martes, 19 de abril de 2016

Un general para Hitler




Habla uno con Francisco Núñez Roldán y siempre está recién vuelto de un viaje por fortificaciones y campos de batalla, o planificando un viaje a castillos y museos donde se guarda la memoria de hechos de armas, de gestas y episodios que han ido marcando la historia europea. Hace unos años publicó un libro sobre la invasión napoleónica, La reina del gabacho. Ahora ha dado a la imprenta una novela que cuenta la campaña de ese otro emperador, el austríaco Führer, que como el corso se estrelló ante Moscú en una campaña que supuso el cambio del sentido de la guerra. 
     En 1941, España mandó a Rusia una división de voluntarios, la 250 o División Azul. A su mando, el general Agustín Muñoz Grandes. Fueron muchos falangistas, pero también militares y hombres de diversa procedencia que se alistaron para depurar su pasado o el de algún miembro de su familia o, como en el caso del cineasta Luis García Berlanga, además de lo anterior, para llamar la atención de una chica. Siendo novelesca aquella aventura cruenta (varios miles de efectivos jamás volvieron), no ha sido muy tratada en nuestras letras, con las excepciones de los sobresalientes diarios de Dionisio Ridruejo, las memorias de un divisionario reelaboradas por Torcuato Luca de Tena, las novelas policíacas de Ignacio del Valle, Me hallará la muerte de Juan Manuel de Prada y poco más. Núñez Roldán se suma a ese pequeño contingente, pero sobre todo fijándose en la carrera de Muñoz Grandes, en su posición ante Franco y Hitler, en la posibilidad apuntada de que pudiera haberse convertido en el hombre de Alemania en una España que, con él, se hubiese unido sin aspavientos al eje.
     No es estrictamente una novela bélica Un general para Hitler, ni de espionaje y servicios secretos, ni de amor (aunque haya un triángulo); un poco de todo esto, es una narración que funciona muy bien, ágil, contada con pulso me atrevería a decir que de francotirador, y sin el lastre de un despliegue técnico sobre armas o jerga que podría provocar la deserción de algún lector.
     Sabe manejar bien los tiempos el autor, y el lenguaje, sabroso y rico cuando tiene que serlo. El tiempo elegido, es el más eficaz, el presente histórico. Entre la acción, frases cortas, diálogos verosímiles, se filtra a menudo alguna descripción y alguna introspección certera en los personajes: "La tarde se va diluyendo por el extremo del valle. Hay nubes que presagian lluvia. Medrano, el conductor, que es de tierra de secano y tiene un pegujal que cultiva en sus ratos libres, dice "prometen agua". Pastrana, que es de Asturias, dice "amenazan lluvia"".
    Una cosa no tiene el libro, sectarismo o maniqueísmo. Se agradece en episodios tan complejos. También que sin tener intención de alta literatura emplee una prosa ajustada, rica. Donde el autor se explaya más en la penetración psicológica es en los estupendos personajes secundarios, por él creados; ante el protagonista, personaje histórico al cabo, guarda el respeto de no siempre saber qué discurre por esa cabeza. Ahí es el lector quien tiene que hacer un esfuerzo.



Divisionarios camino de Leningrado

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