jueves, 24 de diciembre de 2015

Quizá el fervor



Miguel Floriano
(Fotografía de Guillermo Pérez-Moya Fernández-Coronado)


De entre las voces nuevas que vienen apareciendo desde hace algunos años, muchas de ellas gracias a la editorial La Isla de Siltolá, la de Miguel Floriano (Oviedo, 1992) es una de las más poderosas. Tratado de identidad, de este mismo año 2015, ya lo indicaba. Quizá el fervor lo confirma. Junto a momentos en los que se ve que aún está formándose, hay otros que demuestran que su poesía ha alcanzado una perfección rara para su edad; quizá el secreto de ello haya que buscarlo en que Floriano estudia el Grado en Lengua Española y sus Literaturas, y que acarrea un bagaje más que considerable de lecturas, de las que saca partido en poemas tan  espléndidos como "Lope revive, escribe unos versos y se vuelve a su sepulcro." Los estudios, con todo, no garantizan sin más la calidad poética, y la obra de Floriano no se limita a la imitación sino que es capaz, simultáneamente, de ser culta, divertida, grave, ligera.
     Dividido en tres partes precedidas de una obertura, el libro alcanza casi los cincuenta poemas, varios de ellos sonetos, como el  fino "Desde el centro" o el desenfadado y lleno de bien trabados encabalgamientos "Soneto para los padres del poeta". La coda "Madre Justicia" es, para mi gusto, una de las mejores composiciones del conjunto, sabiamente colocada en su posición final y con esa declaración, con reverberaciones de Keats (otro joven que ha cumplido los doscientos años): "Que ninguna verdad muera en mis labios."
     "Todo hombre / es títere y estafa de sí mismo", escribe Floriano en "De poeta a poeta", dedicado a su novia Candela de las Heras. Él no es muñeco, marioneta: maneja con mano firme su escritura y lo que esta da no es estafa, sino ya valiosas realidad y promesa.