lunes, 2 de mayo de 2016

TEMPLO MAYOR






I

Despojadas de piel, las calaveras
se apilan blanquecinas en sus gradas,
en paredes de ojos y mandíbulas
y orificios nasales. Contemplaron
la luz de México-Tenochtitlan,
pero hoy que están ciegas las observo
con el pavor de un hombre de Cortés
que ha sobrevivido al escorbuto
para ver estas olas de cadáveres
y horror petrificado. El mediodía
bruñe ya sin sudor unos frontales
que no guardan recuerdos ni inquietudes.
Un coro silencioso grita y calla
conjuros de una raza enmudecida.

II

Marcho con Bernal Díaz del Castillo
y no dejamos huellas tras nosotros
como no imprimen trazas por el cielo,
pese a su nombre azul, los zopilotes.
Pero aquí sin embargo los vestigios
de una cruel sillería alucinada.
Como huevos que puso el sacrilegio
en hileras que incuba la serpiente,
¿es esto un camposanto o la fatiga
de hombres que se cansan de ser hombres
y elevan un altar al matarife?

III

¿Se puede profanar lo abominable?
¿Masacrar a los muertos? Sin pensarlo,
desecamos de sangre la laguna
dejando sangre nueva sobre el polvo.

1 comentario:

Sergio Alvarez dijo...

Sobrecogedor, certero y seco, como un tajo de aquellos que debían darse en el altar de los sacrificios.