miércoles, 6 de abril de 2016

"Canal"



Fotografía de Ana Belén Ramos


¿Se puede escribir de una experiencia dolorosa y hacer de ella poesía, esquivando los escollos del sentimentalismo, de la exhibición, de la jeremiada autocompasiva? Hay buenos ejemplos de ello. Que traten de la mutilación de un ser querido podrían citarse, en prosa y solo a título de ejemplo, Una pena observada de C. S. Lewis, o Mortal y rosa, de Francisco Umbral. En fragmentos en prosa, pero que son poesía también por la intención, la composición, la estructura, Canal de Javier Fernández es no tanto una elegía como una reconstrucción en la que el escritor junta las piezas de todo lo que rompió la muerte de un hermano que casi le doblaba la edad (eso solo puede suceder, ay, cuando se es niño). La polisemia de la palabra-título alude fundamentalmente al lugar en que se ahogó el pequeño, pero también cabe contemplarlo como el cauce, este del libro, mediante el cual el adulto se sobrepone a la pérdida y cauteriza la herida, como canal es tanto el corte como la cicatriz.
     Hay emoción, y contención siempre a punto de romperse. Ecos y analogías consiguen trascender lo que es un duelo privado mediante la común incumbencia de la palabra. En el fragmento 47 se lee: "Mi hermana no puede evitar estremecerse ante la imagen de su madre frente a la tumba de Miguel. Cuenta cómo limpia la lápida con delicadeza, con fragilidad, con mucho mimo. Pasa suavemente el trapo húmedo, una y otra vez. Coloca muy despacio las flores, retrocede, mira, vuelve a colocarlas, retrocede, mira otra vez. Dice que no es una mujer limpiando una lápida, sino una madre bañando a su hijo." Los hermanos, los padres de Miguel sufren también a su modo el ahogamiento, las secuelas de unas vidas a las que desde entonces falta el oxígeno. Será Javier, quien firma Canal, quien dé testimonio de todo ello (el preámbulo, las consecuencias). En la última pieza del libro antes de un texto complementario, "Dirección prohibida", escribe, enlazando como un bucle con la primera: "Mi hermano Miguel murió cuando yo tenía tres años. No he conocido un tiempo sin mi hermano."
     El pasado diciembre, Javier Fernández ganaba con este libro el Premio Ricardo Molina que ahora publica Hiperión.