jueves, 28 de enero de 2016

Recuerdo de William Caxton




Tiene la gentileza Javier Jiménez, el editor de Fórcola, de enviarme los libros que publica, de los que aquí me ocupo no tanto por recíproca cortesía como porque realmente me interesan sus temáticas. El más reciente que ha desembarcado en la cabeza de playa de mi mesa es Los enemigos de los libros. Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías, del erudito inglés William Blades (1824-1890). Traducido por la laboriosa Amelia Pérez de Villar y con prólogo de Andrés Trapiello y epílogo del propio editor, la obra es, mediante la denuncia de los que dañan los libros,  una apasionada apología del mundo impreso, que fue el de aquel especialista en el impresor y comerciante de incunables William Caxton.
      Caxton es para mí una figura muy querida, y una fecha ligada a su persona una de las pocas que recuerdo de la larga historia de la humanidad. 1485 fue, en efecto, el año de edición de Le Morte d'Arthur. Yo leí el libro de sir Thomas Malory, sus dos tomos en la edición de Penguin Classics, antes de que me tocara sumergirme parcialmente en él en la carrera. Compré los volúmenes en la librería Vértice de la sevillana calle Mateos Gago, y los devoré como se da cuenta de una cazuela sabrosísima, con la receta añeja de la literatura de caballerías y el lenguaje renacentista, lleno de desinencias perdidas. Luego, en casa nos hemos encontrado con estos libros por triplicado, pues Teresa también los compró antes de licenciarse en la Universidad de Sevilla y, luego, de nuevo, como posgraduada en Cornell. Nuestra pequeña hueste de libros artúricos acoge de muy buen grado a este hermano, o primo, de William Blades.
     Vuelvo a este: en la pág. 44 aparece una ilustración en la que dos frailes franciscanos aparecen quemando libros aztecas, en un grabado de Tlaxcala (México). Tomados de entre los libros que pudieron salvarse, y con otros ya de época colonial, vimos en nuestra última visita a México (Jiménez estaba por allí también) una excelente exposición en el Museo Nacional de Antropología. Del siglo XV, cuando Tenochtitlán aún no había concebido la pesadilla de su destrucción, es un breve relato que recoge Blades sobre otros dos franciscanos que al morir fueron a las puertas del Cielo con todos los libros que habían acopiado. El mismo santo que da nombre a la orden fue su juez. Habiéndoles preguntado quiénes eran y por qué habían acarreado con tantos libros, los dos monjes respondieron que eran franciscanos y que esas copias eran para cuando se reparara la Jerusalén celestial. El santo les interpeló: "Y cuándo estabais en la tierra ¿practicasteis lo bueno que estos libros enseñan?" Como la respuesta titubeante no le satisficiera, dictaminó: "En tanto que seducidos por una alocada vanidad, contra los votos de pobreza que hicisteis, habéis amasado esta pila de libros, descuidando por su causa las obligaciones de vuestra Orden y rompiendo sus reglas, quedáis condenados por ello a leer vuestros libros durante toda la eternidad, una y otra vez, en las llamas del infierno." Y una lengua de fuego se llevó a los bibliófilos y a los objetos de su colección al infierno.
     Los enemigos de los libros abunda en anécdotas y noticias curiosas, como la que, a modo de posfacio, narra una subasta en Derbyshire acaecida en 1881 que muestra, una vez más, el desconocimiento de los libros que suelen tener quienes los venden y los compran, que no son siempre, contra lo que pudiera pensarse, los más doctos de los mortales.