domingo, 15 de mayo de 2016

Formas de la fiebre





Ganador del VI Premio Iberoamericano de poesía Hermanos Machado, José Manuel García Gil ha escrito en La belleza no está en el interior un libro variado y rico, que brilla en los poemas sobre la infancia y el paso del tiempo, manifestado de muchas maneras, desde los altibajos de la fiebre cuando se es niño a las decepciones amorosas de la adolescencia y al encuentro intempestivo, ya adultos, de quienes se amaron y el azar les regala un último roce y beso.
Hay poemas, los finales, que parten de diferentes pinturas (muy bueno el inspirado en el retrato de una prostituta romana de tiempos de Nerón), y otros, a lo largo del libro, que tienen su origen en la experiencia docente del autor y su trato con la chiquillería. Se agradece la falta de rigidez de los versos, que son más carnales que de mármol. Los hay no pocos memorables y, completos, dos poemas gloriosos entre otros buenos y muy buenos, lo cual es un balance envidiable. El primero se titula “Destemplanza”, y comienza con las pesquisas de la temprana edad en los ratos de holganza que unas décimas propician: “Enfermo / con un diccionario sobre las rodillas / buscando la definición / de garambaina, de húsar, / de martingala…” Dos estrofas más adelante: “Enfermo y ya mi padre / coloca la mano en la frente de su hijo, / la fiebre sin prisas, pautada / por el pegajoso y denso diapasón del jarabe.”
En el otro poema que me gustaría señalar también aparece el difunto padre. Su título es “B.B.” La incógnita de las iniciales se despeja enseguida: “Brigitte Bardot, ni más ni menos, / se le instaló a mi padre como invitada / de los días de pereza entre dos libros, / uno de templos de España y otro / acerca de Cristóbal Colón, / de Salvador de Madariaga, / sobrio cautiverio para aquella hermosa / promiscuidad de mis tardes adolescentes.” El poema discurre inevitablemente hacia la melancolía de la memoria, pero antes cuatro versos capturan la paradoja, que es uno de los mejores combustibles siempre de la expresión lírica. La algo deteriorada imagen de la mujer despampanante con la que el joven se escapaba al cuarto de baño triunfa sobre la real fotografiada: “En donde estés, padre querido, / te diré que la despampanante actriz /soportó peor el paso del tiempo / que aquel póster descubierto / en el caos benévolo de tu biblioteca.”

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