domingo, 8 de mayo de 2016

El sobrino de Cernuda




Esta mañana, cuando me dirigía a comprar los periódicos en el quiosco de prensa de la calle Almirantazgo, me he encontrado con Ana y Ángel Yanguas justo ante el portal del edificio en el que he estado varias veces para visitarlo y recabar alguna información e él, quienes me han dado la noticia: el pasado jueves murió su padre, Ángel María Yanguas Cernuda, el sobrino de Cernuda. Se trataba del único hijo que sobrevivió (el otro murió niño durante la guerra civil) de Ana, la hermana casada del poeta.
En el correspondiente tomo de sus diarios, Andrés Trapiello cuenta cómo lo trató cuando se preparaba un volumen con motivo del congreso que en Sevilla se celebró para conmemorar al autor de La realidad y el deseo en el veinticinco aniversario de su muerte. Creo que Andrés cargó las tintas ahí, pues el retrato que ofrece lo presenta desfavorablemente, típico de tantos herederos de autores que estorban la difusión de sus deudos. Al menos, no es la imagen que yo guardo de él: puedo decir que me trató con corrección y disponibilidad cuando me documentaba para escribir la biografía de Cernuda. No me facilitó, alegando el carácter íntimo y lo difícil de su acceso, en un trastero, las cartas que el exiliado desde 1938 fue mandando a lo largo de los años a la familia. Lo comprendo, en el fondo. Ese epistolario habría aportado sin duda información para reconstruir la vida de Cernuda, pero en él no hablaba el poeta sino el familiar, el hombre.
Cuando fui a México, llevé recuerdos de su parte a la familia de Concha Méndez, a Paloma Altolaguirre y Paloma Ulacia. A la vuelta, le transmití saludos de quienes conocieron al sevillano que en su casa de Coyoacán escribió Desolación de la Quimera. Fui testigo del afecto entre aquellos que llevan la sangre de quienes convivieron en Madrid y en la Ciudad de México.
        El legado de Cernuda fue adquirido hace años por la Residencia de Estudiantes. En el domicilio sevillano junto a la catedral cantada en Ocnos quedaban algunos ejemplares valiosos de la biblioteca del poeta, libros sobre él y poco más. Cernuda quiso a este sobrino, al que conoció, y fue feliz cuando le dio a su vez un sobrino nieto, al que ya no llegaría a ver en persona. A don Ángel, caballeroso, amable, me lo encontraba por este barrio nuestro dando el paseíto primero a pie y luego, ya impedido, en compañía de una cuidadora, aún caminando con bastón inicialmente, luego ya en silla de ruedas. Hacía tiempo que no lo veía por el Arenal, por la avenida. He sentido su muerte como la de alguien cercano; como un apéndice, un capítulo o una nota al pie de la vida de su tío. Leeré algunos versos de este para recordarlo.

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