miércoles, 2 de diciembre de 2015

Salve, Barbarella





Casi mil páginas y algo más de un millar de cartas recoge este volumen de la correspondencia de Gabriele d’Annunzio (1863-1938) con su amante Elvira (Barbara) Leoni, una malcasada ávida del verdadero amor (como él, que había tenido con otra mujer unas nupcias de conveniencia). D’Annunzio fue un ser excesivo en casi todo; también en el amor, o por mejor decir pasión: tempestuosa, arrolladora, llena de cimas y de simas. A d’Annunzio no le basta despedirse con un “Tuyo”. Tiene que decirlo por triplicado, como una contrafigura de san Pedro y sus tres negaciones: “Tuyo, tuyo, tuyo.” Con triunvirato verbal, lo mismo dice: “¡Ah, bella, bella, bella!” Escribe con la velocidad que se le supone al abanderado del futurismo, raudamente, y cuando le cuenta al objeto de sus zozobras y delectaciones cómo lleva un libro le anuncia que prevé la escritura de cien páginas en menos de una semana.
El escritor, militar a la sazón, tiene que hacer frente a guardias, arrestos, imprevistos que le impiden abandonar el regimiento e ir el encuentro con la amada; pero cuando se unen –ah, amigo cuando se unen, y digo esto en plan decimonónico, como lo son estos billetes, misivas, epístolas fechados entre 1887 y 1895, con una última carta rezagada de 1907– cómo vibra. Las ondas de ese diapasón aún vibran en estas páginas. También en algunos casos tenemos las cartas de Barbara.
Él firma las más de las suyas como Ariel, una forma apocopada de su nombre, o magnificada, según se mire, porque así se llama el espíritu aéreo de La tempestad, el último drama de Shakespeare. En un libro suyo, Crónicas romanas y autorretrato, cuenta la visita al Cementerio Inglés, donde están las tumbas de Shelley y de Keats. En una de las cartas también refiere la belleza del lugar, y en otra se hace eco del Endimión del segundo: ese a thing of beauty is a joy for ever; en otro lugar se acuerda de La Belle Dame sans merci. Amelia Pérez de Villar ha traducido, introducido y anotado el epistolario para Fórcola, desvelando sus referencias, fijando el contexto de esta relación amorosa. No dejaría nunca de escribirte es el título. Pero las cartas cesaron, con la ruptura, como lo encendido busca la aliteración con las cenizas.
A ratos empalaga, satura este amor tan reiterativo. Y sin embargo, pocas veces tiene uno ocasión de asistir, tan al desnudo, al corazón de un autor de genio, uno de los mayores escritores italianos del siglo XX, que ya daba excelentes frutos en las postrimerías de la centuria anterior. 

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