domingo, 24 de enero de 2016

El día a día de Hilario Barrero





Esperaba con impaciencia la aparición de este tomo de los diarios de Hilario Barrero porque aunque uno ya ha salido en otros diarios, con nombre real o embozado, la anécdota contada oralmente por Barrero al conocernos ya prometía. Y no me ha defraudado ese perderse suyo en un hotel de Nueva York buscando el de nuestra cita, cerca de la Biblioteca Pública y la estación de Grand Central. Pero como él lo cuenta estupendamente y esta entrada trata de su libro, no de las andanzas propias (o mejor sentadas: tomando vino y leyendo), mejor comento aquí esos Diarios (2012-2013).
     Quien haya leído entregas anteriores y conozca al autor sabrá que aquí va a encontrar muchos conciertos de música clásica y representaciones de ópera, las calles de Brooklyn o de Manhattan, los viajes durante las vacaciones académicas a Toledo o Asturias, más a algún otro lugar de la península, las interioridades del mundo universitario norteamericano... Hay aquí, efectivamente, eso y mucho más: confesiones de amor, traducciones de breves poemas (varios de Emily Dickinson), anécdotas sabrosas y relatos desasosegantes. También condensada prosa poética. Y algunos juicios literarios, como este que anota tras ser invitado a presentar una obra suya en el Museo del Vidrio, en Málaga: "¿Acaso la poesía no es una pieza de cristal fino en que la luz respira, la luz se corporeiza y la palabra se refleja?"
     El martes 23 de abril de 2012 le da, no para hacer una reflexión ceremoniosa en torno al libro, sino otra, lírica, sobre el trascurso del tiempo. Todo lo que anota en esa fecha es esto: "Eres joven, tu boca huele a rosas y quema tu sonrisa. Eres el mediodía de tu sombra. Ayer las flores de tu prisa gobernaban el reino de la altura, encendían los árboles, incendiaban las ramas, exactitud de pétalos. Eras el perfecto atardecer, la noche completa. Nunca la sangre tuvo tanto poder para ser río. Eres viejo. Desprendidas las flores alfombran hoy la calle, pequeñas mariposas libando en el asfalto su condena." Sobre juventud y vejez escribe también más adelante una de esas frases que, aun rondada por otros, es aquí inmejorablemente fijada: "Cuando uno es joven no le importa vivir en apartamentos oscuros y lóbregos porque le sobra luz y vida, cuando uno se hace viejo quiere vivir en apartamentos luminosos porque le sobran sombras." 
    Destacaría también otra fecha emblemática de ese mismo año: el 1 de mayo. Lo que consigna en esta ocasión es un ejercicio de traducción, llevado a cabo primero por Robert Lowell en Imitations y luego por el propio Barrero al verter -es decir, devolver con no poco trasiego a su vasija- el poema al español. 
     Hay varias historias tristes en este volumen. Quizá una de las que más lo sea es la del profesor oriental (pág. 55 y siguientes) que comienza con éxito la carrera profesional, dando satisfactoriamente los pasos hacia un puesto fijo y reconocido, y que enferma de gravedad, yéndose al traste su futuro académico. Aparecerá más adelante, en la página 160, y su situación, bien contada por Barrero, no puede sino producir congoja y rebeldía ante un sistema social que soslaya hacia el terreno de la caridad y el sacrificio altruista lo que es de justicia.