lunes, 28 de diciembre de 2015

Un hombre bueno



El 23 de diciembre, cuando todo el mundo se apresta a celebraciones, murió el escritor sevillano Íñigo Ybarra. Los mejores siempre se marchan con la lección de su bondad. Y qué bonhomía, para la que parecía estar hecho el verso de su paisano Antonio Machado, la de Íñigo, un hombre "en el buen sentido de la palabra, bueno". Muy enfermo, publicó su última columna la víspera de su muerte. 
     Yo lo traté poco, a saltos en la presentación de algún libro, en algún acto, varias veces en la tertulia del restaurante Robles de la calle Placentines, la misma tertulia que frecuentó el también llorado Vicente Tortajada, junto con José Daniel M. Serrallé, Manuel Gregorio González, Mario González Reina, Ignacio F. Garmendia, Javier González-Cotta, Ignacio Romero de Solís y otros. Siempre me pareció amable, educado, caballeroso. Humilde. Lo han recordado en necrológicas muy sentidas Luis Sánchez-Moliní, Manuel Gregorio González o Fernando Iwasaki (en la reproducción de arriba), que lo ve "como un Montaigne sevillano, en la fastuosa biblioteca de sus mayores". Y estoy seguro de que vendrán más. El lunes, tal día como hoy, era cuando colaboraba en Diario de Sevilla. Lo vamos a echar de menos, porque en este mundo que él ha dejado atrás no andamos precisamente sobrados de bondad.