irazoki.
       Orquesta de desaparecidos es un libro de prosas de recuerdos, una suerte de Ocnos del Cántabrico que, al igual que el de Cernuda no se agotaba en Sevilla, este también da saltos a Madrid o París. Irazoki evoca, que es llamar del pasado, y lo hace con expresión cuidada y por lo general de una gran belleza. Se acuerda de escritores como Eloy Sánchez Rosillo, Fernando Aramburu, Leopoldo María Panero, Ramiro Pinilla, Gao Xingjian, pero también de músicos. Hay estampas maravillosas de la hermana, de las tierras vascongadas, de la inclemencia de las grandes ciudades y también de su capacidad de acogida. De la vesania terrorista en los años más duros del terrorismo de la ETA: "Para algunos, quizá el crimen político no pasó de ser una droga recreativa; una ebriedad de espirales y círculos que, en lugar de extender las percepciones, reducía los espacios mentales."
     "Ladrón de palabras" testimonia la obtención del tesoro más preciado para un escritor, en su caso mediante el hurto infantil de un diccionario. Escribe Irazoki que lo acometieron entonces malos sueños, y presenta plásticamente la vinculación onírica, bajo el peso de la culpa, de voces y acciones. Qué maravilloso este párrafo: "En otras pesadillas, el placer de descubrir la palabra tundra contenía la sombra de mis amigos atrapados en el hielo y en el musgo. Sus cuerpos rodaban por una ladera en el vocablo alud. O padecían sed cuando me alegré por el conocimiento de la vos estepa. Escribí frases cuyos significados se hundían si pensaba en los compañeros de escuela a los que privé del libro."