miércoles, 3 de febrero de 2016

Poesía al cuadrado






Se ha escrito que, entre otras posibles en el interminable bosque taxonómico, hay dos clases de lectores: los que prefieren La tierra baldía y los que hallan más cerca de su sensibilidad Cuatro cuartetos. Los primeros serían vanguardistas, más amantes del riesgo. Los segundos poseerían un temple conservador. Pero en el fondo, es esa una distancia que en general recorre todo ser humano: la que media entre la juventud y la madurez. Al menos, es así perceptible en el autor de ambos poemas: T. S. Eliot, que dejó pasar quince años entre la publicación de The Waste Land (1922) y la escritura de “Burnt Norton” (1937), el primero de los cuartetos. Quiere esto decir que el Eliot segundo ya pertenece a una generación distinta de la del primero, lo que da pie para un jugoso juego paradójico sobre el transcurso del tiempo, el fin y el principio, la relación entre el pasado y el futuro y el lecho en que se acoplan: el presente (los temas que, junto con la redención cristiana, imperan en Cuatro cuartetos).
José Emilio Pacheco, que estuvo dedicado años y años a la versión (que él prefirió llamar en algún momento “aproximación”) de los Cuartetos hasta prácticamente el mismo momento de su muerte, anotó prolijamente el poema y entró a fondo en sus referencias religiosas, entre las que hay paráfrasis del Eclesiastés y de san Juan de la Cruz. Pero también del hindú Krishna. Aquí, Eliot es como el mar en “The Dry Salvages”, que tiene muchas voces; muchas voces, y muchos dioses. Para goce de cualquier lector, con todo, lo religioso no empece lo poético.
Pero lo cierto es que en “East Coker” hay una reprimenda a la poesía, y un cuestionamiento de que la vejez comporte sabiduría en vez de locura o necedad, teñidas por el miedo. Cernuda sintió desprecio por el hombre y lo que de doctrinario, desde su punto de vista, había en él, pero admiró al poeta y su voluntad crítica. De él, Eliot, y de los Cuartetos procede esa Desolación de la quimera que es título de su último libro de poemas. Son numerosos los ecos del de Missouri en el sevillano, como lo serán en incontables poetas (de otro sevillano que vivió en Cambridge como Cernuda, Aquilino Duque, es El engaño del zorzal, traducción literal de un sintagma que aparece en “Burnt Norton”).
Eliot, y concretamente los engañosos Cuatro cuartetos (engañosos porque cada una de las cuatro secciones son cuartetos al modo musical, pero no constan como pudiera uno pensar de cuatro movimientos, sino de cinco, lo que no invalida que lo contenido en este libro sea poesía al cuadrado), los han traducido poetas de nuestra lengua como, además de Pacheco, el también mexicano José Luis Rivas, o los españoles Vicente Gaos, José María Valverde o Jordi Doce. Las dificultades al verterlo son varias: desde el mantenimiento del equilibrio entre lenguaje coloquial y estilo elevado al empleo de formas cerradas insertas en un texto aparente y predominantemente compuesto en verso libre.
“En mi fin está mi principio”, escribe Eliot. Yo termino aquí estas líneas volviendo a su inicio, a la comparación con La tierra baldía. El examen atento de las correcciones de Ezra Pound al manuscrito muestran que originalmente el poema era mucho más desordenado, una acumulación más heterogénea. El Eliot que ya es otro –quince años después– ha aprendido y Los cuatro cuartetos son ya una obra maestra de la coherencia y la jerarquía; también del freno, del decoro, incluso de la flema anglicana que caracterizó a Eliot desde su conversión en –un año que a nosotros siempre nos sonará a poesía y generación– 1927.

                                                             (Publicado en la revista El Ciervo)