miércoles, 17 de febrero de 2016

"Carta al padre"



Padre él mismo desde hace unos años, huérfano del suyo desde hace menos, Jesús Aguado se atreve a escribir un libro de poesía espinosa, difícil, verdadera. Lo que ha compuesto no es un texto estrictamente autobiográfico, sino uno en que confluyen experiencias propias y otras universales, imaginadas, intuidas, llegadas desde el terreno -aguas movedizas- de las pesadillas. Ha creado con esos elementos un ser compuesto que atiende al nombre de "padre" (así constantemente el vocativo, no papá) que tiene no poco de monstruo (como la criatura también confeccionada con retales heterogéneos por el doctor Frankenstein). Un monstruo más explícito es el insecto del relato de Kafka (a quien el título del libro homenajea): "Mi padre me cogía con las pinzas, me colocaba en el portaobjetos, regulaba los cristales de aumento del microscopio. A veces coloreaba con una solución rojiza mis artejos o me arrancaba los élitros para sumergirlos en un minúsculo bote de formol. Quería conocerme bien, mi padre."
     Carta al padre se divide en cuatro partes (nuevas, tres, pues la cuarta ofrece como apéndices dos poemas publicados anteriormente pero que tratan el tema de la paternidad). Los poemas recuperados son uno muy hermoso dedicado a los padres (él y ella), que por ser cordial y cariñoso quizá sea una nota discordante en el conjunto un tanto acerbo; sin embargo, "Un poema de la tribu Nila de la India" actúa como un borrador en el encerado en que figuraba aquel poema de amor filial y clausura el volumen con un exorcismo apócrifo (mucha de la poesía india de Aguado lo es) que exhorta: "Estás muerto, padre, / márchate de nuestras cabezas / y déjanos en paz."
     Las partes que anteceden trazan el perfil de un padre plural, caprichoso, amoral, lo que es decir con otra forma sin amor (tiene rasgos, por ejemplo, que me recuerdan a los del Cuervo de Ted Hughes). La primera lo presenta en tercera persona, lo describe, muestra sus injusticias, cartografía los desencuentros. La segunda emplea por el contrario la segunda persona, y continúa con viñetas narrativas el asedio a esa fortaleza -la identidad del padre- de la que se vierten cubas de agua hirviente y se lanzan flechas contra el hijo. Ambas están escritas en prosa poética. La tercera sección, "Un padre muere" se muestra en desnudo verso sin puntuación ni mayúsculas, pariente lejano del permutatorio de Cirlot: "un padre muere dices digo un padre" se convierte dos páginas más allá en "un padre muere dices digo un rayo", y así hasta llegar a la variación o racha en la que, salvo error por mi parte, se llama por única vez papá al protagonista-reverso de la voz poemática.
     Qué gran libro ha escrito Aguado. Sin aspavientos ha tocado fibras muy delicadas, que solo un cirujano de la poesía puede manipular sin temor de lesionar o cortar para siempre un nervio. De Carta al padre emerge, y esta es su lección, no un personaje mezquino o sin corazón, sino el pálpito de un hijo desamparado no solo en el momento de la muerte del padre y durante el tiempo -ya todo el que le reste- en que habrá de convivir con la ausencia, sino durante la convivencia, áspera, que preparaba a su morir.